Declive americano
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Declive americano

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Declive americano

09/10/2018
Actualización 09/10/2018 - 12:57

La supremacía estadounidense a nivel global quedó claramente establecida después de la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Si bien ya desde inicios del siglo XX, la potencia económica y política de Estados Unidos marcaba una clara tendencia dominante, no fue sino hasta la derrota de la Alemania nazi y el posterior Plan Marshall de reconstrucción europea con la muy relevante ayuda estadounidense, que ese predominio occidental quedó firmemente determinado.

Muchos hechos históricos vinieron después, desde la conformación de la ONU y su sede multinacional y supranacional en Nueva York, los derechos civiles, los conflictos de la Guerra Fría y muchos más que definieron a Estados Unidos como el llamado “defensor del mundo libre occidental”.

Un sólido sistema democrático, un equilibrado aparato de justicia, la independencia de órganos y comités que ejercían un auténtico balance desde el muy poderoso Congreso, ante una muy poderosa jefatura del Ejecutivo. Un modelo interesante, no perfecto y lleno de contradicciones sociales, marginados, minorías, pobreza oculta y no atendida.

Con todo, el sistema fue admirado y replicado en el mundo como el modelo más cercano a la perfección democrática, de igualdad y justicia para todos.

Los últimos dos años han sido desastrosos para la historia y la política estadounidense. Un país más amante del espectáculo y los deportes que de la reflexión profunda, más cercano a los excesos descomunales del mercado de consumo de drogas más grande y demandante del planeta, convive y comparte la estrategia del combate al narcotráfico más cara del mundo. Esas y muchas contradicciones retratan a Estados Unidos: el país de la moralidad conservadora, junto al liberalismo total sin cortapisas.

Desde la campaña presidencial en 2016, brotó a la superficie una extendida inconformidad social y política, un desencuentro con las minorías, un rechazo franco y abierto al mosaico multicolor de razas, colores, culturas y lenguas que la Unión Americana construyó hacia finales de siglo XX. La “América Blanca” anglosajona, de origen religioso y agricultor, explotó en un llamado sonoro de negación a esa otra América afroamericana, hispana, latina.

La aprobación (con 50 votos a favor y 48 en contra) en el Senado estadounidense, el pasado sábado, del controvertido juez Brett Kavanaugh como nuevo integrante de la Suprema Corte de Justicia, ha producido en opinión de expertos y analistas, una más pronunciada división y distanciamiento al interior de Estados Unidos.

Donald Trump, el artífice de la candidatura, de la retórica separatista, del vergonzoso orgullo de insultar a los demás por ser diferentes, de emitir constantes denuestos y humillantes acusaciones a todos quienes no piensen como él, representa el inicio del deterioro americano.

Ese faro de luz, democracia y justicia –visión melodramática y ciertamente exagerada de los Estados Unidos– en el mundo, disminuye la intensidad de haz, de su equilibrio, de la esperanza compartida por propios y extraños de que había un lugar donde se respetaban las libertades, y la justicia era equitativa para todos. Ese sitio, ya no existe. Ya no está representado por los Estados Unidos de América.

El declive americano se manifiesta con la ruptura del Acuerdo de Protección al Ambiente de París; con la guerra comercial con China; con el muro absurdo y contradictorio en la frontera con México; con la crisis provocada en el G-20; con los mensajes y facturas que debilitan y erosionan a la OTAN; con el desmantelamiento del acuerdo nuclear con Irán; con la amenaza latente y repetida, de que los demócratas convertirán a Estados Unidos en Venezuela, si obtienen la victoria en las próximas elecciones.

El deterioro de los valores democráticos en Estados Unidos, está a la vista y presente todos los días: libertad de expresión acosada, atacada, vilipendiada; evidencias jurídicas que se descartan por la simple voluntad del poderoso; preceptos legales que se rompen sin consecuencia alguna.

El problema es que tendemos desde fuera, a depositar todos estos pecados de autodestrucción en la persona de Donald Trump, cuando el volátil y desequilibrado presidente, es sólo el síntoma y la expresión de un problema mayor.

Un nuevo mundo que rescate los auténticos valores democráticos, el respeto a los derechos de todos considerados como iguales frente a la ley, el discurso del diálogo, la paz, el entendimiento entre las naciones, el intercambio como símbolo de todo esto, deberá reconstruirse sobre las ruinas de lo que Estados Unidos deje de la globalidad y del viejo mundo de la post Guerra Fría.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.