Opinión

Las cartas de Peña

 
 
 

 

PRI

Una vez concluida la Asamblea priista destinada a consolidar el control presidencial sobre el partido, comienza el difícil camino para el primer mandatario de ir descartando uno a uno a aquellos incluidos en la lista de potenciales candidatos presidenciales, e ir construyendo el andamiaje que garantice el apoyo interno y externo para quien considere el candidato idóneo para enfrentar a sus contrincantes en lo que será una reñida elección.

Las cartas de Peña son hoy ya totalmente claras: al interior del grupo ligado al canciller Luis Videgaray, José Antonio Meade y Aurelio Nuño se perfilan como las dos principales figuras aceptables para el priismo nacional, y al mismo tiempo carentes de una trayectoria que los identifique con el pasado partidario ligado al corporativismo del nacionalismo revolucionario.

En este mismo espacio, pero fuera del grupo del canciller, se presenta Enrique de la Madrid con una trayectoria aceptable y con la condición de ser hijo de un expresidente, lo que no necesariamente añade puntos a su posible candidatura.

En esta misma línea de figuras priistas no identificadas por su militancia partidaria se encuentra el doctor José Narro, secretario de Salud, quien por su trayectoria y posicionamientos aparece más cercano a la sociedad civil que al mundo estrictamente político, lo que le brinda una ventaja en términos de la competitividad de su candidatura.

Finalmente, la carta de la militancia histórica y ajena al grupo mexiquense en la persona de Miguel Ángel Osorio Chong, que dentro del partido sería el más conocido y reconocido entre la militancia, pero cuya vinculación con el PRI de antaño lo pone en desventaja ante el enorme rechazo existente entre la ciudadanía a la imagen de ese partido corporativo, autoritario y abusivo.

Por otra parte, su lealtad al presidente contrarrestaría su no pertenencia al grupo gobernante, lo que para muchos representa su principal carencia en la carrera presidencial.

Con esta amplia variedad de cartas para elegir, y el control del partido en sus manos, Peña Nieto tiene un par de meses para buscar dos equilibrios fundamentales.

Primero, que el candidato a elegir no produzca fisura interna alguna que pudiese debilitar aún más al partido, y fortalecer a otros, principalmente a Morena, quien se ha nutrido de los votantes priistas decepcionados del abandono del nacionalismo revolucionario, lo que sería mortal para las aspiraciones presidenciales de los tricolores.

Y segundo, que el abanderado sea al mismo tiempo un personaje alejado de la marca priista que la ciudadanía asocia con corrupción, abuso de poder e irresponsabilidad en el ejercicio de gobierno.

Encontrar el justo medio entre inclusión e independencia partidaria es la tarea que enfrentará el presidente en los próximos meses, y esto en función de si el PAN y el PRD consiguen o no establecer un frente opositor, lo que sería un factor determinante a la hora de elegir al candidato priista.

En todo caso, el próximo candidato tricolor tendrá que jugar al equilibrista en este intento por presentarse como una alternativa diferente a la del gobierno actual en temas de combate a la corrupción y vinculación con el pasado de su partido, al mismo tiempo que emite mensajes de identificación para una militancia que todavía responde a la línea lanzada desde la cúpula dirigente.

Las cartas de Peña Nieto para elegir a su sucesor son muchas, además de contar con el control del aparato partidario. Está en sus manos acomodar sus cartas para obtener una candidatura de unidad e intentar revertir la negativa intención de voto que amenaza con sacarlos de nuevo de la silla grande.

La oposición tiene hoy una enorme ventaja, pero si el gobierno consigue fragmentarla como en el Estado de México, la carta presidencial podría resultar ganadora en 2018.

Twitter: @ezshabot

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