Opinión

Las olvidadas razones de la reforma energética

11 diciembre 2013 5:2

 
Lo que hoy vivimos en México, ya ocurrió en Brasil hace 16 años.
 
 
Corría el año de 1997. Era el primer periodo del presidente Fernando Henrique Cardoso y el Congreso brasileño votó la llamada Ley 9478, que permitió la inversión privada en la industria petrolera.
 
 
Cardoso terminó su gestión en diciembre de 2002 y dio paso a Lula, líder de la izquierda brasileña.
 
 
Durante los dos mandatos de Lula, no se dio reversa a ese cambio ocurrido en 1997 e incluso en esos periodo hubo la mayor colocación accionaria de la historia de América Latina, cuando Petrobras comenzó a cotizar en la Bolsa de Nueva York.
 
 
En alguno de los viajes que hizo Lula a México, durante su último mandato, comparó lo que para Brasil ha significado el petróleo y lo que significaba para México.
 
 
Señaló que para su país el hidrocarburo era un recurso natural que había que utilizar para el beneficio del país, mientras que para México ese recurso era virtualmente un mito.
 
 
La polarización que se ha creado a partir de la reforma energética que no privatiza Pemex ni quita la propiedad estatal de los hidrocarburos, pero sí termina con el monopolio de Pemex y lo sujeta a regulación y competencia, es un signo de lo planteado por Lula.
 
 
La discusión sobre el tema de los hidrocarburos en México rápidamente rebasa el tema racional, de deliberación sobre las mejores políticas públicas y rápidamente se convierte en un asunto emocional.
 
 
Lamentablemente, ese tipo de discusión limita la calidad de los proyectos, pues excluye opiniones valiosas que probablemente pudieron aportar elementos para la legislación si hubieran tenido una participación activa y productiva.
 
 
Le contesto algunas de las preguntas que debieron ser el eje de esta discusión.
 
 
¿Por qué se plantea la necesidad de contar con nuevos formatos para los contratistas de Pemex?
 
 
Por la evolución que ha tenido la ubicación y tipo de explotación de los hidrocarburos. Lo más probable es que Pemex siga siendo el operador absoluto de la explotación de yacimientos tradicionales en tierra y en aguas someras.
 
 
Sin embargo, las nuevas reservas de hidrocarburos se encuentran cada vez más en yacimientos no tradicionales como aguas profundas o lutitas.
 
 
En la medida que Pemex no tiene la tecnología ni el conocimiento para la exploración y extracción en esos ámbitos ni podría desarrollarla a la velocidad que se requiere, se necesita que sean terceros los que realicen esos proyectos.
 
 
Y no lo van a hacer porque tengan muy buena voluntad sino porque les resulta un negocio. Sin embargo, la experiencia internacional muestra que es factible conseguir que sea buen negocio para las empresas que lo realizan y para el país. Experiencias como las de Noruega, Colombia o Brasil, entre otras, así lo manifiestan.
 
 
La reforma constitucional y la nueva infraestructura legal en materia de energía responde a esa coyuntura.
 
 
Pemex fue un productor exitoso de hidrocarburos por muchos años porque tuvo la suerte de encontrar Cantarell. En la medida que este yacimiento gigante empezó a declinar, entonces se fueron mostrando las limitaciones de la paraestatal.
 
 
Una reforma como la propuesta, en una época en la que la producción de crudo estuviera aumentando, hubiera sido inconcebible.
 
 
Sin embargo, se pierde de vista que la producción ha caído en 15 por ciento desde 2004.
 
 
Y no se trata de un tema de dinero. No siempre el conocimiento y la tecnología se compran. En muchas ocasiones, se requiere asociaciones para obtenerlos.
 
 
Ojalá que la importante visión de la izquierda se haga presente en las discusiones de las leyes secundarias de la reforma energética y no sólo en los plantones y protestas.
 
 
Le harían un servicio mucho más importante al país.
 
 
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