Opinión

Lecciones de la elección

 
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Trump y Obama. (Reuters)

A pesar de la debacle, las señales que envían los tres actores principales: Trump, Obama y Clinton en sus discursos postelección van en la dirección correcta: Estados Unidos tiene que seguir avanzando y reconciliar sus diferencias. En su discurso de concesión, Hillary invitó a sus seguidores a “tener la mente abierta y darle la oportunidad [a Trump] de liderar”. Horas después, Obama recordó a los ciudadanos que, por encima de ser demócrata o republicano, uno es estadounidense y, por ende, “queremos lo mejor para nuestro país”.

No es momento de empezar a rascar en qué fallaron todos los análisis y las predicciones. Estados Unidos (EU) está profundamente dividido y no será sencillo entender esta honda segmentación. Es evidente que una parte considerable del país está muy enojada; millones de estadounidenses están temerosos del porvenir, algo que nunca había sucedido en esta nación llena de esperanza con una bien enraizada tradición de mirar con optimismo al futuro.

Desde un punto de vista global, la elección evidenció que los estadounidenses están igual de enojados que los británicos, los colombianos o los polacos. Claramente hay indignación contra las élites y el establishment político. A pesar de que Hillary ganó el voto popular por poco más de 200 mil votos, los indignados —por lo general hombres y mujeres de raza blanca— alzaron la voz y lograron la victoria electoral. Según las encuestas de salida, Trump aventajó con 39 por ciento dentro de este grupo, el cual representa un tercio del total del electorado.

Llevábamos muchos años, décadas quizás, en que la globalización se extendía y profundizaba. Vivimos varias décadas de avances en la apertura comercial por todos los rincones del mundo. La integración económica entre México y EU sin duda floreció. La historia está llena de zigzags y retrocesos. ¿Por qué no habría de suceder uno de estos retrocesos a nuestra generación?

Desde un punto de vista humano, me preocupan nuestros paisanos en Estados Unidos; los millones que se levantaron en la madrugada después de la elección para ir a trabajar, probablemente sin ser conscientes aún de las penurias que los acechan.

Me preocupan enormemente los dreamers; estos jóvenes soñadores que habían salido de las penumbras de la ilegalidad, que habían recuperado su voz y su esperanza. Estos jóvenes entre 18 y 30 años apenas comienzan su vida profesional y hoy tienen todo que perder.

Los más de 800 mil jóvenes que han adquirido permisos laborales, licencias de manejo y permisos para estudiar en universidades estadounidenses, están asustados. Y tienen razón para estarlo. Trump, candidato, declaró estar dispuesto a deportarlos sí o sí, sin importar las pérdidas económicas. En su 'Contrato con el elector norteamericano', acentuó que terminará con la acción afirmativa de Obama que los sacó de las sombras.

Desde un punto de vista nacional, no debemos ver el resultado como un enfrentamiento entre dos países. Tampoco debemos caer en viejas prácticas de señalar al vecino del norte como la fuente de todos nuestros males. México y EU han sido más que vecinos; comparten relaciones comerciales, culturales, laborales y familiares. Ver al estadounidense como 'enemigo' nos haría caer en el mismo discurso xenófobo y de odio que tanto nos lastima.

Reemprender un nacionalismo a ultranza favorecería sólo a la clase política que generalmente lo invoca para su propio beneficio. Pasar a la ofensiva discursiva dañará más la relación bilateral y pudiera afectar a los 12 millones de mexicanos que viven en EU, en especial a la mitad que no tiene documentos.

Desde un punto de vista personal, tengo que decir que al día siguiente me levanté pensando "¿qué le voy a decir a mis alumnos?". He pasado muchos años insistiendo en que EU es una sociedad tolerante y plural.

¿Qué tanto ha dejado de serlo? Desde luego, como muchos mexicanos, estadounidenses y personas de muchísimas nacionalidades, me siento decepcionado y enojado.

Pero visitar a mi gran amiga activista del Partido Demócrata, la mañana después de la elección, me dio una lección. Leni González había trabajado incansablemente por sacar el voto latino. Incluso me llevó una semana antes de la elección a una práctica denominada canvasing. Es decir, tocar de puerta en puerta para insistir en que la gente vaya a votar. Pensé que mi amiga estaba devastada por la derrota de Hillary. Cuando llegué a su casa ya se había ido, ya estaba de nuevo en la pelea, había salido a dar una conferencia de prensa para pedir calma y unidad entre la comunidad mexicana y centroamericana del norte de Virginia. El triunfo de Trump significa que tenemos que luchar más por nuestras creencias y ser mejores en nuestras propias trincheras. Casi sobra decir que a los analistas nos tomó desprevenidos la derrota de Clinton.

Twitter: @RafaelFdeC

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