Opinión

Leo poco, y lo poco que leo, lo leo poco

Dice una señora a sus amigas en una cafetería: Yo estoy decidida a (lograr) que mis hijos lean. Lo dice muy seria y casi a gritos, pues parece estar muy orgullosa de su método. “Les digo: si sacan malas calificaciones, les apago la televisión y se ponen a leer.”

Bien podría haber dicho: les quito el celular, la tableta, la computadora o lo que sea. Lo importante es el mensaje subliminal: la lectura como castigo. Les quito lo bonito, lo atractivo, lo divertido, y les doy lo aburrido, lo feo, lo triste: un libro.

En la buena la intención de actuales promocionales en radio y televisión, “Lee 20 minutos al día”, también se cuela un mensaje subterráneo: Ándale, aunque sea un poquito, lee, por favor.

La lectura es para los mexicanos, dependiendo de cada caso, uno de los tradicionales buenos propósitos de año nuevo; la actividad obligada que impone la maestra sin motivación y con plazo; las esculturas comerciales del Quijote adornando la oficina; la cita presuntuosa de libros que todos conocen y nadie lee; la imposible aspiración porque primero hay que comer. O el castigo infantil que de cuando en cuando corresponde a cada niña o niño por tropiezos de conducta.

El magnífico texto de Isabel Becerril (El Financiero, 11 de marzo de 2014), sostenido por datos de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem), revela que en México el promedio anual de libros leídos por cada habitante del país es de 2.9, digamos de tres, para los que nos gusta cerrar cifras.

Eso significaría que en México se leen más de 300 millones de libros al año. Ojalá. Quién sabe.

Porque, por otro lado, las cifras de Caniem indican que en nuestro país el promedio anual de libros vendidos en los últimos siete años fue de 143 millones. Quizá el resto de los libros que se cuentan como leídos sean los ejemplares que entrega el gobierno en forma gratuita.

En cualquier caso, la comparación con otros países nos desfavorece: en España, cada habitante lee 10.3 libros por año; en Portugal, 8.5; en Chile, 5.4; en Argentina, 4.6; y en Brasil, 4. Habrá naciones con un promedio inferior al nuestro. Raquítico consuelo.

Porque además, ya se sabe, los promedios son buenos como indicadores, pero engañosos. No es que cada mexicano lea 3 libros al año, sino que hay algunos que leen 30, y otros, ninguno.

Las fuentes de la nota mencionada aseveran que 53 de cada 100 mexicanos no acostumbran leer. Uno de cada dos. Unos 50 millones, si excluimos a los bebés.

El país entero parece decir, parodiando al fundador de los franciscanos: leo poco, y lo poco que leo, lo leo poco.

Sin lectura, la palabra se pulveriza en una expresión verbal anémica, carente de matices, de significados complejos, la precisión ausente.

La lectura no hace milagros, pero los hace. La capacidad expresiva se fortalece, la memoria y la imaginación se ejercitan, la emoción se expande, la inteligencia se agudiza, el conocimiento se ensancha y su caudal crea cultura.

Habrá que seguir con el tema.