Opinión

Lecciones de la Alemania de Merkel

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Merkel

A mi amigo Flor María Rigoni, por sus 46 años de sacerdocio zambullido en el río migratorio.

La canciller alemana Ángela Merkel ha sido la voz responsable y humana ante la peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. Alemania es vista como el final del túnel de las desventuras de cientos de miles de refugiados de países incendiados por la violencia como Siria, Irak, Afganistán y Eritrea.

De enero a septiembre de 2015 se han registrado dos mil 860 decesos, tan sólo 421 menos que el total registrado a finales de 2014. Por cielo, mar y tierra, familias enteras, jóvenes y viejos, así como mujeres de todas las edades pretenden alcanzar las tierras europeas. En las últimas semanas la exposición mediática del sufrimiento de estos flujos humanitarios ha sido desgarradora.

En marzo pasado cerca de las costas de Libia tuvo lugar el peor accidente de migrantes en el Mediterráneo: la OIM registró 142 muertes y 630 desaparecidos al voltearse una patera repleta de migrantes que se dirigían a Italia. La semana pasada recorrió el mundo la imagen de Aylan, un niño sirio de tres años arrojado sin vida por el mar en una playa de Turquía. Su padre, tras relatar cómo perdió a su familia señaló: “Ahora todo lo que quiero hacer es sentarme junto a la tumba de mi esposa e hijos.”

Las imágenes de refugiados llegando maltrechos pero felices a Berlín y la de los policías húngaros tratando de impedir que aborden un tren no pueden ser más contrastantes. El gobierno húngaro está construyendo una valla metálica para impedir el cruce por su frontera con Serbia. En cambio, Alemania ha gastado alrededor de siete mil millones de dólares para subsanar esta crisis en casas de emergencia, comida y efectivo para los refugiados.

Sin embargo, Berlín no siempre ha sido así en su política hacia los migrantes. Recuerdo cuando visité Colonia a finales de los 90, paseaba con mi sobrino, niño aún, oriundo de ese país y me impidió que entráramos a un restaurante que para mí tenía muy buena facha, “ese es un lugar de turcos... nosotros no vamos allí”. 

La Alemania de Merkel es un ejemplo de cómo un país puede cambiar su imagen internacional cuando se lo propone. Los buscadores de asilo declaran que han decidido ir a Alemania por ser el país que más hace por ayudarlos de la región. Merkel ha permanecido impasible ante quienes la acusan de incentivar a esos flujos migratorios por su bienvenida a los refugiados.

Los procesos de apertura a la migración en Alemania han sido paulatinos. Anteriormente, dicha política impidió que el siglo pasado la enorme migración de millones de personas, primordialmente de Turquía, se asimilara a su sociedad. Al inicio de la década pasada, se reconoció como un país de inmigración, lo que dio origen a la primera regulación migratoria aprobada por el Bundestag en 2004, la cual liberalizó ligeramente el derecho a la nacionalidad por nacimiento y promovió una mayor integración de los inmigrantes en la sociedad alemana.

Ahora bien, como consecuencia de su propia historia, en especial del Holocausto, Alemania cuenta con una provisión constitucional desde finales de los 40 para aceptar dar asilo a refugiados. Más aún, en la crisis de los Balcanes de los 9s, Alemania se distinguió por su generosidad recibiendo a 350 mil personas originarias de Bosnia y miles más de otros países.

Las lecciones de Alemania para México saltan a la vista. Durante casi una década hemos experimentado una crisis humanitaria de migrantes en tránsito hacia Estados Unidos, la mayoría provenientes del triángulo del norte Centroamericano –Guatemala, El Salvador y Honduras–. Como señala Rigoni, por territorio mexicano corren flujos mixtos. Se entrelazan migrantes laborales, quienes buscan refugio de la violencia como muchos de los jóvenes y niños centroamericanos e incluso malhechores, polleros, tratantes de blancas y narcotraficantes.

México, al igual que Alemania, pude cambiar su imagen internacional transformando su realidad migratoria. Incluso cuenta ya con un mejor marco regulatorio aprobado en 2011.

Se requiere liderazgo y convicción. El primer paso es simplemente una contrición. Reconocer que hay un estereotipo de un México deshumanizado y de violencia salvaje, diametralmente opuesto al país que imagino Lázaro Cárdenas cuando abrió las puertas al refugio español.

El presidente Peña Nieto puede emular a Merkel, siendo sensible a la opinión pública nacional y mundial. Tendría que hacer del respeto a los derechos humanos de los migrantes en tránsito una prioridad. Él mismo requiere ser el líder de la jornada nacional y regional para instrumentar con rigor la nueva regulación; coordinar a los estados y municipios en los corredores migratorios; y sentarse con sus homólogos de Centroamérica y Estados Unidos y darle sustancia al concepto de responsabilidad compartida.

Un México atractivo para los migrantes, será un país atractivo para los propios mexicanos.

Twitter: @RafaelFdeC

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