Opinión

La XVI Bienal de Pintura Rufino Tamayo

  

La Bienal de Pintura es organizada en conjunto por el INBA, la Fundación Olga y Rufino Tamayo y el Museo Tamayo. Desde hace más de 30 años, este certamen ha sido de los más importantes en México. Sin embargo, no ha sabido (o podido) conservar el nivel y la relevancia internacional que, por ejemplo, el Museo Tamayo ha conseguido. Al contrario, su organización se ha visto envuelta en polémicas nada favorables.

En la edición 16 de la Bienal, que actualmente está en exhibición, la controversia no se hizo esperar. Primero, la decisión de cambiar el “jurado seleccionador” por un “comité curatorial” que se integró por Erick Castillo (el curador en jefe del comité) y los pintores Patricia Soriano y Luis Hampshire, con el objetivo de hacer una bienal con mayor investigación. Parecería que sólo es una cuestión de nomenclatura, sin embargo no es así: algunos artistas solicitaron su participación, según los lineamientos de la convocatoria, y otros fueron personalmente invitados.

Esto genera un formato ambiguo, ya que no se hizo público quiénes fueron los creadores invitados y bajo qué líneas curatoriales; lo que causa obvias suspicacias. Si se buscaba más objetividad teórica y metodológica para la Bienal, el perfil de este “comité curatorial” (sin demeritar la trayectoria profesional de Soriano, Hampshire y Castillo) deja muchas dudas sobre sus criterios de selección.

Es claro, y en esta edición se refrenda, que la Bienal de Pintura Rufino Tamayo es anacrónica, tanto por su vocación legitimadora e institucional, como en la misión de ser un visor de nuevos lenguajes pictóricos. Aunque si lo vemos sarcásticamente, sí muestra un panorama pictórico nacional, en total declive.

El Turner Prize en Reino Unido es un ejemplo de cómo honrar el legado de un pintor, controversial en su tiempo, a través del reconocimiento a nuevos desarrollos en el arte contemporáneo, y que genera polémica abriendo diálogos y debates sobre los nuevos rumbos de las artes visuales. Por otro lado está el Premio Hugo Boss en conjunto con el Museo Guggenheim, que sin importar medio, edad o nacionalidad, es uno de los reconocimientos internacionales más importantes. Matthew Barney, Douglas Gordon, Tacita Dean, Pierre Huyghe y Emily Jacir han sido algunos de los ganadores. Ambas distinciones son sólo por invitación de un jurado especializado.

La Fundación Olga y Rufino Tamayo y el Museo Tamayo tienen la oportunidad de crear un premio propio, de contundencia y relevancia en la escena del arte contemporáneo internacional, pero los compromisos que este galardón mantiene con instituciones gubernamentales y con ciertos grupos culturales que defienden a ultranza un cierto tipo de pensamiento pictórico caduco y sin pertinencia actual, generan una falsa disposición de inclusión y democracia. Es decir: o se invita a los cuatro o cinco artistas más relevantes de la escena nacional, haciendo un tipo de statement -como lo hacen el Turner y el Hugo Boss– o se deja a convocatoria abierta, no a medias tintas.

Esta Bienal responde a intereses que se contraponen a la visión del Museo y de la Fundación Tamayo, a los cuales no les corresponde esa aberrante e hipócrita postura de mantener la posición gubernamental tibia y mediocre de no comprometerse realmente con la producción artística contemporánea de México.