Opinión

Laudato Francisco

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Papa Francisco

Dice el Papa que “las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad… el estilo de vida actual, … sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones” (161). No importa que eso no pueda sostenerse con evidencia alguna, suena bien, y con eso basta. Las predicciones catastróficas anteriores, desde Malthus hasta la explosión demográfica de los setenta, y el calentamiento global actual, nunca se han cumplido. Por eso es absurdo que diga: “nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles, y a la vez recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano” (113). “Los costos serían bajos si se compara con los riesgos del cambio climático” (172).

Pero, le decía, no es esto lo que importa al Papa, que sólo usa al clima como excusa para entrar a lo suyo: “la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad… Con toda claridad explicó (JP II) que ‘La Iglesia defiende, sí, el legítimo derecho a la propiedad privada, pero enseña con no menor claridad que sobre toda propiedad privada grava siempre una hipoteca social, para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado’” (93). Es decir, es la Iglesia la que debe decir en qué usa usted lo suyo, que no es suyo.

Porque la costumbre de tener la razón por encima de los demás no se acaba fácil, y Francisco sostiene: “… reconozcamos que se han desarrollado diversas visiones y líneas de pensamiento... En un extremo, algunos sostienen a toda costa el mito del progreso y afirman que los problemas ecológicos se resolverán… con nuevas aplicaciones técnicas… En el otro extremo, otros entienden que el ser humano, con cualquiera de sus intervenciones, sólo puede ser una amenaza y perjudicar al ecosistema mundial” (60). “No es una cuestión de teorías económicas, que quizás nadie se atreve hoy a defender, sino de su instalación en el desarrollo fáctico de la economía. Quienes no lo afirman con palabras lo sostienen con los hechos, cuando no parece preocuparles una justa dimensión de la producción, una mejor distribución de la riqueza, un cuidado responsable del ambiente o los derechos de las generaciones futuras. Con sus comportamientos expresan que el objetivo de maximizar los beneficios es suficiente” (109).

El problema es la autonomía del ser humano: “si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la misma base de su existencia se desmorona, porque ‘en vez de desempeñar el papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza’” (117). En cambio, “cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad” (208) porque “… cualquier solución técnica que pretendan aportar las ciencias será impotente para resolver los grandes problemas del mundo si la humanidad pierde su rumbo, si se olvidan las grandes motivaciones” (200). Más claro: “la política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia” (189).

En breve: la modernidad fue una tragedia, dice el Papa, a pesar de que gracias a ese proceso los seres humanos viven mejor que en cualquier otra época anterior. La ciencia es limitada, dice quien puede hablar con un Dios, de los tantos que han existido, y que han resultado más limitados que la ciencia. Y dice que la propiedad privada no es buena cosa. Será que quieren regresar al tiempo de los bienes de manos muertas.

Laudato Francisco, et simplices quem eum comitantur.

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