Opinión

Lee Krasner (1908-1984)

 
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Lee Krasner. (sb.cc.stonybrook.edu)

La pintura, para mí, cuando realmente “sucede”, es tan milagrosa como cualquier fenómeno natural -como dicen, una hoja de lechuga.
Por ‘suceder’, me refiero a la pintura en la que el aspecto interior del hombre y sus aspectos externos se entrelazan.

Lee Krasner

La expresión “detrás de un gran hombre, hay una gran mujer” siempre me ha incomodado porque generalmente resulta cierta y muchas grandes mujeres viven a la sombra de sus renombradas parejas. Este es el caso de Lee Krasner, una de las artistas más relevantes del Expresionismo Abstracto americano, cuya pintura gestual y sensible muestra claramente la ruptura con la abstracción europea a favor de una nueva subjetividad.

El tormentoso matrimonio de Krasner con Jackson Pollock fue - desgraciadamente - el tema más difundido alrededor de su vida, por esta razón le dedicamos el espacio de esta semana, aprovechando que ayer 28 de octubre recordamos su nacimiento.

Lenore, Lena, Lee, (le gustaba cambiarse de apodo) nació en Brooklyn, Nueva York en 1908. Siempre interesada en dedicarse al arte, en 1928 estudió en The Arts Students League, donde conoció a Jackson Pollock, y tomó clases con Hans Hofmann y George Bridgman, quien la introdujera a la obra de Pablo Picasso y Henri Matisse.

Durante la Gran Depresión de los años 30, Lee Krasner se afilió al Federal Art Project, iniciativa gubernamental que ofrecía empleo a artistas, como la realización de murales públicos al aire libre y diseño de mobiliario urbano, entre una diversidad de actividades. Este programa fue fundamental para el desarrollo del arte norteamericano durante la década de los 40 y 50 del siglo XX, justamente durante la consolidación de Estados Unidos como potencia mundial.

Ya hemos hablado sobre la importancia del Expresionismo Abstracto como un movimiento puramente americano e instrumento de los Estados Unidos para asirse como bastión cultural, y cómo también este movimiento artístico estaba conformado mayormente por hombres pintores; Lee Krasner junto con Joan Mitchell y Helen Frankenthaler eran las únicas mujeres.

Pero la diferencia de género no es solamente lo que distingue la obra de Krasner. Ella contaba la anécdota de cuando su maestro Hans Hofmann le criticó un cuadro: “Es muy bueno, nunca sabrías que fue pintado por una mujer”.

Lee Krasner enuncia la belleza. La fuerza de sus trazos, la utilización de color en campos fragmentados y la compleja relación lingüística de los elementos entre sí y con la realidad hacen su obra muy distinta, incluso más “inteligentemente subjetiva” que la de sus colegas contemporáneos Mark Rothko, Adolph Gottlieb, Barnett Newman, Willem de Kooning y su esposo Jackson Pollock.

El gesto en la pintura de Krasner es la representación de lo sensible, pero no es lo sensible espiritual de Mark Rothko, sino que pertenece a la naturaleza. Krasner proclama su famosa sentencia “I’m Nature”, entablando una relación profunda e intelectual con lo subjetivo y dándole a la mente humana su lugar en el mundo natural. Este punto de vista de lo subjetivo se separa un poco de la pasión desbordada de Jackson Pollock.

Piezas como Composition (1949), reflejan la intelectualidad en el gesto y la organización de elementos, de rasgos cubistas, pero que no refieren a nada de lo real. Milkweed (1955) es un quiebre en su estética: empieza a realizar collages hechos con sus propias obras; ella siempre tan autocrítica con su trabajo, decide destruir los cuadros que ya no van con sus estándares y los integra a su obra nueva. Siempre reinventándose a sí misma.

Después de la muerte de Jackson Pollock, en 1956, la obra de Lee Krasner se vuelve más delicada, pero sin perder esa fuerza casi fauvista, como Gaea (1966) que recuerda por los colores vibrantes a Henri Matisse.

La insólita definición de naturaleza de Lee Krasner abrió toda una nueva reflexión sobre cómo el artista se ve a sí mismo, como habitante de una ciudad cosmopolita, y el nuevo papel del arte en una sociedad ultramodernizada. Somos naturaleza, según Lee Krasner, y la angustia del ser moderno radica en cómo conciliar eso.

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