Opinión

Lecciones de una
tragedia aérea

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Avionazo Alemania. (Reuters)

Situaciones terribles aportan, en ocasiones, grandes lecciones. No es un consuelo. Nada mitigará el dolor de las familias de las víctimas. Pero al menos cuando las cosas se hacen medianamente bien, luego de una catástrofe surgirán conocimientos y, eventualmente, aprendizajes que podrían ser utilizados para evitar o prevenir sucesos parecidos.

Horrorizado por la bestialidad del atentado contra deportistas y espectadores del maratón de Boston en abril de 2013, el mundo pudo, en contraste, atestiguar cómo en pocas horas los cuerpos policiacos de Estados Unidos daban con los autores de la brutalidad. Y de ahí, tras someter a los hermanos Tsarnaev (uno falleció en la detención), se pasó a un severo escrutinio público sobre el papel de los cuerpos encargados de la seguridad interna estadounidense, en una pertinente discusión sobre si pudieron o no ser advertidos los riesgos de la radicalización de los Tsarnaev, de origen checheno, sobre si de alguna manera pudo haber sido atajada la posibilidad de que cometieran el atentado.

Algo parecido se desprende de lo ocurrido en Francia tras el atentado al semanario Charlie Hebdo, en enero pasado. Tan contundente como el ataque fue la respuesta del gobierno francés. Por eso, cuatro días después de la masacre el presidente François Hollande pudo encabezar una multitudinaria marcha de repudio. Su actuación le dio la autoridad para ser cabeza de la protesta, y no objetivo de la misma.

En ambos casos, no se culpa ni a la providencia ni a la condición humana. Se revisan los sistemas sociales. El dolor de las familias no baja, pero la sociedad sí recupera algo de la tranquilidad perdida con los bombazos, con los disparos, al saber que los que lo cometieron pagarán, y que los que deben prevenir eventos como ese serán criticados, y urgidos a mejorar sus procesos.

Ahora tenemos las secuelas de la tragedia aérea de quienes viajaban a Düsserdolf en el vuelo de Germanwings. En un tiempo récord, las autoridades de varios países (con ayuda de la prensa, revísense por ejemplo las aportaciones del popular diario Bild al respecto) han llegado al menos a dos conclusiones. Falló el sistema de revisión de la compañía alemana sobre la elegibilidad de un piloto. Y falló la posibilidad de, en medio de una emergencia, destrabar desde afuera la puerta de una cabina. Las familias de los fallecidos, de nuevo, no tendrán alivio con esas explicaciones, pero los millones de personas que vuelan recuperan algo de la fe que supone el acto de volar (Jorge Ramos dixit).

Con lo expuesto sobre esos tres casos internacionales, volvamos los ojos al panorama nacional. Podemos mencionar tantos, demasiados eventos que son la antítesis de lo descrito en los párrafos anteriores. La explosión en el sótano de Pemex, el desastre en Guerrero por las tormentas Ingrid y Manuel, la desaparición de los jóvenes de Ayotzinapa en Iguala, la explosión del hospital de Cuajimalpa, etcétera.

Ante la pésima imagen del presidente Peña Nieto en las encuestas, ante la crisis de credibilidad en las instituciones, recordemos que eso no surge de la condición humana de los mexicanos, que tampoco es una cosa de nuestro guadalupanismo, es sólo el resultado de tantas veces en que ante una tragedia, como dijo alguien por ahí, logramos generar una catástrofe dentro de la catástrofe.

PD: Otra lección con respecto a lo ocurrido con el vuelo Barcelona-Düsserdolf debe ser el no estigmatizar a las personas que padecen, o han padecido, depresión. Estoy seguro de que en Europa y en Estados Unidos habrá campañas para contrarrestar eso. Y, de nuevo, espero que en México sepamos hacer lo propio.

Twitter: @SalCamarena

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