Opinión

Lecturas decembrinas I

16 diciembre 2016 5:0
  
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Libro

Uno. Con Una pequeña ciudad en Alemania y El espía que volvió del frío, entré sin un pero que valga en la órbita de John Le Carré (nombre de batalla). Aunque, al igual que Ian Flemming, el padre de James Bond, inquilino de la Foreing Office británica, registro el suyo del todo diverso. Más que el músculo, la mente del espía; en vez del superhéroe (de smoking, además), la oscuridad del “topo”. Inteligencia y contra-inteligencia (las que aquí supo manejar, con fines priistas, Fernando Gutiérrez Barrios).

Dos. Hoy, con el autor en sus ochentas, despejamos su marcada afición de Alemania. La “Musa Alemana”, la llama en sus memorias (tema de nuestra siguiente colaboración), Bajo la huella de Le Carré visité en los 70’s los dos Berlines, el Occidental y el Oriental; pasé el control del Charlie Chek Point; conocí la arquitectura casi intacta de pre-guerra y la maciza estalinista; vi el despliegue de la policía ideológica. El Muro, inspiración supongo del iletrado Trump, corría cual trinchera acorazada. Cruzarla significaba, en una misma ciudad, otro cielo, otra espesura social, otros olores. Si usted guarda nostalgia por la Guerra Fría (yo sí), lea al primer John Le Carré.

Tres. Como todo autor de cabecera (sociología inédita), dejé de leer (dice le-er, no “ler”) a Le Carré una temporada larga. Hace poco, mi hija Paula, de paso por México, me obsequió Un traidor entre nosotros, publicada en 2010, traducida este 2016, ya llevada al cine. La devoré.

Cuatro. De cómo un joven “scholar”, profesor de literatura en Oxford, escalador temerario, maratonista, novio de una hermosa abogada en ascenso, presa de una de esas crisis existenciales que azotan justo cuando todo marcha como reloj, es cooptado por el Servicio Secreto de su Majestad. Conversión en la que arrastra a la hermosa Gail. Ambos queman naves (clases de literatura, despacho), el departamento de ella en Primrose Hill (lugar, colina encantada de mi última etapa londinense).

Cinco. ¿Con qué propósito, objetivo, arriesgar confort y futuro? Trasladar a la Pérfida Albión a Dima, ruso, verdadera ficha, máximo blanqueador de dinero, al servicio de la sanguinaria Mafia Rusa coludida con su gobierno, y dispuesto a vender el alma al Diablo para salvar a su familia. Y si Dima resulta un personaje de fuerza e inteligencia telúricas (sobreviviente de Gulags), la mentada familia tiene lo suyo (de Tamara, la esposa, enloquecida por Dios, a la bellísima adolescente Natasha, su hijastra, devorada por la literatura y embarazada como tantas mexicanas por un sabandija).

Seis. La joven pareja inglesa y la madura rusa se conocen en unas vacaciones tropicales, al calor del golf, y la intuición de Duna de que el profesor representaba la puerta a la defección. No se equivocó.

Siete. Todo en el marco de la crisis institucional inglesa, la que llevará al Brexit, disparo en el propio pie, y de la corrupción endémica del gobierno pos-soviético (me suena, me suena). Guardo entre otros, un diálogo. Dima negocia su traición con “Héctor”, espía inglés de alto coturno pero contestatario, digno del reparto lecarriano. El inglés ofrece de garantía la palabra de su Agencia. El ruso repela: “¿En virtud de qué? ¿No se supone que ustedes son caballeros que mienten por el bien del país?”. Héctor responde: “Esos son los diplomáticos. Nosotros no somos caballeros”. Dima: “Así que mienten por salvar el pellejo”. El inglés: “Se equivoca otra vez. Esos son los políticos. Un mundo totalmente distinto”.

Ocho. No adelanto el final. Sólo anticipo que Le Carré deja al garete a la pareja convertida al espionaje y a la inolvidable familia de Dima.
 
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