Opinión

Las ventanas rotas

El dato del Inegi es demoledor: 72.4 por ciento de los mexicanos en las 32 principales ciudades del país, piensa que donde viven es inseguro. Al aparecer la última encuesta urbana del instituto en días donde Tamaulipas se revuelca en la violencia y Michoacán vive en inestabilidad, el imaginario colectivo la enmarca en la prolongada guerra contra los cárteles de las drogas. Nada más lejano. La encuesta revela que las angustias y las frustraciones sociales están asociadas más con deficiencias de política económica y pública, que con la criminalidad; más con un pensamiento estereotipado que con un diseño creativo para sacar al país del pozo en el que se encuentra.

Cambiar la percepción no es un tema de policías y ladrones, de militares y narcotraficantes. Para cambiarla hay que modificar el entorno, que puede ser transformado sin necesariamente mejorar las condiciones de seguridad. Parece un argumento cínico el de cambiar para no cambiar, pero la encuesta del Inegi no toca realidades, sino lo que siente la gente y cómo afecta en su vida cotidiana. La percepción no es realidad, pero una percepción sostenida altera la realidad. En lo individual, como dice el estudio, cambió rutinas -no caminar en las calles después de las ocho de la noche y modificar permisos para los hijos o visitas a familiares y amigos-, y hábitos -portar objetos de valor o tarjetas de crédito-. En lo general inhibe la productividad, las inversiones y el turismo.

La encuesta demuestra que las razones de inseguridad no derivan del crimen organizado. El 73.9 por ciento dijo que no escucha disparos frecuentes con armas, que se vinculan con la guerra de los cárteles, ni se siente alterado (57.4 por ciento) por la venta o el consumo de droga, o por su experiencia con bandas violentas y pandillerismo (66.3 por ciento). En cambio, 66.4 por ciento afirma percibir más robos y asaltos, 69 por ciento ve un alto consumo de alcohol en las calles, y el 56.5 por ciento nota el vandalismo reflejado en grafiti, vidrios quebrados, o daños en viviendas y negocios. No son las grandes batallas contra el narcotráfico lo que los tiene nerviosos, sino los subproductos de una mala economía, el desempleo, la falta de educación y ausencia de expectativas, cuyo destino manifiesto es la anomia.

El vandalismo que apuntan los encuestados es quizás la parte que más ayuda a entender la percepción de la inseguridad mexicana, al ser un fenómeno ya estudiado. George Kelling publicó un ensayo en 1992 con James Q. Wilson, en la revista mensual The Atlantic, titulado “Ventanas Rotas” (placenta del libro Fixing Broken Windows: Testoring Order and Reducing Crime in Our Communities, de Kelling en coautoría con Catherine Coles en 1996), que documenta cómo el comportamiento no atendido lleva al rompimiento de los controles de la comunidad y al temor público. Describieron:

“Un vecindario estable de familias que se preocupan por sus casas, los hijos de sus vecinos e impiden la llegada de intrusos, en unos años o incluso meses, puede cambiar a una jungla inhabitable y aterradora. Una pieza de propiedad se abandona, le crece la hierba, una ventana es rota. Los adultos dejan de regañar a los niños rudos y los niños se vuelven más rudos. Las familias se van y los adultos sin arraigo llegan. Los jóvenes se reúnen frente a la tienda de la esquina, y cuando el dueño les pide que se vayan, se rehúsan. Hay peleas. Se acumula la basura. La gente empieza a beber enfrente de la tienda, y con el tiempo, proliferan los borrachos. Los peatones son atosigados por pordioseros. En este punto, no es inevitable que el crimen serio florecerá y que los ataques ocurrirán. Muchos residentes pensarán que el crimen, especialmente el violento, se está incrementando y modificarán su comportamiento. Irán a las calles con menos frecuencia y habrá una creciente atomización.”

Kelling, en particular, demostró que no era con técnicas policiales como se resolvía el problema en las comunidades estadounidenses. No sobran, por supuesto, y los cuerpos de seguridad son necesarios para resolver los problemas criminales de fondo, pero no aquellos que refleja la encuesta del Inegi, que se inscriben más en problemas de una comunidad afectada por deficiencias en la política económica -desaceleración, desinversión, desempleo-, y la ausencia de políticas públicas.

Los robos al alza son patrimoniales -sin minimizar a las pandillas que se dedican a este delito-, y en los secuestros, que también van en incremento, hay que revisar los montos que piden por rescates -mil pesos en algunos casos- para entender que quienes los hacen en estos días, gritan por sobrevivir. La percepción puede cambiar con políticas que lean en esta encuesta el drama en el cual se encuentra el país. Hay definiciones de macroeconomía y otras a nivel de calle, como priorizar en los presupuestos rubros vistos como secundarios -luz en las calles, servicio de limpia, y espacios públicos que creen comunidad y generen pertenencia-. Las cosas sencillas tienen un impacto tan poderoso en las percepciones, que afectan positivamente la salud de la nación, o golpean la macroeconomía al construir, sobre las sensaciones y las percepciones, un clima de inestabilidad general, que es lo que hay que atajar.