Opinión

Las falsas premisas del Día Mundial contra la Falsificación

 
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Netflix

Llegamos al 7 de junio, designado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual como el “Día mundial contra la falsificación y la piratería” con muchas preguntas y muy pocas respuestas. Lo evidente, es que estamos ante un fenómeno mundial que ha encontrado, en los propios fundamentos del libre comercio y las nuevas tecnologías, un mecanismo de expansión sin precedente. Lo cierto, es que no existe sector que escape de sufrir los daños de la piratería. Lo indiscutible, es que se trata de una de las grandes batallas por librar en los próximos años, y de cuyo resultado dependen mayores consecuencias que grupos de consumidores defraudados o dólares transitando hacia una cuenta de banco u otra.

Si la intención de recordar la fecha es la de generar conciencia sobre los daños que la falsificación y la piratería producen en la sociedad, no parece que el objetivo se esté alcanzando. Aunque la gravedad de las consecuencias del fenómeno se dan por supuestas, cada año asistimos al empobrecimiento de las ideas y los esfuerzos por contrarrestar el avance de la enfermedad, y aún más, cada tramo temporal permite constatar la erosión continua de la credibilidad en los beneficios del sistema de derechos exclusivos sobre tecnología y productos culturales.

Para los millennial, nacidos en la ideología del libre flujo de información y datos, la Propiedad Intelectual no pasa de ser, en el mejor de los casos, un mal necesario.

Una de las grandes guerras, desde hace ya dos décadas, se libra en el campo digital, que ha visto transitar desde modelos desafiantes como Napster y Megauploud hacia procesos de regularización como itunes y Netflix, que de paso han transformado la manera en la que se producen, distribuyen, pagan y disfrutan música y películas en el mundo. Sin embargo, la presencia de sitios ilegales que trafican con estos bienes intangibles sigue siendo un reto continuo. Una guerra en la que el enemigo se oculta, muta y lucra con una flexibilidad y facilidad sorprendentes.

En ese contexto, los esfuerzos de diversa envergadura y sofisticación para concretar tratados internacionales han sido infructuosos, generando un efecto inverso al dotar de cohesión y sentido de identidad a la oposición. ACTA sigue sin destino final, y esfuerzos como PIPA y SOPA tampoco parecen estar encontrando mejor suerte.

En la parte de productos físicos las plataformas de comercio electrónico están cuestionando, también, las formas de control que el mercado tradicional había dispuesto, generando nuevos escenarios a los titulares de derechos. La propia complejidad de los mercados grises está replanteando la pregunta de “¿qué es un producto original?”, ante la presencia creciente de miles de clones que han sido fabricados por el mismo maquilador que el del original, con las mismas especificaciones y materias primas que el original, pero sin su código de barras. Mientras los dueños de marcas se preguntan cómo detener el flujo continuo de productos ilegales a través de internet, grandes jugadores como Amazon, eBay, Alibaba o MercadoLibre miran para otro lado.

Antes que nuevos grandes tratados, reformas legales inéditas o mecanismos policiacos de colaboración internacional, es inaplazable reconstruir la credibilidad en los beneficios de la Propiedad Intelectual, a través de la contribución cotidiana de valor que sus mecanismos producen en la vida de la gente. Si no es así, y lo seguimos pensando como un asunto propio de las grandes transnacionales con los gobiernos, poco significado podemos conceder a este aniversario.

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