Opinión
MAX KAISER, especialista anticorrupción

Las instituciones “se destruyen como el papel”

       
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Retrato Hablado

Una maestra del Colegio Alemán animó a Max Kaiser para que se acercara a la política, en el agitado sexenio de Carlos Salinas de Gortari. De su padre, abogado civilista, heredó el amor por el derecho y de su madre y su abuelo materno, la convicción de que no tomaría un camino lejos de la probidad.

Trabajó varios veranos como pasante en el despacho de su padre. De ahí su menosprecio por el esquema de litigio en México: “Entonces nació mi frustración por el funcionamiento torcido del sistema, y entendí que mi idea de la justicia y los argumentos era muy romántica. Más vale ser el coyote que se mete a la oficina del juez, que conoce a la secretaria de acuerdos y que puede manipular la audiencia, que el abogado sabio que lo ha leído en bibliotecas y que tiene principios”.

Kaiser se tituló en el ITAM. La influencia del director José Ramón Cossío fue definitiva, “tanto en el amor por lo público como en la certidumbre de que se pueden lograr cambios desde la Constitución”. También lo asombraron las lecciones de Jesús Silva-Herzog Márquez, su maestro de Teoría del Estado. “En esa clase determiné que lo mío es el derecho público, el estudio del Estado, de la política y del gobierno, y me convencí de que la realidad no es inamovible. Por otro lado, Ulises Schmill, un positivista recalcitrante, me enseñó que el Estado es un bicho muy poderoso que, con el diseño adecuado, puede cambiar todo tipo de comportamientos y realidades”.

Su carrera comenzó en el IFE, en 1999, cuando se preparaba la elección que terminó con 70 años de priismo. En el área de prerrogativas y fiscalización, bajo el mando de Arturo Sánchez, elaboró los primeros reglamentos para fiscalizar a los partidos.

Después concursó y obtuvo una beca del Consejo Británico, se casó y cursó la maestría en la London School of Economics, cuando Anthony Giddens la dirigía. Eran los tiempos de Tony Blair, de las hipermayorías, de la Tercera Vía y del atentado contra las torres gemelas de Nueva York: “Por ahí pasaron Bill Clinton, Koffi Annan e innumerables expertos en seguridad nacional y terrorismo. Los conocí a ellos y a Ernesto Zedillo. Lo vi bajándose de un taxi y lo acompañé a dejar tres camisas a la tintorería que atendía un pakistaní. Él trabajaba en su reporte sobre financiamiento a países de tercer mundo”.

Kaiser había sido aceptado para el doctorado en Essex cuando lo contactó Francisco Paoli, entonces subsecretario de Desarrollo Político de la Secretaría de Gobernación y lo invitó al supuesto gran proyecto de la reforma del Estado, de Fox. “Después de organizar foros, consultas y hablar con expertos para modificar más de cincuenta artículos de la Constitución –entre ellos los de reelección, federalismo, jefe de gabinete, tamaño del Congreso y fiscalización–, el jefe de la Oficina de la Presidencia, Ramón Muñoz, se echó para atrás y murió la reforma política”.

Aquello ocurrió en el peor momento. Paoli renunció cuando Kaiser y su mujer esperaban a su primera hija. Un amigo se lo llevó a la PGR de Daniel Cabeza de Vaca. Le consiguió lo que pudo: una chamba inmunda, como secretario particular de un fiscal especial asignado a la Coordinación General de Investigación. Káiser llama a ése su “año oscuro”.

De ese infierno lo rescató Arturo Sánchez, que ya era consejero electoral. En 2006, aprendió una nueva lección: “Las instituciones no se construyen en piedra, sino en papel, y así como se construyen, se destruyen en segundos”. Después pasó a la Secretaría de la Función Pública que encabezaba Germán Martínez, como contralor de la Semarnat. Se estrenó inhabilitando, por 20 años, a Hugo Eric Flores, ahora presidente de Encuentro Social. También fue contralor de la SEP, titular de la Unidad de Auditoría Gubernamental y subsecretario de Compras Gubernamentales.

Kaiser siempre ha tenido un pie en los organismos no gubernamentales. Primero coordinó cursos para la International Anti-Corruption Academy, luego fue invitado por la UNODC (la oficina de la ONU contra la Droga y el Delito, de la que depende la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción) como asesor y más adelante se incorporó a la Anti-Corruption Academy Initiative, un grupo de 50 académicos que estudian los fenómenos de corrupción.

Fue durante un año director de la Escuela de Gobierno del Tec de Monterrey en Santa Fe y, brevemente también, se adhirió a un despacho para ayudar a los gobiernos estatales a revisar y solventar sus auditorías. Sucedió que los gobernadores no eran buenos clientes. No tenían motivación alguna para corregir las observaciones de las auditorias… porque no les pasaba absolutamente nada si no lo hacían.

Justo cuando se publicó El combate a la corrupción, la gran tarea pendiente en México, el autor se alistó en el grupo de activistas y académicos que empujó la famosa Ley 3de3 y el sistema anticorrupción. El asunto fue catapultado por el escándalo de la 'casa blanca'. “La corrupción se convirtió en un tema que encarecía mucho el no para los políticos”. Juan Pardinas lo contrató para hacer un borrador de la propuesta de la ley federal y el documento definitivo de la iniciativa ciudadana fue escrito a tres manos, con Josefina Cortés y José Roldán. Esa fue intervenida por expertos y organizaciones, entre ellas la Barra Mexicana de Abogados, el Colegio de Contadores, el Tec de Monterrey, el ITAM, la Escuela Libre de Derecho, “todos la leyeron, le hicieron aportaciones y finalmente se la apropiaron”.

Max Kaiser es un lector con objetivos: lee entre 20 y 25 libros al año, en inglés, de preferencia, y los cuenta para que nunca sean menos. En el Kindle lleva uno para aprovechar los ratos libres. En los últimos años casi se hizo un experto en inteligencia emocional: devoró a Malcom Gladwell, y leyó todo Daniel Goleman y Daniel Pink, para “entender cómo funciono”. Para las noches prefiere las novelas. Es un fanático de Jefferey Archer.

Desde que volvió de Londres, hace 14 años, dar clases es parte de su rutina. Es maestro de derecho constitucional y administrativo en el ITAM, donde pronto impartirá un seminario sobre el Sistema Nacional Anticorrupción.

Pardinas presenta al director de anticorrupción del Imco como “borracho y cantinero”. Dice Kaiser: “Estuve dentro del gobierno y fuera de él. Eso me permitió construir iniciativas que pueden funcionar, más allá de la solución académica o la solución ideal. Cuando escribo alguna ley, lo hago pensando en mis frustraciones y en las herramientas que me hubiera gustado tener como contralor”.

Twitter: @maria_scherer_i

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