Opinión

Las fracturas

07 septiembre 2017 12:38
 
1
 

 

cORDERO

Nada más devastador para un partido político que la división interna que termina por fragmentar a la institución y llevar a dirigentes y militantes a optar por una opción diferente a la original. En México, a excepción del Partido Acción Nacional, cuyo origen se basó en el rechazo al régimen de la Revolución Mexicana en su modelo corporativo, todas las expresiones políticas surgidas en el siglo pasado fueron parte de escisiones al interior del partido hegemónico, representante de la uniformidad política con la que se gobernó durante décadas.

Fue la ruptura de 1987 con Cárdenas y Muñoz Ledo a la cabeza, la que dio origen al movimiento que estuvo a punto, sino es que venció al PRI en los comicios de 1988; y a partir de ahí cada ruptura al interior del Revolucionario Institucional fue asumida como una oportunidad por parte de los otros partidos para atraer al candidato y ganarle la posición al partido tricolor. Pero parece que el PRI y el actual gobierno aprendieron la lección, más aún después de las elecciones del año pasado, donde la oposición unida les arrebató varias gubernaturas.

Al operar con éxito la fragmentación partidaria en las elecciones del Estado de México, lo que le permitió el PRI obtener el triunfo por un pequeño margen, el gobierno federal comprendió que esa debería ser su estrategia principal para la elección de 2018. Y las dinámicas internas del PAN y el PRD le han facilitado esa tarea, en la medida en que sus facciones se disputan posiciones y definiciones políticas que parecen irreconciliables en una negociación sin alternativas. Los dos partidos, necesitados de una alianza a nivel nacional, enfrentan internamente una resistencia por parte de aquellos que ven en esa opción su exclusión del esquema de poder.

Así, poco a poco el PRD se va vaciando de todos y cada uno de los sectores ligados con López Obrador, y que por distintos motivos habían permanecido en el partido del sol azteca, debilitando su fuerza real y fragmentando el voto de la izquierda incluso en la Ciudad de México, donde el factor Monreal amenaza con agudizarlo aún más. En Acción Nacional, la imposibilidad absoluta de que Margarita Zavala sea aceptada por el PRD para encabezar el Frente Amplio, obliga a los calderonistas a intentar recuperar el control del partido, o buscar alianzas externas con figuras cercanas al expresidente Felipe Calderón, como lo es el potencial candidato priista José Antonio Meade.

El reciente pleito en el Senado de la República, y la rebelión de Cordero y sus seguidores, se enmarca en este complejo reacomodo de fuerzas, en donde el tema del fiscal general es sólo uno de los puntos a negociar entre las partes. Por lo pronto, quien no ha dado señales de fractura alguna es el PRI. Disciplinados en su asamblea y bajo el control de Peña, los tricolores siguen apostando a una elección fragmentada, sin Frente Amplio, y con alianzas regionales con unos y otros, para poder obtener la presidencia por un mínimo de votos y desde ahí construir un gobierno de coalición con quien mejor esté dispuesto a negociar su resultado electoral.

Por supuesto que un escenario de esta naturaleza genera no sólo enormes riesgos, sino la posibilidad real de una elección sumamente ruda y llena de lodo por todos lados. Quien consiga fracturar más a su adversario restándole fuerza y capacidad de movilización de votantes, será el ganador de una contienda en donde las heridas serán difíciles de sanar. Buscar la fractura del adversario, más que el fortalecimiento de un proyecto propio, parece ser la ruta del proceso electoral próximo, y por ello quien proteja más su casa y a sus habitantes estará en mejores condiciones de enfrentar la tempestad que se avecina.

Twitter: @ezshabot

También te puede interesar:
Los punteros
Poder y odio
Las cartas de Peña