Opinión

Las consecuencias serán todavía más graves

 
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Iceberg gigante se desprende de la Antártida

Unos días antes de la Navidad de 1973, Mario Molina se dijo a sí mismo que seguramente estaría desvariando porque sus cálculos teóricos parecían no tener sentido. Ensimismado en su laboratorio de la Universidad de California, en Irvine, decidió consultar con su tutor Sherwood Roland. Revisaron las notas y como consecuencia pasaron una amarga Navidad.

Habían descubierto que en la Antártida se abría un gigantesco agujero que permitía la entrada de los rayos ultravioleta que afectan diversas formas de vida y que repercutirían en el clima del planeta. Así lo publicaron en el número 28 de junio de 1974 de la revista científica Nature.

Resumido el asunto en forma lineal, su descubrimiento que los llevó a la obtención del Premio Nobel en 1995, consistió en probar que los gases compuestos por el cloro fluoro carbono, comercialmente conocidos como gas freón, utilizado como propelente en las latas de aerosol, en los sistemas de refrigeración, en la manufactura de hule espuma y en la fabricación de autopartes, tarda alrededor de diez años en llegar a la estratosfera y una vez ahí, a unos 30 o 40 kilómetros de altura al contacto directo con la luz solar, modifica su estructura molecular liberando cloro.

Al hacerlo así, literalmente se come al ozono que funciona como un escudo protector y filtrador de los rayos ultra violeta provenientes del sol. Esos rayos son tan potentes que son capaces de alterar la temperatura del planeta, modificar los climas, descomponer los microorganismos y lesionar numerosos procesos vitales en el mundo.

Desde esa fecha advirtieron que el calentamiento planetario causaría lluvias torrenciales, vientos huracanados y también crearía zonas desérticas donde antes había sembradíos y bosques.

Señalaron que ese agujero en la capa de ozono, se daba sobre todo en uno de los lugares más fríos conocido como el polo sur o la Antártida. Apuntaron que, entre las muchas consecuencias, vendría el desgajamiento de las capas heladas y con ello aumentaría el nivel de los mares, el agua dulce se mezclaría con las marítimas y lesionaría la flora y la fauna.

Esto, que lo hemos visto y padecido, es una lamentable realidad que ha provocado el desgajamiento del iceberg más grande conocido por el hombre. El bloque de hielo es de cinco mil 800 kilómetros cuadrados y más de un billón de toneladas de peso.

Su altura puede llegar a 60 metros y se le calcula podría ser tan grande como diez veces la Ciudad de México. Su futuro es difícil de predecir, puede mantenerse unos años en una sola pieza o romperse en muchos grandes y sólidos fragmentos y, al tomar las corrientes marítimas ascendentes, obstaculizar importantes rutas oceánicas.

Pero, el asunto va mucho más allá. El nivel del mar puede modificar costas ribereñas importantísimas en todas partes: Indonesia, Japón, Argentina; y alterar puertos tan significativos como Havre, Nueva York o toda Islandia. Algunas manchas de agua como el Mar Báltico o el Mar Muerto podrían presentar modificaciones impredecibles. Estas alteraciones serán la avanzada en la exacerbación y violencia de fenómenos naturales que, en forma de nevadas, vientos desaforados o sequías muy pronunciadas alterarán nuestra forma de vida.

Hay expertos que señalan el advenimiento de tsunamis originados por un calentamiento que, si supera dos grados, traería agrietamientos terrestres y alteraciones en los sistemas tecnológicos de comunicación al modificar las estructuras moleculares que hoy ya están instaladas e incluso aquellas que en forma satelital orbitan nuestro mundo.

De ese tamaño es lo que, en gerundio, está ocurriendo o ha comenzado a desencadenarse, nos demos cuenta o no de ello. Y esto que fue iniciado por la acción humana puede, a su vez, contagiarse por las propias reacciones de la naturaleza como ya advierten numerosos científicos. De ahí la importancia del Acuerdos de París firmado por 170 naciones, salvo por Norcorea, Arabia Saudita, Moldavia, Siria, Yemen, Irak, Nigeria, Macedonia, Nicaragua y… Estados Unidos.

El gigantesco desgajamiento del iceberg en el polo sur nos hace ver que si existe un Argamedón, eso lo hemos creado nosotros los seres humanos, debido a nuestro insaciable deseo de consumo y de una inmensa estupidez.

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