Entre la cárcel y la presidencia
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Entre la cárcel y la presidencia

23/01/2018
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Luiz Inacio Lula da Silva
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No podía ser más dramático. Ni siquiera Andrés Manuel López Obrador podría tener una encrucijada más diametral y volcánica para millones de brasileños. Este miércoles 24, mañana, una corte en Brasil tomará la decisión de si suspende o sostiene la condena de nueve años y medio de prisión en contra de Luiz Inácio Lula da Silva por cargos de corrupción.

Lula, el titán político de Brasil que gobernó con bonanza y precisión ocho años, entre 2002 y 2010, impulsó un crecimiento sin precedente de su país, al tiempo que arrancó de la pobreza a 20 millones de brasileños. Se dice fácil, pero sólo calcule usted que se retiró del poder con 80 por ciento de aprobación popular. Inusitado.

Hoy, casi 16 años después, mucha agua ha corrido bajo el puente. Su sucesora Dilma Rousseff, discípula, alumna, ministra bajo su gobierno, fue retirada abruptamente de la presidencia después de una segunda victoria electoral, por cargos de desvío de fondos.

El Partido de los Trabajadores (PT), la fuerza política dominante en Brasil por las últimas dos décadas, quedó cubierto de escándalos de corrupción y detenciones que implicaron al propio santo que adoran: Lula. Dilma se fue a su casa por la puerta de atrás. Docenas de congresistas, militantes y dirigentes del partido y muchos empresarios implicados en una enorme red de corrupción. Desvíos, negocios y nepotismo que desprestigió al propio Lula y al partido.

El expresidente que ha vencido todo: el cáncer, la muerte de su esposa, las acusaciones públicas, tiene una cita mañana en la Corte que decidirá su futuro: podrá presentarse una vez más como candidato a la presidencia de Brasil, o le será aplicada su condena y será encarcelado para cumplirla, los años que el juez considere (Lula tiene hoy 72 años y podría alcanzar arresto domiciliario, pero ninguna participación en actividades públicas o partidistas). La más grave acusación –de corrupción– está relacionada con un departamento de playa, un triplex como se conoce en Río de Janeiro, por un monto aproximado de 1.2 millones de dólares que recibió como pago de favores y prebendas a compañías constructoras. Además existen otros seis cargos por diversos delitos. Ya fue juzgado, condenado, pero presentó una apelación que ahora la Corte evalúa.

En los estrechos linderos entre la justicia y la política, una fina línea que produjo destituciones, encarcelamientos, juicios de desafuero y un tsunami de venganzas políticas, Brasil tendrá elecciones presidenciales este año, para concluir el segundo periodo original de Dilma, quien fue sustituida por Michel Temer, actual residente y tampoco exento de acusaciones y señalamientos.

Lula quiere contender una vez más. Tiene, con todos los escándalos y las condenas, 38 por ciento de aprobación popular, cuando su contendiente más cercano, un legislador de extrema derecha, alcanza apenas 18 por ciento. Los votantes están divididos, entre el nostálgico recuerdo de Lula el transformador y la decepción por la corrupción de la clase política brasileña de la que, el santo reverenciado, no logró librarse. Con todo, ahí están sus seguidores y todos aquellos quienes lo adoran y lo respaldan.

Mañana sabremos la resolución definitiva, pero por lo pronto, los analistas y financieros ven con temor y recelo una nueva candidatura del político-obrero. Temen que no sea el mismo de hace 16 años, sino que se radicalice un poco más a la izquierda en aras de conquistar mayor apoyo electoral. Eso podría provocar el derrumbe del real, la caída del Bovespa y la salida de muchas inversiones.

Vaya decisión para los jueces y magistrados.

Twitter: @LKourchenko

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.