Opinión

Las fibras sensibles del libre comercio

  
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INDUSTRIA TRABAJADOR

El comercio ya no está de moda. El libre comercio se ha vuelto prácticamente un tabú, un tema nocivo. Abogar hoy por el libre comercio parece que se equipara a manifestarse a favor de la desigualdad, de la pérdida de empleos o de los bajos salarios. El proteccionismo se ha vuelto, en mayor o menor medida, la bandera económica de candidatos políticos de todas las tendencias y en todas las latitudes.

Hoy en día, ningún aspirante a las candidaturas en Estados Unidos se atrevería siquiera a mencionar los beneficios que el libre comercio ha traído a sus vidas y a las de los votantes.

Hoy todos gozamos los beneficios del comercio internacional. Los jóvenes universitarios de hoy han pasado toda su vida con acceso a bienes producidos en todo el mundo, ni siquiera saben dónde se fabrica la ropa que usan o de dónde vienen los alimentos que consumen. Es curioso ver, justo en esa generación, un discurso en contra de la integración y del comercio de los que se han beneficiado.

Puede ser un problema de percepción. Los beneficios del comercio se distribuyen de forma más o menos homogénea entre la población, lo que los hace menos tangibles; mientras que los costos, usualmente relacionados con la pérdida de empleos, se concentran en sectores específicos haciéndolos más visibles.

El comercio y la integración en las cadenas de producción permiten a los consumidores tener acceso a más variedad de bienes a menores precios. Al manufacturar piezas de algún bien en el lugar donde sea más barato, permite a otra región enfocarse en áreas en las que agregue más valor, por ejemplo, innovación y desarrollo. Incluso, podría argumentarse que dado que los sectores de bajos ingresos son los que dedican más porcentaje de sus salarios a la compra de bienes, son precisamente éstos quienes más capturan los beneficios del comercio.

En fechas recientes, el periódico The Economist citó un estudio en el que se muestra que la población más pobre de Estados Unidos perdería 69 por ciento de su poder adquisitivo si el país se cerrara.

El comercio se ha vuelto el culpable favorito del discurso para explicar la pérdida de empleos o la creación de empleos con bajos salarios. Sin duda el comercio mueve al mercado laboral, se pierden empleos en ciertas áreas y se crean empleos en otras. No todos los empleos se sustituyen y esa es la arista más complicada. Se suelen perder empleos que requieren pocas habilidades para ser sustituidos en lugares donde un empleo similar es más barato. Estos trabajadores desplazados podrán encontrar otro empleo, pero dado el bajo nivel de habilidades que poseen, estos empleos serán igualmente vulnerables.

Los cambios tecnológicos también revolucionan al mercado laboral. La industria automotriz es un buen ejemplo. En Estados Unidos se argumenta que se han perdido empleos en este sector porque las fábricas han migrado a China o a México. Las plantas automotrices están altamente automatizadas, por lo que incluso si las economías se cerraran o si las fábricas en China o México desaparecieran, serían pocos los empleos que regresarían a Estados Unidos.

Es fácil denostar las bondades que el libre comercio ha traído a los consumidores.

En contraste, es difícil visualizar los bienes a los que no se tendría acceso o darse cuenta que el precio de muchos satisfactores básicos sería significativamente mayor si no hubiera integración.

Pero las pérdidas de empleo también son reales. Ahí está el reto. Creer que el proteccionismo trae mayor bienestar es el riesgo. Puede ser que haya más empleo, puede ser incluso que pague un mayor salario. Pero el costo en la calidad de vida será mayor. Se tendrá acceso a menor variedad de bienes, a menor intercambio de ideas, a menor competencia, y sin duda a mayores precios.

La preparación para el mundo laboral tendrá que cambiar. No sólo para poder responder a la mayor competencia que trae el comercio, sino también para poder obtener las nuevas habilidades requeridas por los cambios tecnológicos. La educación tendrá que actualizarse y las políticas públicas deberán ayudar a que los ciudadanos estén mejor preparados. Pretender que cerrar las economías es la solución a los problemas de empleo y de bajos salarios es no reconocer que el problema es más grande.

La autora es profesora de Economía en el ITAM e investigadora de la Escuela de Negocios en Harvard.

Twitter: @ValeriaMoy

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