Opinión

Las palabras cuentan

   
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CDMX

El funcionamiento de las economías depende de las reglas de la sociedad, también llamadas instituciones (especialmente en el caso de las reglas más estructuradas). Las instituciones no caen del cielo, sino que se forman a través de procesos históricos. Estas dos ideas nos permiten entender mejor por qué algunas regiones son más exitosas que otras, y por qué las que no tienen mucho éxito suelen tener organizaciones y reglas hechas para extraer riqueza de quien la produce, y no para fomentar que produzca más.

Pero estas dos explicaciones son insuficientes, porque conforme nos vamos atrás en la historia, las sociedades se van mezclando, porque tienen antepasados comunes, y esto significa que debe haber ocurrido algo que permitió que la descendencia siguiera caminos diferentes. Más ampliamente, hay algo que permite que ciertas reglas se solidifiquen y crezcan hasta convertirse en hegemónicas.

Mi interpretación es que ese algo es la narración central de la sociedad. Cada sociedad construye un cuento, un conjunto de mitos, que le dan sentido, tanto de comunidad hacia el interior como de diferencia hacia el exterior. Esa narración es más o menos compatible con las reglas sociales, que de esta forma florecen o se van marchitando. De alguna forma, Deirdre McCloskey (en su trilogía sobre la burguesía) y Joel Mokyr (especialmente en su más reciente libro, Una cultura de crecimiento), coinciden en la importancia que tienen los valores y discurso comunes en una sociedad. McCloskey, por ejemplo, afirma que la aparición de un discurso nuevo, que le da valor a quien produce riqueza, es lo que cambia al mundo a partir del siglo XVI, empezando en Países Bajos, siguiendo en Gran Bretaña y luego extendiéndose por el resto de Europa Occidental y Estados Unidos.

De hecho, esa misma afirmación nos permitiría entender por qué América Latina arranca con desventaja, puesto que la narración central en el continente deriva de la España medieval, y no sólo no celebra a quien produce riqueza, sino que desprecia a quien trabaja. Mientras en el siglo XVII los Países Bajos derrotan a España y exportan a Gran Bretaña sus ideas acerca del mercado y la democracia, en España y sus territorios es el Siglo de Oro, es decir, del hidalgo y la literatura, del barroco y la decadencia.

La importancia de la narración, del discurso, no ha sido suficientemente reconocida. Puesto que las ciencias sociales, desde que se inventaron, han querido imitar a las otras ciencias, les gusta medir, y hasta hace muy poco no había forma de hacer algo así con ideas y palabras. Todavía hoy lo que medimos en la economía es la producción, especialmente industrial. De ahí viene el PIB y toda la contabilidad nacional, que cada día sirve menos, pero que no tiene sustituto. Por eso, aunque la economía institucional, con dificultades, logró reconocimiento en las últimas décadas, todavía no pasamos de ahí.

Y no es cosa menor. Recuerde que América Latina tira el siglo XX a la basura de la mano de Ariel, de José Enrique Rodó, el cuento de que somos la defensa del humanismo latino frente al bárbaro anglosajón, que fue la base del populismo (de derecha y de izquierda) que se convirtió en el sistema político natural en nuestro continente. Es cierto que puede uno encontrar también raíces del populismo en el caudillismo del siglo XIX, pero aquél requiere un discurso vendible a obreros, campesinos y clasemedieros, mientras que al caudillo le bastaban los militares. Son cosas diferentes.

Entonces, América Latina tiene un mal desempeño económico porque tiene instituciones de baja calidad, que resultan de un discurso antiliberal y antimoderno. Por ahí hay que trabajar.

Twitter: @macariomx

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