Opinión

Ladrón que roba a ladrón

 
1
 

 

Arte.

La apropiación de obras de arte para ser recontextualizadas es una práctica constante del arte contemporáneo que surgió junto con las ideas del posmodernismo. Esta estrategia se volvió muy popular a finales de los 70, con obra de artistas como Barbara Kruger, Cindy Sherman y Sherrie Levine, pero fue probablemente Richard Prince (1949, zona de Canal de Panamá) con sus refotografías quien llevó la apropiación a su paroxismo. De 1980 a 1992 Prince produjo Cowboys, su serie más icónica, a partir de imágenes que fueron extraídas de las propagandas de los cigarros Marlboro, imágenes que agrandó, les quitó el texto, y que nombró como un trabajo propio, al apoderarse de sus cualidades alegóricas. Prince no sólo consiguió aislar ciertos símbolos de la cultura estadounidense –la épica individualista representada por un hombre blanco que es al mismo tiempo una especie de símbolo sexual y un modelo a seguir en un sentido un poco bélico–, sino que delataba también un estrategia de fragmentación y de deseo, aquélla a la que incitan las imágenes con las que somos bombardeados diariamente para hacernos consumir. Estas piezas no sólo infringían la propiedad intelectual, sino que precisamente por su estatus de ser una imagen reconocible, el autor podía jugar con la lectura e inducir, a partir de ellas, varios grados de derivación; podríamos decir que estas imágenes a su vez no eran originales, porque al ser usadas para una campaña publicitaria, eran disociadas de la marca que representaban, para asociarse y apropiarse de valores esenciales de la identidad norteamericana. Las piezas de Prince cuestionaban las nociones de originalidad y autenticidad dentro de lo que una construcción social ha definido como la propiedad intelectual; moraleja: ladrón que roba a ladrón tiene 100 años de perdón.

En estos días, Prince, el rey de la usurpación, ha vuelto a darle un vuelco al estatus de la obra de arte, al invalidar una de sus propias piezas públicamente. Se trata de su serie Instagram, integrada por impresiones en tinta de fotografías sacadas del Instagram de otras personas.

La hija del nuevo presidente de Estados Unidos, Ivanka Trump, es una entusiasta coleccionista de arte, y Prince, quien le había hecho un retrato a partir de una selfie que ella se tomó frente al espejo mientras la peinaban y maquillaban, le devolvió a su galería los 36 mil dólares que le tocaban de comisión por la pieza, y declaró en su cuenta de Twitter: “Éste no es mi trabajo, lo niego, es falso. Lo reniego, esta obra ya no es mía”.

Esta acción de protesta funciona a muchos niveles, primero en lo político. Como él mismo escribió: “este no es un gesto, es una acción de protesta. Es algo sobre lo cual tengo el control, como un sí o un no”.

También esta acción de Prince es una declaración de guerra en una era de sobrecomunicación y de manipulación de información, y tercero, plantea la responsabilidad ética que tienen los artistas al momento de vender sus obras. ¿Tiene el artista que tomar en cuenta la ideología del coleccionista de su obra o la procedencia de esa fortuna? ¡Sí!, dice Prince.

En otras latitudes, “el arte es prostitución”, decía Charles Baudelaire… ¿Que sería del mercado del arte, de las colecciones mexicanas y mundiales si los artistas asumieran una postura ética ante quién y de dónde proviene el dinero de quienes compran sus obras?

También te puede interesar:
Una corcholata, un triciclo rosa y unas crepas
Año bisiesto
Tiempo de reflexión