Opinión

Las lecciones de Miguel Herrera

 
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Miguel Herrera se disculpa.

Hace dos meses estaba en el paraíso y hoy en el duelo.

De la popularidad al escarnio. De la nube al piso. Del aplauso al abucheo. Del sueño feliz al despertar amargo.

De la solicitud multitudinaria de autógrafos, selfies, saludos en cualquier parte y a toda hora, a la casi fuga clandestina en el aeropuerto. De los brazos abiertos y la frente orgullosa del ‘aquí estoy’, a la prisa fugitiva y la mirada en el piso.

Solemos los mexicanos ovacionar fuerte. Y también hundir y flagelar.

Inflamos mitos y los reventamos.

Hay mitos afortunados que sobreviven siglos. La mayoría tienen vida corta. O los derribamos o caen solos.

De la cima a la sima, de la cumbre al abismo.

Prontos a la exaltación, colocamos coronas alegremente. Ya puede el investido de gloria sentir que toca el cielo. Y desde allí contemplar su inestable imperio.

Luego vendrá el sacrificio, la extracción del corazón y el olvido.

La caída es sonora, brutal a veces. El eco permanece por días o por años.

Todos nos equivocamos algunas veces, Miguel. Esta vez te tocó a ti.

Como director técnico estándar, acertabas y errabas. Así era y estaba bien. Todos andamos así por el mundo.

Las decisiones erróneas en el campo de entrenamiento, en la banca y en la cancha son inherentes al cargo. Imposible acertar en todo. Lo más que se le puede pedir a alguien es que acierte la mayoría de las veces o que lo haga en lo fundamental.

Lo malo, Miguel, fue que te equivocaste en otros ámbitos, y en esos no podías hacerlo porque eras el entrenador de la Selección Nacional de Futbol, en la que decenas de millones de mexicanos concentran su atención, su regocijo, su catarsis, sus ilusiones y sus frustraciones. Podías ganar o perder, posibilidades propias del deporte y de la vida, pero tenías que conservar una conducta acorde con tu investidura. Porque en México, más allá de juicios de valor, ser director técnico de la Selección es investidura grande.

Emocionaste con tu emoción, apasionaste con tu pasión. Tus corajes y tus festejos en el área técnica encandilaron al mundo y se hicieron ícono del entusiasmo futbolero.

Algo no encajaba, sin embargo. Te quejabas en exceso del arbitraje y si las cosas no andaban bien, eras rápido para encontrar culpables, incluida la prensa, a la que veías hacia abajo en la victoria y no supiste escuchar en la derrota.

Tampoco encajó tu entusiasmo tuitero y sospechoso por el Partido Verde. Sólo unos pocos saben lo que hubo de por medio, pero muchos pensamos que se trató de un truco típicamente tucán. Te aprovechaste, y se aprovechó el Verde, de tu posición, de tu popularidad y de los alcances de tu voz para cometer un penal el día de las elecciones.

Cuando te criticaron por tu apoyo al Verde hablaste de libertad de expresión, pero no fuiste capaz de respetar la de otros.

El revés en la Copa América acentuó tu tendencia a responsabilizar a terceros, a traspasar a los árbitros la culpa de tus derrotas, a dolerte aún más de las críticas, a mostrar tu resistencia y rechazo a preguntas incómodas. Perdiste la oportunidad de mostrarte grande, responsable y sereno en el fracaso.

El brindis con la Copa de Oro fue amargo. Fueron los árbitros, tus villanos favoritos, los que te dieron el pase a la final. El futbol de la Selección no habría alcanzado. Entonces, en lugar de aceptar que los errores arbitrales te habían regalado la posibilidad de ganar la Copa, recordaste otros momentos en que fuiste perjudicado. No, Miguel, no podías usar ese argumento, porque en su oportunidad no lo habías tomado como cosas del futbol sino como un agravio.

Tener una responsabilidad de interés público implica críticas, pero tú sólo aceptabas halagos. Por eso llevaste al terreno de la ofensa personal lo que eran solamente comentarios deportivos.

Y luego lo del aeropuerto. Ni modo, Miguel, con tu conducta exigiste tu destitución, que te fue rápidamente concedida. Y cuando buscaste alguien a quien culpar, te diste cuenta, tardíamente, que cada quien responde por sus actos.

* * *
Aunque sea por psicología inversa, el paso de Miguel Herrera por la Selección deja lecciones: hay que asumir la responsabilidad de los errores y de las derrotas, asimilar la crítica como parte del cargo, mantener la serenidad y el enfoque y, especialmente, dialogar y evitar a toda costa la violencia.

En lo personal, y sin que me ligue con Miguel ni siquiera una simpatía a control remoto, me gustaría que se levantara de esta caída y que volviera a luchar con pasión por sus anhelos. Me alegraría constatar que la emoción por su profesión es energía capaz de hacerlo emerger del precipicio para volar de nuevo. Me reconfortaría ver otra vez a Miguel Herrera, fortalecido por las lecciones y el aprendizaje, celebrando otra victoria.

Así la lección sería redonda.

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