Opinión

Lecciones de los terremotos

 
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Sismo

Por Víctor Manuel Pérez Valera*

El gran poeta alemán Rainer Maria Rilke escribió: “el amor y la muerte son los mejores regalos que se nos dan, casi siempre los recibimos, pero no los abrimos”. La muerte nos ayuda a profundizar nuestra existencia y los sismos nos ofrecen una magnífica ocasión para abrir el misterioso paquete de la muerte. Los terremotos nos mueven el piso, sacuden todos nuestros apoyos, desmoronan nuestras casas, convierten nuestros seguros de vida en seguros de muerte. Percibimos la amenaza inexorable de una fuerza que todo lo desploma con furia implacable, no hay tiempo para empacar nada, urge salir corriendo, en ese momento todas las riquezas materiales son inútiles, la riqueza es la vida.

Sin embargo, no todo es miedo y terror, la vulnerabilidad de nuestra vida, nos ofrece muchas sabias lecciones. En efecto, reflexionar sobre la muerte abarca no sólo preguntarnos por nuestro futuro, sino también sobre el aquí y el ahora, sobre el cómo de nuestra vida.

Para Heidegger la muerte es la última y extrema posibilidad que acaba con todas nuestras posibilidades. La muerte es una posibilidad siempre abierta, próxima, a la mano: ser es estar en camino, y la muerte no está en nuestro camino, es el camino. Ella nos conduce a apreciar la vida, pero sin aferrarnos a ella. En otras palabras, la muerte nos ayuda a adentrarnos en nuestra vida, a vivir una existencia más auténtica, a aceptar nuestra finitud, a relativizar la acumulación de bienes y a valorar el momento y la tarea presente. La incertidumbre de nuestra vida nos da una gran lección de humildad, no tenemos el control de todo.

La muerte del ser querido sacude la propia existencia y parece derrumbarla, nos recuerda que aun la unión más íntima está marcada por una futura separación, un abandono en la desolación y el dolor.

La muerte siempre debe estar presente en nuestra vida, no como una obsesión, sino como una gran maestra que nos enseña cómo vivir, nos presenta las interrogantes más profundas de la vida y también, en ocasiones, las más incómodas. Ella es una íntima compañera, “hermana muerte”, ineludible e insuperable, ya que la temporalidad es una realidad esencial que está en el núcleo de la trama de nuestra existencia.

Cada momento nace y muere, algo se deteriora y también algo se renueva: hay una especie de entropía, el cuerpo envejece y el espíritu rejuvenece. La fragilidad, la inseguridad, la incertidumbre de la vida nos hiere, pero cada instante también puede ser una nueva orientación a la belleza, al asombro, al aprecio, a la gratitud y al amor. Debemos saborear el momento presente, la temporalidad es también una puerta esplendorosa de oportunidades. La muerte como fuego en el crisol nos ayuda a purificar nuestros valores: algunos se evaporan como escoria, los auténticos se acrisolan como el oro.

La muerte de los otros también nos conmueve, estamos en el mismo barco y se impone la apertura al aprecio y consideración de los demás, a la fraternidad universal, a la auténtica compasión afectiva y efectiva. Ésta puede llevar al heroísmo: muchos de nuestros hermanos rescatistas arriesgan su vida para salvar la de los otros. Es conmovedora la escena de uno de los rescatistas, que sin piernas, ofrece su ayuda en medio de los escombros.

No faltan, por desgracia, quienes inhumanamente pretenden lucrar con la muerte de los demás, por el robo y el pillaje, por la ayuda con afán de lucro, o para propaganda gubernamental o partidista. Esta conducta miserable hace de los muertos el botín de los vivos.

*El autor es Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

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