Brasil: vira a la extrema derecha
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Brasil: vira a la extrema derecha

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Brasil: vira a la extrema derecha

01/11/2018

Brasil desempeña un importante papel en la economía mundial, con una superficie de 8.5 millones de km2, ocupa el 5to lugar en tamaño a nivel global, representa casi la mitad del territorio de América del Sur. Tiene una población de 202 millones, sexto sitio en el mundo.

Su PIB se estima alcanzará 2,200 miles de millones de dólares en el 2018, constituye la octava economía mundial, cuenta con abundantes recursos naturales y su actividad productiva está bastante diversificada. El sector terciario aporta 73.0% del PIB y ocupa a tres cuartas partes del total de la Población Económica Activa (PEA). El segundo sector en importancia es el industrial que contribuye con una cuarta parte del valor de la economía; la agricultura sólo 5.0% del PIB, empero, proporciona 40.0% del valor de la exportación del país. Brasil es el primer productor y exportador de café y azúcar y segundo de semillas de soya, también es un importante productor de naranjas.

Destaca que Brasil es el cuarto exportador mundial de maderas, sus bosques cubren la mitad de territorio y tiene la mayor selva tropical a nivel mundial, asimismo, posee el mayor volumen mundial de ganado comercial.

Brasil es el segundo exportador mundial de hierro y uno de los principales productores de aluminio y carbón. Considera que podrá abastecerse de petróleo en el corto plazo, con las reservas que posee de crudo se podría convertir en el mediano plazo en uno de los 5 principales productores de petróleo en el mundo. Brasil es cada vez más preponderante en los sectores textil, aeronáutico, farmacéutico, automotriz, siderúrgico y químico.

Como la mayoría de las naciones en desarrollo, Brasil presenta una gran disparidad de desarrollo entre regiones. Después de una década de fuerte avance entre 2002 y 2013, en el que gobernó Lula da Silva, enfrentó la peor recesión de su historia, causada básicamente por la caída de los precios internacionales de las materias primas y por el aumento de los índices de violencia, corrupción, incluso el sucesor del presidente Lula da Silva, Dilma Rousseff, quien se vió envuelta en los escándalos de corrupción de la empresa Petrobras y fue destituida y se nombró como presidente provisional a Michel Temer quien inició su gestión el 31 de agosto del 2016 y la concluirá al final de este año.

Casi todos los políticos que han perdido su escaño estaban relacionados con el verdadero ganador de las elecciones, el caso Petrobras, la investigación que reveló –en plena recesión económica- que prácticamente toda la clase política de arriba abajo y de izquierda a derecha, participaba en una trama de malversación de fondos públicos.

En el contexto del proceso recesivo, el PIB decayó -3.8% en el 2015 y -3.6% en el 2016; registrando un leve adelanto de 0.7% en el 2017 por el impulso que recibió del sector agropecuario que se incrementó 14.5% y el automotriz 25.0%, principalmente; estimándose que el adelanto de la actividad económica será de 1.5% en el 2018. No obstante, hoy día Brasil confronta graves problemas sociales y altos niveles de desigualdad; el PIB per cápita es de sólo 10,515 dólares al año.

En las elecciones de Brasil del pasado 28 de octubre, segunda vuelta, el ultraderechista Jair Bolsonaro, militar de 63 años, se impuso con contundencia con el 55.5% de los votos frente al progresista Fernando Haddad de 55 años del Partido de los Trabajadores con 44.5%; Lula da Silva de este último partido, era el favorito; empero, no pudo contender por que ingresó a la cárcel hace unos meses sentenciado a 7 años por corrupción. Ambos se batieron en una campaña marcada “por la tensión, el triunfo de la desinformación en las redes sociales y, sobre todo, por las actitudes antidemocráticas de Bolsonaro”.

Bolsonaro se propone, como un “designio divino” acabar con la izquierda que gobernó 13 años al país, hacia más de 70 años que esto no sucedía.

Bolsonaro es un hombre duro, capitán de la reserva desde finales de los ochentas, logró capitalizar, de manera similar a lo que sucedió en las elecciones presidenciales de México el pasado primero de julio, la indignación que embarga a buena parte de la población, el desencanto con “la clase política de toda la vida”, la rabia ante la corrupción que carcome al sistema político; un hartazgo generalizado, del que Bolsonaro se aprovechó presentándose falsamente como un símbolo de limpieza”, “sus alabanzas públicas a la dictadura (1964-1985) y las amenazas a sus adversarios políticos, generaron un auténtico miedo y honda preocupación en el Tribunal Superior cuyo presidente declaró, que hay que garantizar la pluralidad política y respetar a la oposición”, el presidente electo tendrá que respetar las instituciones, la democracia y el poder judicial. Conceptos que los mexicanos tendremos que tener presente a partir del primero de diciembre próximo.

Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL), se convirtió en un fenómeno político siguiendo el libreto nacional populista ultraconservador resumido en su lema “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos”, algo parecido al de Trump, vamos a hacer América nuevamente grande, América primero.

Bolsonaro fue apuñalado durante la campaña, permaneció tres semanas en el hospital; de aquí que para votar entró por la puerta de atrás de una escuela protegido por un fuerte despliegue de seguridad vistiendo con chaleco antibalas.

“Bolsonaro tenía hace un año un 8.0% de intención de voto. En el 2018 obtiene un 12.0% y hace tres meses llegó al 15.0%. La verdad es que comenzó a crecer en los últimos dos meses. Hay un hecho que es bisagra de la elección, que fue el atentado, porque lo humanizó. Un tipo absolutamente tosco e inocuo, y este hecho lo pone en el campo de lo humano, alguien que tiene emocionalidad, que sufre y está al borde de la muerte y pide que oren por él. Bolsonaro gana la subjetividad en el territorio cultural. Cuando le dan la cuchillada estaba en el 22.0% de los votos y tres días después sube al 28.0%, entra a la última semana de las elecciones, primera vuelta con el 32.8%”.

Bolsonaro un personaje carismático que le ha servido a su partido que de tener un único diputado en el 2014, posera en la próxima legislatura 52; sin embargo, el Partido de los Trabajadores de Lula tendrá 56.

Bolsonaro tiene proyectos específicos que quiere emprender, entre los que destacan: reducir la edad a partir de la que se puede entrar en la cárcel a los 17 años; legalizar las armas, ilegalizar el aborto y prohibir la enseñanza de cuestiones progresistas en la escuela (igualdad racial, sexual y de género). Los datos que manejó Bolsonaro en campaña decían que no mucha gente apoyaba la legalización de las armas. La reducción de la edad penal, sin embargo, tiene una aprobación del 80%.

Bolsonaro acaparará desde el próximo 1 de enero suficiente poder para llevar a cabo transformaciones sísmicas en la política brasileña. Y la única institución que puede oponérsele con efectividad será el Tribunal Supremo. Este Tribunal, al que Bolsonaro tuvo comentarios despectivos durante toda la campaña, deberá ejercer ahora de muro de contención para los planes más radicales del político ultraderechista, que prácticamente no tendrá otra oposición para poner en marcha su plan de llevar a Brasil “a como era hace 40 o 50 años”, en sus propias palabras. Será, previsiblemente, un enfrentamiento inédito entre los poderes ejecutivo y judicial.

El exmilitar necesitará pedir reformas de la Constitución para cumplir sus principales propuestas y esto le pondrá cara a cara ante un Supremo. Su propuesta estrella es la de dar inmunidad a los policías que, estando de servicio, maten a un presunto delincuente.

En este entorno, nadie imagina como Brasil podrá ser guidado por un presidente de ultraderecha, votado por forma masiva por los evangélicos, que estará rodeado de militares.

En Brasil, el triunfo del excapitán de ejército Bolsonaro es un ejemplo de cuando una sociedad vota un cheque en blanco hacia el abismo. Sus declaraciones históricas no pasan inadvertidas: “Estoy a favor de la tortura. Y el pueblo está a favor también”. “No emplearía hombres y mujeres con el mismo salario”. “Sería incapaz de armar un hijo homosexual. No voy a ser hipócrita aquí. Prefiero que un hijo mío muera en un accidente a que aparezca con un bigotudo por ahí”.

“El fascismo y el nazismo en la Europa del siglo XX se dieron en un contexto de crisis de las democracias liberales. Las economías destruidas por la Gran Guerra ocasionaron que sociedades de algunos países, como por ejemplo en Alemania, buscaran un salvador, alguien en quien depositar su futuro. Fue así que una persona como Hitler –personaje de un partido menor en ese país- llegó al poder con promesas de “la gran Alemania”. La pregunta es si algunos países latinoamericanos están pasando una situación similar, electorados que votan a candidatos salvadores, con poca estructura política, ideológicamente de derecha o de ultraderecha, que ponen el acento únicamente en lo económico, la seguridad y la mano dura y no así en las libertades individuales o en los derechos sociales consagrados”.

Las crisis económicas, políticas y sociales que viven diferentes naciones en vías de desarrollo y en las industrializadas, dan paso a movimientos de ultraderecha o a mesiánicos de izquierda, que establecen nuevas obligaciones en las que los derechos humanos y la democracia pasan inadvertidos,.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.