Opinión

Las Ventas evoluciona

   
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Las Ventas

Hemos pasado ya el ecuador del Mundial del Toreo, San Isidro. La plaza de Las Ventas en Madrid durante el mes de mayo se convierte en el epicentro taurino del mundo. Triunfar aquí puede significar despegar al estrellato taurino. ¿Cuáles son las claves para poder hacerlo? Esa es la pregunta con cientos de respuestas.

Plazas como Sevilla, por ejemplo, valoran las actuaciones de los toreros con mucho conocimiento taurino y sensibilidad; si un torero gusta en Sevilla, adquiere un aval de prestigio y categoría. Gustar en Sevilla es tan importante como triunfar en Madrid.

Las Ventas es sin duda la plaza más importante del mundo, triunfar es muy complicado, pues existen muchos factores en contra para el torero, el principal es el toro, no por su tamaño, sino porque con el objetivo de que el animal desarrolle ese volumen, muchas veces es sacado del fenotipo ideal para que tenga las hechuras correctas y armónicas para embestir.

El toro de Madrid es un toro serio, con edad y cuajo, es el principal aval para el torero. Veo con gusto que este San Isidro ha salido el toro con mejores hechuras que otros años, sin perder la soberbia seriedad de su trapío; ya no vemos el “elefantoro” que otros años pisaba el ruedo venteño. El 2016 ha marcado el regreso del buen criterio taurino para seleccionar al toro, materia prima fundamental de este espectáculo y eje de la fiesta brava.

Con esto los resultados están a la vista, un mayor número de toros ha embestido, permitiendo a los toreros cortar orejas y triunfar. Esto sólo acrecienta el porcentaje de posibilidades, pero para nada facilita las cosas.

El público para mí es el factor determinante del triunfo, ese monstruo de mil cabezas se comporta a veces de manera caprichosa. Sinodales de mirada lejana y actitud impredecible. No necesariamente hacerle las cosas bien a un toro con base en sus condiciones es factor de triunfo, el público debe de querer que tal torero triunfe; no a todos se les juzga de la misma manera. Se necesita, además de estar bien ante el toro (que ya tiene lo suyo), estar en el ánimo del público, al que le gustan ciertas formas de torear, de citar y de comportarse. Aquí está el gran secreto, lograr la combinación de hacerle las cosas bien al toro, con matices que gustan en esa plaza y que no siempre son lo que el toro necesita.

Hay casos como el de Roca Rey, que en un toro puso a todo el mundo de acuerdo por esa formidable facilidad de jugarse alegremente la vida, pisando terrenos que pocos en la historia logran con tal solvencia y naturalidad, lo cual me hace pensar que estamos ante uno de estos toreros de época.

Con gusto y respeto veo como Las Ventas se rindió frente el magisterio de Enrique Ponce, que ante dos toros imponentes en tamaño y de compleja lidia brilló con su enorme sapiencia y elegante madurez.
Las cuatro orejas del rejoneador Leonardo Hernández son también un reconocimiento a la entrega diaria, mes con mes y año con año de un torero de dinastía que ante dos toros buenos no dejó pasar la oportunidad de abrir la Puerta Grande y consolidarse en la élite del rejoneo.

Paco Ureña, torero de gesto triste, como de otra época, es ahora el consentido de Madrid. La pureza de sus formas y su entrega desmedida a su toreo le han permitido hacernos emocionar con la belleza de sus faenas, pagando con sangre y escalofriantes volteretas el sitio que hoy ostenta.

Madrid madura cada tarde. Madrid disfruta y se empieza a quitar los complejos de que “aquí sabemos tanto que no nos gusta nada”. La seriedad y exigencia no están peleadas con la sabiduría de una afición orgullosa de su feria, que defiende a muerte sus maneras y que juega un papel importante dentro de la sociedad española.

Bien por Madrid, bien por el toreo que se defiende hoy ante los absurdos ataques prohibicionistas, con la esencia de un espectáculo que tiene cientos de años arraigado en nuestra cultura.

Twitter: @rafaelcue

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