Opinión

Le toca a México exigir su lugar en Estados Unidos


 
Uno de los principios elementales de la geopolítica es que el sitio que ocupa un país en el globo terráqueo define su personalidad y potencial. México está en una posición envidiable. Así como en los últimos 500 años distintos imperios europeos se sucedieron unos a otros dominando el comercio en el norte del Océano Atlántico, en los siglos que vienen será un privilegio tener acceso a ambos océanos, considerando que apenas en 1980 el comercio en el norte del Pacífico alcanzó por primera vez en la historia un valor equivalente al del Atlántico norte. México no sólo tiene acceso ventajoso a ambos corredores comerciales, sino que tiene 3 mil kilómetros de frontera con el país que será la potencia dominante cuando menos durante el siglo XXI. No darnos cuenta de que, nos guste o no, estamos apenas en la alborada del imperio estadounidense, nos pone en riesgo de no aprovechar tan tremendo privilegio.
 
 
Es importante, por ello, abandonar posturas ideológicas añejas y contraproducentes y adoptar un pragmatismo inteligente. A México le urge alejarse de ese nacionalismo arcaico que nunca ha traído algo más allá de chauvinismos patrioteros en los que al envolvernos en el lábaro patrio nos aislamos del mundo y nos revolcamos en complejos con una arrogancia que amenaza con arraigarnos permanentemente en el subdesarrollo.
 
 
La entrada de México al Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994 insertó a México en la región que será en las próximas décadas lo que Oriente Medio fue en la segunda mitad del siglo pasado: el gran generador de energéticos del mundo. Más aún, la irreversible integración industrial que lleva a que México le exporte un millón de dólares por minuto a Estados Unidos quizá blinda a nuestro país de posibles cambios de paradigma que pueden aún ocurrir en otros países latinoamericanos.
 
 
Una reforma energética profunda que permita la adopción de concesiones y otras prácticas comunes en el resto del mundo, desde Cuba y Corea del Norte hasta Noruega y Canadá, garantizaría que México sea la plataforma evidente para que incontables empresas industriales europeas y asiáticas se establezcan en nuestro país para beneficiarse del resurgimiento manufacturero y energético de la región. Sin embargo, hay que ir más lejos.
 
 
México tiene que empezar a comportarse con Estados Unidos como socio, con convicción y sin complejos. Es imprescindible que México articule una política de cabildeo inteligente que proteja y avance nuestros intereses en la esfera política estadounidense. El gobierno mexicano debe mantenerse al margen de ésta, pero decenas de empresas que invierten miles de millones de dólares cada año en Estados Unidos, u otras que importan decenas de miles de millones de bienes estadounidenses desde México, deben entender la importancia de cerrar filas y presentar un frente común.
 
 
Donde sí debe participar el gobierno de México es diseñando estrategias de relaciones públicas inteligentes que transformen la imagen de México, dejando atrás exigencias torpes de “enchilada completa” en la reforma migratoria, y entendiendo, finalmente,  que toda negociación que ocurra en los medios está condenada al fracaso. Olvidémonos de las campañas del México folclórico y milenario, y presentémonos como el México moderno y pujante que exporta más manufacturas que el resto de América Latina sumada, que importa más de Estados Unidos que China, la India, Brasil y Rusia sumados, gradúa cada año a más ingenieros que Estados Unidos, Brasil o Alemania, y es la 14ª economía del mundo con un ingreso per cápita 75 por ciento superior al de China. Si usted no sabía estos datos, ¿imagina cuántos estadounidenses nos ven con el color de ese cristal?
 
 
México requiere de una promoción inteligente y agresiva que cambie de una vez por todas nuestra imagen alejándola de la de un vecino incómodo que exporta sólo drogas y migrantes ilegales.
 
 
Tenemos que hacer que se reconozca la enorme contribución económica y demográfica de una diáspora mexicana trabajadora y tenaz que ha rescatado barrios y pueblos enteros y que aporta mucho más de lo que el grueso de la población comprende. La falta de entendimiento sobre lo mucho que hace la migración mexicana es el resultado de una buena dosis de ignorancia y racismo, pero también ayudamos al quedarnos cruzados de brazos otorgando, al callar, con un silencio que ofende al trabajo y sacrificio de millones de migrantes mexicanos. Ahí también tenemos que exigir que nos traten en proporción al enorme peso que en su economía tenemos.
 
 
Por último, resulta imperdonable la ausencia del canciller José Antonio Meade en Estados Unidos. Sus visitas han sido fugaces y esporádicas. De todos los cancilleres en décadas recientes, no puedo pensar en uno que tenga un perfil más idóneo para promover la imagen de México con su vecino del norte. Meade es un tipo extremadamente afable, humilde e inteligente, que entiende perfectamente a Estados Unidos, al haber estudiado su doctorado en economía en la Universidad de Yale. No hay nada más importante en su agenda o en la agenda exterior de México que reparar su imagen y promover su potencial, utilizando activamente a la mayor red consular del planeta con 50 representaciones mexicanas en la Unión Americana.
 
 
Llegó la hora de exigir que nos tomen en serio, y para ello hay que empezar por tomarnos en serio a nosotros mismos.