Opinión

Lecturas decembrinas II

19 diciembre 2016 5:0
   
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El mejor regalo se lee. (Archivo)

Uno. Recomendé, ampliamente, en el artículo anterior, Un traidor como los nuestros de John Le Carré, novelista que ya en sus ochentas vive discreto su condición de Clásico Contemporáneo. Esta vez me permito hacerlo con sus memorias, Volar en círculos (2016). Traducción adaptada, ya sabe usted cómo se la juegan los editores en español, del original título: The Pigeon Tunnel. Expresión, a su vez de una imagen, alegoría, lección que desde la adolescencia ha acompañado al escritor inglés.

Dos. ¿Qué imagen, alegoría, lección? Su señor padre, desastroso y ominoso, lo lleva con él en una de sus escapadas a Montecarlo para, más que jugar, jugársela. Suerte siempre perra. Cerca del antiguo casino, fuente de mitos y películas, se levanta un club deportivo.

Asiduo, el joven al que esperan aventuras reales e imaginarias, descubre un juego de cazadores de palomas que lo es también del destino.

Tres. Bajo la hierba se construyen galerías en las que se introducen palomas nacidas en los aleros del casino. Las palomas aletean camino a la salida del túnel, que da al mar (Mediterráneo). Ahí las espera, para cortar su vuelo, los cazadores. Las palomas que sobreviven, incluso a las heridas, regresan al punto de origen en los aleros del casino para ser nuevamente atrapadas.

Cuatro. Una frase de Le Carré, tan publicitaria como reveladora: “A partir del mundo secreto que conocí, he intentado crear un teatro para los mundos más extensos que habitamos. Primero viene la imaginación; luego, la búsqueda de la realidad. Después, la imaginación otra vez y, finalmente, el escritorio ante el cual estoy sentado”.

Cinco. Escritorio que puede ser el de su casa en Londres, o el de su casa en Cournelles o el del chalet suizo, en un pueblo a 90 minutos en tren de Berna. Lugar en el que se refugia los inviernos y algunas primaveras. Berna es la ciudad a la que escapó de su desastroso, ominoso, en bancarrota permanente, progenitor. En la Universidad de Berna estudió antes de hacerlo en la de Oxford. En Berna contrajo su adicción a Alemania. ¿Al chalet suizo retorna como las palomas al alero del casino de Montecarlo.

Seis. Aventuras reales e imaginarias. De las reales se ocupan las memorias, sobre todo a partir de que, también en Berna, lo convierte al espionaje una funcionaria inglesa. Pero, ¿qué tan reales resultan las memorias? Lea usted con cuidado: “¿Ha existido alguna vez un recuerdo en estado puro? Lo dudo. Incluso cuando nos convencemos de que estamos siendo desapasionados y de que nos ceñimos a los hechos desnudos, sin añadido ni omisiones interesadas, el recuerdo puro sigue siendo tan difícil de aprehender como un jabón de tocador mojado” (totalmente de acuerdo, aunque llevo rato escribiendo mis recuerdos de los 60, en la Ciudad de México, escenario de una revuelta cultural y artística al final politizada hasta los tuétanos, mi memoria hace lo que le da la regalada gana).

Siete. Prepárese usted al recuento de una vida aventurera como aventureros son los personajes de las novelas de John Le Carré. La Guerra Fría. Las dos Alemanias. La Unión Soviética y después de su derrumbe, signado por la caída del Muro de Berlín. El Líbano invadido por las tropas de Israel. África. Un fin de año, el de 1982, pasado al lado de Yasir Arafat. Cuba no, ni Nicaragua. Lástima.

Garbanzos de a libra, hubieran resultado sus experiencias secretas. Y, en estos días finales de 2016, sobre el ritual fúnebre con las cenizas de Fidel Castro y la reelección de Daniel Ortega. Funerales y exaltación, una imitación estalinista, la otra imitación cubana; ambas con subidos colores tropicales.

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