Opinión

Las cuentas públicas

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dolar.

La semana pasada comentamos por qué la preocupación por el precio del dólar y el petróleo no debe exagerarse. No es que no pase nada, ni mucho menos. El peso ha perdido más de 30 por ciento de su valor frente al dólar en el último año, poco más o menos, y eso no puede ser una gran noticia. Y el petróleo, que vendíamos en 2014 a 87 dólares por barril, el año pasado apenas se vendió en 44, y en este mes de enero ha llegado a 20. Tampoco es una gran noticia. Pero de ahí a imaginar una inmensa tragedia, hay un buen trecho.

Insistíamos en que el petróleo y el dólar efectivamente eran señales trágicas en los años setenta y ochenta, e incluso hasta la mitad de los noventa, pero desde entonces las cosas han cambiado. Por un lado, el tipo de cambio flexible ha separado el dólar de otros problemas económicos, y por el otro, hemos dejado de ser un país petrolero. Hoy importamos más hidrocarburos de los que exportamos, de forma que el precio bajo no es un problema mayor.

Sin embargo, este precio bajo sí puede ser un problema para el gobierno mexicano, que se acostumbró a financiarse con el petróleo desde fines de los setenta, y pospuso por décadas las reformas fiscales. Si de por sí fue difícil sobrevivir a la década perdida (los años ochenta), un intento de reforma recaudatoria entonces hubiera sido trágico. No se hizo, ni en las siguientes décadas, porque estuvimos haciendo otras reformas, luego tuvimos una crisis, y en la etapa democrática (de 1997 para acá) fue difícil construir una coalición reformista. Hasta hace poco.

El milagro que fue el Pacto por México nos permitió sacar adelante reformas que parecían imposibles poco antes: energética, telecomunicaciones, financiera, fiscal, que apenas hicimos a tiempo. Sin duda hubiera sido preferible hacerlas antes, pero no se pudo. Y hubiera sido mejor, al menos en la reforma fiscal, ir más a fondo, pero tampoco se podía. Impulsar el IVA generalizado un mes antes de tratar de sacar la reforma energética era una apuesta muy riesgosa.

Ahora la pregunta importante es de qué tamaño puede ser el golpe del precio del petróleo para el gobierno mexicano. Para saberlo, permítame separar al gobierno de Pemex, porque de otra forma se complica todo.

Hoy vemos al gobierno. Los ingresos petroleros del gobierno representaban cerca de 20 por ciento del total a fines de los noventa y los primeros años de este siglo. Con el alza de precios, producto del crecimiento ineficiente de China, llegaron a promediar poco más de un tercio de los ingresos hasta 2014. En 2015 se fueron a poco menos de 19 por ciento y en este año serán cercanos a 15 por ciento. No es sólo que el precio haya bajado, sino que producimos menos. En 2004 produjimos casi 3.4 millones de barriles diarios (mbd) de crudo, hoy andamos en 2.2 mbd.

Pero, insisto: puesto que ya no somos exportadores, el precio relevante para el gobierno no es el internacional, sino el precio al que nos vende a nosotros los derivados: gasolina, diésel, combustóleo, etcétera. Y ese precio no ha bajado, medido en pesos, que es lo importante. Así, aunque en la contabilidad gubernamental parezca que hay una caída de ingresos petroleros, buena parte de esa caída se compensa con el incremento en recaudación del impuesto especial a gasolina, diésel y la tarifa fija del gas LP. Consumimos 1.4 mbd de petrolíferos, y 300 mil barriles equivalentes de LP. Si a eso le suma la cobertura, no hay problemas mayores. Pero le sigo mañana.

EL autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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