División americana
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División americana

26/06/2018
Actualización 26/06/2018 - 14:23

Como nunca antes en los últimos 50 o 60 años, después de la lucha por los derechos civiles en los años 60 o las protestas por la Guerra de Vietnam en los 70, el pueblo estadounidense enfrenta una profunda y sensible división.

La crisis por la separación de infantes de inmigrantes indocumentados y su posterior retractación, produjo al presidente Trump la ola de críticas y de animadversión más extendida desde la elección. Inhumano, fascista, autoritario y peores epítetos le dedicaron a Trump en los últimos días. Entendió y reaccionó rápido, pero el daño estaba hecho. La auténtica personalidad de Trump quedó exhibida como un hombre de pocos principios –si no es que ninguno– y pobre moral.

Hoy la Unión Americana vive las consecuencias de un presidente altamente divisorio, que provoca polarización en amplios sectores de republicanos, de simpatizantes, incluso de los más conservadores. Trump, guiado por su propio instinto reaccionario, ha causado incidentes como el de su vocera, la señora Sarah Huckabee, a quien se le negó servicio y se le invitó, junto con su familia, a abandonar un restaurante en Virginia, muy cerca de Washington DC, debido a que trabajaba para Trump y apoyaba sus políticas. O el otro incidente unos días previos, que vivió la secretaria de Seguridad Interna, Kirstjen Nielsen, en un restaurante, mexicano por cierto, donde fue abucheada y le gritaron mientras cenaba.

Estas expresiones de intolerancia, de enojo social, de profunda división que superan con mucho las diferencias entre republicanos y demócratas, alcanzan a la ciudadanía con un sentimiento de enojo, de rechazo entre grupos y segmentos sociales. Muchos años habían pasado, décadas tal vez, en que una sensación de desencuentro profundo, de ruptura social, no se experimentaba en Estados Unidos.

Y mire usted que el presidente Barak Obama tuvo muchos detractores, tuvo sectores altamente contrarios a sus políticas, a su gobierno y estilo de liderazgo, pero nunca alcanzó estos niveles de confrontación. Obama se retiró de la Casa Blanca con índices de aceptación oscilantes entre 60 y 68 por ciento. Inusualmente elevados, un registro de popularidad que Trump nunca ha conocido (tomó posesión con 40 por ciento, descendió a 34 en los primeros siete meses de gobierno y ha remontado a 42 por ciento con el fortalecimiento de la economía).

Lo grave, según politólogos y académicos universitarios, es el gran deterioro que las instituciones democráticas de Estados Unidos han sufrido bajo la presidencia de Trump: su permanente confrontación con los medios, su automática descalificación de las noticias o hechos que le disgustan o le causan enojo.

Trump representa un auténtico riesgo para la estabilidad mundial, lo saben hoy con claridad los líderes europeos, nuestro socio de Canadá y qué decir de México; lo saben también muchos republicanos que no encuentran una salida al dilema de mantenerlo en la presidencia; la gran esperanza se cifra en el Fiscal especial Robert Mueller y la investigación especial del FBI por los contactos comprobados con agentes y empresarios rusos durante su campaña. Muchos coinciden en que Mueller espera una nueva conformación del Congreso después de las elecciones de noviembre.

Mientras tanto, la división crece, la inconformidad aumenta y la intolerancia racial se extiende en un país que ha trabajado enormemente para disminuir, ya no digamos eliminar, la inequidad racial.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.