Opinión

Las trampas del autoritarismo mexicano

10 febrero 2014 4:56 Última actualización 15 agosto 2013 5:2

 
 
 
Juan Federico Arriola
 
 
El sistema político mexicano actual no sirve para la democracia. Hay una resistencia por parte de los partidos políticos y de los grandes sindicatos y algunos gobiernos locales a ser transparentes y eficientes en el gasto-gestión.
 
 

Además el PRI no termina de ser un partido político y termina por ser una oficina electoral de la Presidencia de la República. El triste papel que desempeña el PRI de aplaudir todo cuanto diga y grite el titular del Ejecutivo Federal lo hacer ver como un partido-apéndice sin ideología propia.
 
 

El presidente actual quiere revivir el viejo sistema priista. Peña está obsesionado con mandar a gobernadores y presidentes municipales como si fuesen sus colaboradores directos, así como legisladores de su partido. Si bien tiene que haber comunicación y cooperación entre todos los niveles de gobierno, el Ejecutivo Federal con ánimo democrático no intentaría dominar a su partido de origen y a los priistas de mando en las entidades federativas donde gobierna y a los legisladores federales y locales.
 
 

Estoy convencido de que Peña reinstauró el famoso dedazo presidencial, --el primer ejemplo es César Camacho como presidente formal del PRI-- por el que secretarios de Estado, directores de paraestatales y gobernadores de extracción priista brincan de emoción cada vez que el comodatario de Los Pinos les hace un guiño o manifiesta una palabra de felicitación.
 
 

El PAN está derruido y cómo no, si ha tenido muy mal desempeño desde 1988 cuando se vistió de sal y dejó el pan de cada día. Fox y Calderón que llevaban cada uno, su demonio priista, intentaron imponer candidatos presidenciales y ambos fallaron. La calamidad de Fox tiene nombre Marta y Calderón aún peor, ese remedo mezclado de Edgar Hoover y Fouché, el señor García Luna que nos metió en serios predicamentos con Francia y Estados Unidos, que espió a todo mundo y en particular a Vázquez Mota para quedar bien con el actuario Cordero en la precampaña panista.
 
 

La izquierda tan dividida como la derecha se suma al desprestigio político de los otros partidos. Sin ideas ni propuestas claras, la corrupción gana terreno. Mancera ocupado en soñar la presidencia que no alcanzará, descuida seriamente el gobierno del Distrito Federal con mil errores y unas cuantas mentiras de peso. El abogado penalista va en la ruta de Óscar Espinosa Villarreal (1994-1997), el peor alcalde de la Ciudad de México en más de 450 años. La vieja familia revolucionaria autoritaria está revitalizada: Raúl Salinas en proceso de santificación recuperará una enorme fortuna como si no hubiese cometido delito alguno, como las falsificaciones de documentos oficiales. Si aquella fortuna fuese de su propiedad legítima ¿por qué tenía que recurrir a papeles oficiales con nombres falsos diversos que estuvieron a la vista del público mediante los medios de comunicación? Asimismo no hay que olvidar a tantos ex gobernadores y líderes sindicales que se han enriquecido en medio de escándalos y viven en la impunidad.
 
 

A Peña no le importa la reforma político-electoral. El y su allegado Videgaray divertidos con el aumento mensual de las gasolinas sólo les obsesiona las reformas energética y hacendaria.
 
 
López Portillo nombró general de división a don nadie Arturo Durazo, Salinas encumbró al entonces pseudodoctor Córdoba Montoya por encima de todos los Secretarios de Estado, Zedillo castigó a la Ciudad de México con Espinosa Villarreal, Fox sacó del anonimato a la Sahagún y le cedió irresponsablemente el poder y Calderón nos hizo mucho daño con García Luna en la extinta Secretaría de Seguridad Pública.
 
 

No habrá democracia en México con prácticas de corrupción, opacidad, autoritarismos y dedazos presidenciales, partidos y sindicatos ineficientes y caros y por supuesto con rezago educativo y cívico, lastres para cualquier país que desea ser Estado de Derecho. Sin reforma política electoral y un mejor sistema educativo nacional más una nueva mentalidad, las reformas económicas en el caso de que prosperen, no tendrán importancia para acabar con la terrible desigualdad socio-económica y la pobreza extrema. México está entrampado por el autoritarismo repartido entre autoridades y factores reales de poder.