Opinión

Las motivaciones

 
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Robin van Persie, delantero del Manchester United. (Reuters)

Resulta increíble que en pleno siglo XXI todavía se encuentren personas que se escandalizan por lo que ganan algunos deportistas profesionales, distinguiendo, claro está, a las ligas muy competitivas de las ligas patito. Un distintivo es la motivación que tienen los jugadores, los administradores, los dueños de los equipos y los aficionados que asisten a los estadios y diferentes escenarios en donde la competencia tiene lugar. Tomemos como ejemplo la liga europea de campeones; nada más enterarse de cuánto dejó de ganar el Manchester United por no clasificar a esa competencia, dice mucho de lo que deben hacer todos los miembros del equipo para merecer lo que perciben cada día de pago.

Cada integrante estrella juega de dos a tres partidos por semana, si es que desean mantenerse en el liderato. Y viendo a las estrellas que más ganan, una cosa que los caracteriza es que pocas veces se lesionan o se pierden partidos; siempre están al pié del cañón. Los aficionados responden comprando sus abonos para ir toda la temporada a ver jugar a su equipo y las televisoras no tienen ningún problema para conseguir patrocinios para transmitir los juegos de los principales equipos. Los mejores jugadores reciben pagos por usar y publicitar los productos de ciertas marcas y en muchas ocasiones algunas organizaciones y fundaciones humanitarias los contratan para trabajar por su causa. Estos son mercados libres, funcionando en completa libertad, estableciendo precios que guían las decisiones de muchos agentes económicos involucrados.

Es posible pensar que algún partido o gobierno funcione así? Imaginemos por un momento que algún partido o gobierno compre un equipo profesional. ¿Qué es lo que observaríamos? En primer lugar veríamos el típico juego de la transa y el engaño, para que ciertos jugadores fueran contratados con los mejores sueldos, a cambio de donar una parte de su salario para elevar la percepción de algún ejecutivo, del entrenador o de alguien más. Luego veríamos las tribunas repletas de acarreados, que recibirían un pago, una gorra y su 'chesco' para que fueran a apoyar al equipo. No habrían árbitros normales o decentes que quisieran pitar en esa liga, ya que los pagos por debajo de la mesa, por arriba y los de último minuto estarían a la orden del día.

Lo más probable sería que los jugadores fueran perdiendo la disciplina, faltaran a los entrenamientos, mermaran paulatinamente su condición física, pasaran mucho tiempo lesionados o en la banca, se elevara considerablemente el número de personas en la nómina, claro, para no hacer nada. La publicidad les sería retirada, las televisoras cobrarían a los equipos para transmitir sus juegos y, muy predecible, en competencias internacionales seríamos eliminados a las primeras de cambio.

Parece absurdo, pero analicemos en serio, ¿qué tan lejos estamos de este escenario? Puede ser que no mucho. Algunos equipos destacan, aunque ninguno es un trabuco en competiciones mundiales. Algunos jugadores son comprados para jugar en otras ligas, pero siempre son de los que más se lastiman, pierden juegos y no están al cien por ciento de condición física. Una mala inversión dirían los equipos muy competitivos.

Nuestra economía no está muy lejos de este escenario. Demasiado gobierno y demasiada intervención terminan por no dejar que el sistema de precios funcione y no tenemos un marco legal que obligue a todos a cumplir con la ley y a cumplir contratos. Una liga perdedora.

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