Opinión

Laura

    
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Vale Villa, 'Todo estamos locos'. (Shuttestock)

Laura(*) asiste a consulta desde hace cinco meses. Decidió venir porque un cambio laboral modificó su vida cotidiana. Ahora hace mucho trabajo de oficina en la casa y convive poco con otras personas; también por la ruptura de una relación larga e importante pero marcada por la inestabilidad. Su pareja decidió por fin terminar con ella después de años de peleas, separaciones y reconciliaciones. Laura no logra olvidarse de él ni siquiera para dormir. El insomnio fue el síntoma que le hizo pensar que algo no estaba bien. También nuevas emociones asociadas a estar tanto tiempo sola en casa: desolación, angustia, desesperanza, tristeza.

Viene por primera vez vistiendo ropa deportiva. Es una mujer en sus treinta, atractiva, sonriente y amable. Las primeras dos sesiones sirven para que cuente un resumen de su historia de vida y para aclarar qué espera de la terapia. Laura tiene un estilo de comunicación práctico, casi como si se tratara de una reunión de negocios. Sólo al final de la primera sesión dice que se siente abandonada y triste por no haber cuidado su relación amorosa y por haber vivido lo que describe como una vida sexual caótica.

Las siguientes cuatro o seis sesiones fueron difíciles para Laura, que se quedaba callada como esperando a que yo le preguntara algo que la ayudara a hablar. Suelo hacer preguntas siempre, pero intento esperar a que el paciente tome la iniciativa porque en mi experiencia es fundamental que el tema de la sesión lo proponga él.

Ante mi silencio inicial, Laura se animaba a comenzar la sesión. Poco a poco comprendí que la cercanía que una conversación terapéutica requiere la confrontaba. También que le era difícil hablar de sus sentimientos, porque es una mujer práctica que casi no registra lo que siente. La confusión de sus emociones también complicó el inicio de la conversación pero poco a poco se acostumbró a hablar con libertad, sobre todo de sus sentimientos frente a varias situaciones en las que nunca había reflexionado y que sólo había vivido sin darles un significado: no sabía si le dolían, si estaban acomodadas en algún lugar claro o sólo viajaban en el caos de sus recuerdos.

A diferencia de otros pacientes a los que 45 minutos no les alcanzan para decir todo lo que traen dentro, Laura hace largas pausas entre una frase y otra, guarda silencio, piensa un largo rato la respuesta a una pregunta. “Es que en la casa nunca platicábamos de nada importante”, me dice como disculpándose. Para mí el ritmo de Laura no es un problema e incluso me gusta observarla, introspectiva, pero en una de las últimas sesiones me dice que sus silencios vienen de la tristeza y que son un ejemplo de lo difícil que le resulta a veces estar cerca de los demás, cuando lo único que quiere (y le aterra) es su soledad. Venir a terapia es retar su idea de que siempre estará sola, que es torpe para los vínculos, que lo trae en la sangre porque sus padres se divorciaron y porque su padre se ha casado cuatro veces. Le digo que trabajar en la casa la ha enfrentado con los significados de estar sola y también la ruptura de la relación tormentosa que durante mucho tiempo llamó amor. Por fin logra convertir el silencio en llanto y se describe perdida en el mundo, me pregunta cuánto tiempo sufrirá, cuánto más estará así. Le respondo que las pérdidas toman un tiempo en asimilarse, que es difícil estar con los otros cuando se está tan triste, que es posible que descubra dolores escondidos, que no es la culpable de todo lo que ha salido mal, que puedo entender lo angustiante que es sentirse perdida y sin dirección.

Mientras más espacio haya para la expresión de todos los sentimientos que las pérdidas despiertan, mayor será la capacidad para aceptarlas, para comprender que a veces la única emoción congruente es la tristeza, para confiar en que nada es para siempre y que un día, sin previo aviso, volverá el entusiasmo y la esperanza.

(*) Laura es un personaje de ficción.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa, así como conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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