Opinión

Las alianzas

 
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Eruviel Ávila

La elección de junio próximo en el Estado de México se presenta como determinante para fijar posiciones con respecto a la elección presidencial de 2018. Es por ello que el tema de las alianzas entre los distintos partidos participantes en estos comicios es fundamental para fijar la estrategia de lucha de cada agrupación política. Para el PRI el primer punto a resolver, como lo fue en 2011, es el de ubicar a un candidato que genere la mayor cantidad de adhesiones dentro del priismo mexiquense. Más allá de compromisos establecidos o preferencias personales, el pragmatismo que llevó en ese entonces a Peña a escoger a Eruviel frente a Alfredo del Mazo, deberá ser el mismo elemento que sea considerado al designar al candidato tricolor.

Ya sea el propio del Mazo, o Ana Lilia Herrera, o Carolina Monroy, el problema del abanderado priista es el de poder generar los consensos que deriven en una acción movilizadora capaz de llevar a los votantes a las urnas en medio de un clima de antipriismo reforzado por el tema de los gobernadores ladrones, y la baja aprobación del presidente de la República, La alianza del PRI con el Verde, Nueva Alianza y otros grupos menores será indispensable en un escenario donde la posibilidad de una contienda a tercios obliga a pelear cada voto al máximo.

Y es que a pesar de los esfuerzos del gobierno federal de impedir una alianza PAN-PRD en la entidad mexiquense por el enorme riesgo de perder la gubernatura ante esta formación electoral, parecería que existe un interés manifiesto de las dirigencias partidarias de unir fuerzas para enfrentar a la poderosa maquinaria priista mexiquense. Aquí el problema radica en la elección del candidato, en donde cualquier identificación partidista aleja a los electores de uno u otro instituto político. Difícilmente, los panistas mexiquenses estarían dispuestos a votar por Alejandro Encinas, o los perredistas por Josefina Vázquez Mota, y por ello la necesidad de encontrar una figura menos partidista pero confiable para ambas partes.

Hay que recordar que Morena de López Obrador ha decidido ya ir con la diputada Delfina Gómez como su candidata al gobierno mexiquense y a menos que suceda algo extraordinario, este partido irá solo, atrayendo a un segmento de votación de entre 5.0 y 9.0 por ciento de la votación, lo que podría influir en el resultado definitivo de la elección si es que finalmente los dos polos, el del PRI y el del PAN-PRD, terminan por consolidarse en los próximos meses. La importancia del Estado de México para el PRI es tal, que el propio presidente Peña ha recorrido la entidad de manera constante en los últimos meses al lado de Eruviel en un intento de reforzar posiciones, y en el entendido de que perder esta elección representa perder la presidencial en 2018.

Por supuesto que el INE tendrá que estar vigilante de este proceso en la medida en la que recursos ilícitos de todo los bandos estarán presente en este intento por ganar la elección, la cual probablemente terminará en el Trife. Pero más allá de estas consideraciones, la clave de este proceso radica en dos elementos primordiales. El primero, la figura de candidatos reconocidos y aceptados por la ciudadanía, y el segundo, la conformación de amplias alianzas capaces de competir entre ellas de manera eficiente. Si por razones internas o presiones externas los panistas y los perredistas no alcanzan a armar una alianza, bien pueden despedirse una vez más de la gubernatura mexiquense.

Suponer que el PRI se equivocará en esta ocasión de candidato y de aliados, como lo hizo en junio pasado en algunas elecciones estatales, parece ser una percepción errónea. En todo caso, la disputa por el Estado de México vuelve a ser el enfrentamiento entre priismo y antipriismo, y de la forma en que ambos bloques se organicen dependerá el resultado final.

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