Opinión

Las medidas de Obama para "emigrar" de la parálisis legislativa

El pasado jueves 20 de noviembre, el presidente Barack Obama anunció medidas para darle un nuevo curso a la política migratoria de Estados Unidos.

En una retórica conciliadora, el mandatario norteamericano subrayó, por una parte, el valor de los inmigrantes para formar la “excepcionalidad americana” y, por otra, la vigencia del Estado de derecho y el cumplimiento de las leyes. Estas medidas –que incluyen la extensión de la Acción Diferida– han provocado una crítica severa entre sus detractores del Partido Republicano.

En especial lo acusan de rebasar sus poderes al emitir este decreto, para sortear la autoridad del Congreso que no ha querido avanzar en la reforma migratoria. Reiteran el argumento de que el Obama se maneja como un “presidente imperial”, término utilizado por el politólogo Arthur Schlesinger Jr. para describir a los presidentes norteamericanos que han interpretado a su conveniencia sus facultades constitucionales para avanzar su agenda política.

Advertido por las implicaciones negativas que tienen las medidas por decreto, el presidente Obama insistió en su discurso del jueves que estas acciones de carácter migratorio las han tomado por igual presidentes demócratas y republicanos –siempre con apego a derecho– en momentos decisivos de la historia de Estados Unidos.

El discurso fue muy cuidadoso también al señalar que no se trata de una “amnistía”, término favorito de los detractores de la ley de inmigración. Y es que las medidas de Obama no son la reforma migratoria. Son más bien un conjunto de medidas temporales de carácter administrativo y alcance muy modesto que prevén beneficiar a menos de la mitad de los once millones de inmigrantes –“indocumentados” como los llamó Obama, “ilegales” como los llaman sus detractores.

Constituye más bien un posicionamiento del Ejecutivo federal –que se encuentra en sus dos últimos años de gobierno– para salir del atolladero. Lo interesante es que ha provocado una reacción desproporcionada entre los republicanos, que usan ahora el discurso antiinmigrante para atacar al presidente, igual que lo han hecho con el famoso Obamacare.

Al apostar a su autoridad, Obama presiona al Congreso para que se pronuncie de manera definitiva sobre la reforma pendiente que aprobó el Senado cuando los demócratas tenían mayoría. El tema migratorio es uno en el que la opinión pública muestra mucho interés y cuya responsabilidad ahora recae en la Cámara de Representantes, dominada por la oposición. Los republicanos están entre la espada y la pared. En las últimas elecciones obtuvieron el control del Congreso y más de la mitad de los gobiernos estatales y sus legislaturas. Ante las medidas de Obama, deben pronunciarse en cualquier sentido sobre la reforma migratoria pendiente. Si no lo hacen, Obama podrá justificar su recurso al decreto. Pero si lo hacen, pueden resultar perjudicados en las elecciones siguientes.

Una decisión a favor los distanciará de su electorado conservador radical, una en contra predispondrá a buena parte de los votantes hispánicos. Por eso, algunos congresistas han considerado las medidas como chantaje y su reacción inmediata ha sido endurecer su posición.

Las medidas migratorias anunciadas por Obama son una señal de que se resiste a pasar los dos últimos años de su gobierno como un “lame duck”. Sin embargo, paradójicamente son también el banderazo de salida para el proceso electoral de 2016, en el que necesariamente el tema migratorio estará presente y obligará a muchos candidatos a pronunciarse claramente en un sentido o el otro, si no quieren perder un importante segmento de su electorado.

Twitter: @lourdesaranda