Opinión

Las alusiones perdidas

 
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Carlos Monsiváis

Gil recibió la noticia repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio: el presidente Peña ha tomado la iniciativa de crear una Secretaría de Cultura. Pas mal, siempre y cuando no la pongan obesa de burocracia, siempre y cuando no nombren en ese cargo a políticos trepadores (¿hay de otros?), cuando y siempre el secretario lea (no la princesa, Gil se refiere a los libros), cuando y siempre no sea un escritor fracasado el que encabece a la institución. O sea, hay una baja posibilidad de que esa secretaría resulte un éxito. Gil se explica: nadie pide a un Jorge Semprún al frente, pero rayos y centellas, nuestra burocracia cultural está para el arrastre lento.

Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco y llegó a la mesa a la que ha titulado “Más allá del presente” (en efecto, Gilga no nombra los objetos, los titula), en la superficie de fina madera encontró un breve libro escrito por Carlos Monsiváis: Las alusiones perdidas (Anagrama, 2007). Un ensayo profundo y certero sobre diversos temas culturales. Gamés sostiene que se trata de uno de los grandes textos finales que escribió Monsiváis, páginas en las que el escritor concentró claridad, crítica, conocimiento cultural y literario. Gil arroja a esta página del fondo algunos subrayados:

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Sin la frecuentación del cine ninguna cultura literaria arraiga con plenitud y un cine-club, o ahora la DVDeteca personal, es la otra biblioteca. No sólo el montaje narrativo aprendió y aprendió de los clásicos del cine, y Citizen Kane y El acorazado Potemkin y El ángel azul y Los siete samurais y Vértigo y La gran ilusión y Los hijos del paraíso y La diligencia y el conjunto de cada cinematografía nacional son a su manera parte de las más rigurosa formación literaria.

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Al frenarse casi del todo la movilidad social, aumenta, en vez de disminuir, la movilidad cultural, el interés por lo no muy comercial, porque cultivarse es un gran acto desinteresado o porque así de imprevisibles son las vocaciones.

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¿En qué momento y por qué motivo la lectura y la cultura definidas clásicamente (artes, música, teatro, cine de calidad) pasan a ser algo que se envía a las regiones del tiempo libre, mientras que los medios y la industria del entretenimiento son para demasiados “la realidad”? Y una gran interrogante: ¿cuándo se pierde, en definitiva, la causa de las humanidades como formación central?

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Al humanismo se lo expulsa en definitiva del currículum educativo en la década de 1970, al encargársele a la iconósfera (el imperio de las imágenes) la formación de las nuevas generaciones. No se le ve sentido a la brillantez verbal, y cada vez son menos los capaces de sentirla y admirarla, la gran mayoría renuncia a la lectura de poemas, y el asunto se agrava al decidirse –sin razonarlo y sin deliberarlo– que la literatura ya no es el punto de partida de la estructura del conocimiento, sino, francamente, un entretenimiento que no alcanzó el grado de los deberes escolares. Y el sitio antes central de la literatura lo ocupan las imágenes, al grado de que “el tiempo libre” de la sociedad viene a ser lo que resta luego de ver partidos de futbol, telenovelas, reality shows, series televisivas, películas, lo que además ya no es tiempo libre sino obligación urbana.

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A las frases célebres, tan estimulantes por siglos, las sustituyen, y ampliamente, los aforismos de Oscar Wilde, Groucho Marx y Woody Allen. Es más fácil, por oportuno, decir: “No es que tenga miedo de la muerte, es que no quiero estar ahí cuando suceda”, que evocar “Dadme la libertad o dadme la muerte”. Oscar Wilde aseguró: “todo lo puedo resistir menos la tentación” y resultó la vanguardia de la operación que volvió alusiones perdidas a la mayoría de las frases célebres. La ironía y la autocrítica irónica han sepultado el énfasis heroico de las conversaciones.

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Se sabe, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras se acercan los camareros con bandejas en las que se equilibra una botella de Glenfiddich, pondrá a circular la frase de Ortega y Gasset por el mantel tan blanco: “La máxima especialización equivale a la máxima incultura”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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