Opinión

Las reformas estructurales y los taxis

Visto desde fuera, parece que el proceso de reformas estructurales en México está transitando por un accidentado terreno en el cual se debate mucho sobre qué y cómo éstas afectan a los actores actuales: Pemex, Telmex, Televisa, SNTE, etcétera. El elemento faltante es cómo creemos que México se debe ver después de las reformas.

En su columna más reciente "No aprendemos", Luis Rubio hace una buena reflexión sobre este tema, haciendo alusión a la diferencia entre cómo se privatizó en Chile, buscando una estructura de mercado eficiente y competitiva después de la privatización, versus cómo se hizo en México, donde se buscaba garantizar transparencia en el proceso a partir de una licitación competitiva abierta, a pesar de que básicamente ésta permitió la creación de un monopolio privado para sustituir al público. En este último caso, se optimizó lo que recibía el Estado mexicano, y al hacerlo se sentó la base para que quien ganó la licitación de Telmex, por ejemplo, fuese agresivo tratando de recuperar la inversión hecha.

Si el criterio predominante para privatizar Telmex fue maximizar el precio de la empresa licitada, no debemos extrañarnos de que quien la adquirió y administra lo haga a partir de criterios basados más en rentabilidad que en calidad del servicio. Habiendo dicho esto, quienes vimos el proceso entonces, pudimos presenciar los colosales problemas con los que se enfrentaron los nuevos dueños, quienes se toparon con una infraestructura mucho más deteriorada de lo que pensaban, además de que tenían que seguir ofreciendo servicios –como el de telefonía rural– claramente no rentables. Hay que recordar también aquellos días en los que uno tenía que esperar años para la instalación de una línea telefónica, situación que cambió radicalmente con los nuevos dueños.

Después de reconocer lo anterior, hay que admitir también que evidentemente se les pasó la mano y que han abusado de una condición claramente monopólica para ordeñar a una empresa, sin haber mantenido estándares de servicio e infraestructura que contribuyan al desarrollo del país.

La reflexión de Luis Rubio me recuerda a la diferencia entre el servicio de taxis en Nueva York y Londres. En Nueva York, el criterio de la ciudad ha sido predominantemente recaudatorio. En Nueva York, el medallón de un taxi nuevo cuesta por ahí de un millón de dólares. Darle rentabilidad a esa inversión no es tarea fácil. Evidentemente, el chofer de un taxi no es su dueño. Quien lo es contratará a varios conductores que tomarán turnos de ocho horas manejando el automóvil sin parar. El chofer renta el taxi por turno, y hace un pago fijo por éste, cubriendo el costo directo de gasolina. Los taxistas ganan poco. Por ello, es común ver a conductores recién inmigrados que hablan mal inglés, que no conocen bien la ciudad, que toman rutas poco lógicas, que no siempre cuidan su aspecto personal o el del auto que manejan.

En Londres, la historia es otra. La prioridad para la ciudad es el servicio que recibirá el pasajero. Por ello, exigen no sólo taxis en perfecto estado, sino conductores extraordinariamente bien entrenados. A un taxista londinense se le pide que acredite el llamado “London Knowledge” (conocimiento de Londres).

A pesar de que puede tener GPS en su auto, en el examen tiene que demostrar no sólo su conocimiento de 25 mil calles de la ciudad, de 320 rutas (entendiendo cuáles son óptimas a distintas horas del día), y 20 mil sitios de interés para el público. Usualmente le toma de dos a cuatro años aprender esta información, y tendrá que hacer un examen escrito y tres orales para demostrarlo. Un taxista en Londres gana bien y, a pesar de que el servicio es más caro que el neoyorquino, claramente es un atractivo para la ciudad, mientras que en Nueva York es algo que usualmente asusta a los visitantes.

Más allá de determinar quién es o no “preponderante”, de definir qué quiere Pemex en ronda cero, o de lograr convencer a los maestros que se dejen evaluar, ¿tenemos claridad sobre cómo queremos ver a México después de las reformas y en cuánto tiempo esperamos lograrlo?

En la reforma educativa, necesitamos garantizar que 100 por ciento del presupuesto educativo se vaya en pagarle a maestros, en capacitarlos, en construir escuelas dignas, bien equipadas y con tecnología de vanguardia. En no más de diez años debemos tener escuelas públicas que puedan competir con las de Shanghai, Corea o Finlandia.

En la energética, necesitamos leyes que permitan que cualquiera pueda producir, importar, exportar y comercializar petróleo y derivados, energéticos, energía, petroquímicos, para incrementar drásticamente la competitividad internacional de México.

En telecomunicaciones es prioritario el acceso generalizado a internet rápido y barato, que cubra la mayoría del territorio nacional.
Además, tenemos que definir cómo vamos a construir un Estado de derecho. Todo lo demás es rollo.

​Twitter: @jorgesuarezv