Opinión

Las dificultades morales del Vaticano


 
Como pocas veces en su larga y 2 veces milenaria existencia, la iglesia católica enfrentará no sólo la elección de un nuevo papa sino en realidad va a determinar el rumbo de la iglesia en medio de profecías de su extinción.
 
Y como en 1958-1959, la elección del nuevo pontífice se dará en el contexto de un dilema: refrendar el rumbo de la iglesia capoteando los problemas, contradicciones y sobre todo defectos terrenales de los sacerdotes o le apostará a una puesta al día o dell'aggiornamento similar al que operó Juan XXIII en enero de 1959 al convocar al Concilio Vaticano II ante la condena mundial por la pasividad de Pío XII ante el nazismo y sus horrores.
 
Si bien ahora el problema de la iglesia es menos geopolítico, de todos modos es fundamental: la puesta en duda del principio del celibato, los problemas penales por pederastia y abusos sexuales de sacerdotes, los fraudes financieros vía el Banco Vaticano, la penetración masónica a niveles altos y el apoyo del Vaticano y la iglesia a dictaduras criminales, además de la necesidad de un diálogo interreligioso con otras creencias, sobre todo la islámica.
 
Pero lo más grave para la agenda terrenal de la iglesia fue la renuncia del papa -hoy peregrino- Benedicto XVI ante su incapacidad para poner orden en la curia y en los altos mandos religiosos, sobre todo por el problema de los abusos sexuales y no sólo por el tema en sí sino porque ellos han demostrado que el celibato, pilar religioso del catolicismo, es imposible ante las tentaciones acá en la Tierra.
 
En 1958 Juan XXIII tomó el papado en una situación de deterioro moral de la iglesia por su papel en la construcción del nazismo. Años después, en 1963, aparecería una de las denuncias más severas contra la iglesia y su efecto fue demoledor, a pesar de haber sido una obra de teatro: El Vicario, del alemán Rolf Hochhuth, que tendría una enorme relectura en 2002 a partir de la película Amén de Constantine Costa-Gavras.
 
La convocatoria al Concilio Vaticano II se dio apenas a los tres meses del inicio de la gestión de Juan XXIII y existen indicios de que justamente su realización habría sido uno de los motivos de su elección. Angelo Roncalli había sido elegido papa nada menos que a la edad de 77 años y duró apenas cinco años en el Vaticano cuando lo sorprendió la muerte a los 82 años.
 
Joseph Ratzinger, por cierto, fue elegido en 2005 a los 78 años de edad y duró sólo 8 años en la silla gestatoria, sólo que se vio obligado a renunciar cuando el aparato de poder de la Curia romana bloqueó sus intentos de poner orden en la estructura política terrenal del Vaticano. Días después de concretarse su renuncia, Ratzinger dejó entrever que había sido derrotado por el aparatich del alto clero y sus intereses.
 
Juan XXIII convocó al Concilio Vaticano II un poco para volver a cohesionar a los fieles y renovar la estructura de mando del Vaticano, pero también para sanar las heridas de la Segunda Guerra Mundial y al mismo tiempo revalidar la disciplina eclesiástica. Ratzinger estaba obligado a iniciar una nueva limpia en la iglesia católica por el efecto geopolítico del papel del Vaticano en la operación geopolítica para derrotar a la Unión Soviética, por los escandalosos fraudes financieros con dinero santo y por el gravísimo y aún no cuantificado problema de la pederastia y los abusos sexuales de sacerdotes cercanos al trono de Pedro.
 
A ello se agrega la gran derrota de la iglesia católica ante las nuevas prácticas sexuales de las personas -las minorías de un mismo sexo y el uso de controles natales antes maldecidos por Roma- a los que la iglesia católica ha enfrentado con anatemas y no con razones. Ahí es donde la iglesia católica necesita una puesta al día como la de Juan XXIII con su dell'aggiornamento del Concilio Vaticano II. La única forma de centrar el debate de los problemas concretos y sacar soluciones de largo plazo se encontraría justamente en la realización de un gran debate que sacuda a los sacerdotes de la modorra y que envíe señales a los creyentes en el sentido de que la iglesia no es una cofradía que oculta y tapa delitos que tienen repercusiones penales.
 
Pero como toda organización social que tiene funciones políticas, la iglesia católica es un enorme aparato enmohecido de poder político terrenal. Ahí es donde los cardenales enfrentarán el gran dilema del Cónclave de esta semana: un papa para que las cosas sigan igual o un gran reformador que le permita a la iglesia expiar sus pecados y renovar la fe.
 
Lo malo para la iglesia católica es que el debate previo al Cónclave ha eludido los temas centrales que motivaron la renuncia de Benedicto XVI y las discusiones han analizado los perfiles carismáticos, de apoyo político y de biografía no religiosa de los papabiles y en función de las alianzas de poder entre los diferentes grupos de cardenales. En este sentido, el gran temor que existe entre los fieles radica en la posibilidad de que los cardenales nombren a un papa manejable, dócil ante la estructura de poder de la Curia y ajeno a las exigencias de limpieza de los establos religiosos.
 
En la lista de cardenales-candidatos no se percibe ninguna figura de cambio real, de no ser por el color de la piel o por el origen geográfico. En un corto plazo el papado ha transcurrido por aduanas delicadas: la carga moral por el apoyo al nazismo, el Concilio Vaticano II, la muerte aún sin aclarar de Juan Pablo I por sus objetivos de limpieza de la Curia, el papel clave de Juan Pablo II en la geopolítica que destruyó a la Unión Soviética y benefició a Estados Unidos, el intento de asesinato de Juan Pablo II, la disminución de creyentes y de sacerdotes, el síndrome del padre Amaro como fin viable del celibato, los escándalos sexuales de sacerdotes y la renuncia de Benedicto XVI como aceptación de su fracaso para poner orden en la Curia.
 
De ahí que el Vaticano tenga que resolver esta semana el gran dilema: un papa para la complicidad o un papa para el segundo dell'aggiornamento. El problema existencial de los cardenales electores es que son humanos y terrenales decidiendo sobre temas vitales de la fe.
 
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