Opinión

Las oscuras primaveras

Descendiendo en el interior de un enorme y aparentemente dañado edificio de oficinas, la ganosa asistente casi invisible Pina (Irene Azuela), se topa literalmente en el sótano lleno de tuberías oxidadas con el milusos sorprendentemente disponible Igor (José María Yazpik), y en completo anonimato casi se despoja de sus ropas para mostrarle lo frondosa y deseosa que está. Con el deseo en ristre, Pina deja a Igor a punto de turrón sin siquiera revelarle su nombre. Tal vez porque ella debe recoger a su tiránico hijo que siempre se las huele todas Lorenzo (Hayden Meyenberg). O tal vez porque Igor debe regresar a su frío hogar donde su atormentada esposa Flora, incapaz de darle un fruto vital, lo espera en una agonía perpetua también convertida en explotada milusos que lo mismo sirve para lavar ajeno que para cuidar ancianos desmemoriados que le pagan a plazos y cuando quieren.

En consecuencia, ese descenso inicial se repetirá en varias ocasiones permitiendo que la compleja pareja solitaria de Igor y Pina, apenas y a empujones se vayan conociendo, quedando en citas clandestinas siempre frustradas por los mutuos compromisos familiares, o atisbándose efímeramente a la distancia en el comedor de la empresa con ella mostrándole sus atigrados calzones que no sabemos si ostentan ese dibujo por casualidad o porque el deseo la desgarra.

A lo largo de su distante relación que funciona como de tentación y deseo siempre inconsumado y siempre frustrado y frustrante, la pareja no saldrá de su asfixiante ambiente invariablemente sumido en grises penumbras que por igual afecta al ámbito vital de Pina que al de Igor, como si hubiera una atmósfera dentro de otra en la que el deseo buscara salir por cualquier medio pero sintiendo un miedo acaso cerval e intangible, como la luz misma de todo ese mundo que oscila sobre la vida de dos seres profundamente insatisfechos cuya tensión existencial está sólo en ese atisbo entre brumas de una felicidad sexual que siempre los elude.

Se trata de Las oscuras primaveras (2014), el intenso film adulto para adultos del ambicioso e inspirado Ernesto Contreras, apenas en su segundo largometraje, después de su auspicioso debut que fue Párpados azules (2007), mostrando enorme madurez y un trazo firme para abordar un tema semi inédito en el cine mexicano, sobre todo desde un punto de vista sorpresivamente ambiguo, lo que acentúa la intensidad tanto del trazo fílmico como de su concepción estético-dramática. Un film, pues, a contracorriente de las tendencias actuales tanto comerciales como de autor del cine nacional, que opta por lo íntimo como algo subversivo y por lo sexual como algo revelador o liberador.

Las oscuras primaveras funciona a partir de la interiorización que de los personajes hace el director. Una pieza asimétrica para cuatro voces que funciona como introspectiva pero también como extrovertida aunque nunca exhibicionista. Dos miradas en un mismo film: al interior del deseo, y hacia el exterior de una ciudad de México que es pensada y fotografiada sensiblemente por Tonatiúh Martínez como un deteriorado fragmento cada vez menos vital, tan abrumado de exteriores nubosidades grisáceas como de interiores en penumbra donde ni siquiera es posible disfrutar el íntimo desnudo semionanista ni del sexo espontáneo con la pareja tras verla orinar en la calle. Una suma de imposibilidades que estallan más allá de superar los obstáculos que van del niño convertido en león de peluche ya suelto en su dominio, a la mujer en fuga que sufre el fatal accidente, dejando la duda perenne de si todo lo que sucede después es consecuencia de ese deseo que nunca se frustra y florece o de ese deseo que sólo queda en algo pulsional y sin posibilidad de suceder en otro espacio que no sea la imaginación de sus protagonistas. Una ambigüedad, pues, suntuosamente resuelta que convierte a Ernesto Contreras en el cineasta nacional más completo, complejo y provocador de los tiempos recientes.