Opinión

La Virgen de Guadalupe

16 diciembre 2016 5:0
 
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Basílica de Guadalupe

Muchos mexicanos somos católicos y guadalupanos, pero muchos más son guadalupanos independientemente de la religión que profesan o de sus particulares creencias. La Virgen de Guadalupe es un símbolo de México y, como tal, ha participado, a través de reproducciones del manto en el que quedó plasmada, en incontables marchas, manifestaciones y, muy destacadamente, en los procesos sociales más importantes de nuestro país, como fueron la lucha por la Independencia de México, la Reforma y la Revolución Mexicana.

Yo me declaro guadalupano, guadalupano de corazón, pues quiero y admiro con todas mis fuerzas a mi virgencita de Guadalupe, cuya imagen siempre está presente en nuestro hogar y muy particularmente en la capilla de la familia, en la ex hacienda de Totoapa el Grande, en donde cuelga un cuadro con una reproducción maravillosa del original, sí, aquel que se encuentra en la Basílica de Guadalupe, en las faldas del cerro del Tepeyac.

Ella es mi madre, me protege, me acompaña, me aconseja, y siempre está cerca de mí.

Según el Nican Mopohua, fueron cinco las apariciones de la Virgen a Juan Diego, mismas que tuvieron lugar en 1531, ocurriendo la última el 12 de diciembre de ese mismo año. La fuente más importante que las relata fue el mismo Juan Diego, quien habría contado todo lo que había acontecido durante dichas apariciones. Mucho puede relatarse de cada una de ellas, pero me quedo con las palabras de la Virgen a Juan Diego en la cuarta aparición, que tuvo lugar cerca de donde ahora se encuentra la Basílica de Guadalupe y que se dio en el contexto de una grave enfermedad que padecía su tío y para el cual iba a pedir ayuda en la gran Tenochtitlán.

Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad ni otra alguna enfermedad y angustia, ¿No estoy yo aquí que soy tu madre¿ ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío que no morirá de ella: está seguro de que ya está sano.

Juan Diego, convencido de lo que escuchó, pidió a la Virgen que le diera la señal y el mensaje, para llevarlos al Señor Obispo con el que iba a entrevistarse. La Virgen, entonces, le pidió que subiera a la cumbre del cerrito en donde solía verlo y que cortara las flores que allí encontraría y se las trajera. A pesar de la fría estación invernal y la aridez del lugar, recogió flores entre las que se encontraban rosas de castilla. Una vez recogidas las colocó en su tilma y las llevó a la Virgen quien le mandó presentarlas al Obispo como prueba de veracidad. Una vez ante el obispo, Juan Diego abrió su tilma y dejó caer las flores mientras que en el tejido apareció, inexplicablemente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde ese momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México.

Hará cosa de 20 años regresaba yo de Acapulco en mi automóvil, acompañado de mi hija Natasha y súbitamente “cabeceé” en la carretera y el vehículo comenzó a girar sin control alguno con el inminente riego de estrellarse contra una cadena de automóviles que viajaban en el sentido contrario hacia ese puerto, aprovechando las vacaciones de Semana Santa. En esos instantes yo sólo vi el cuadro de la Virgen de Guadalupe que se encuentra en mi rancho hasta que el automóvil se detuvo muy cerca de una torre de la CFE, de una caída de más de 30 metros frente a nosotros y de los linderos de un monte contra el cual nos podríamos haber estrellado. Mi hija gritaba con pánico mientras yo retomaba el control del carro y continuaba, ileso, rumbo a México.

¿Existen los milagros? Yo doy testimonio de lo ocurrido y personalmente, cuando en mi rancho visito a mi Virgencita, le agradezco siempre que haya salvado nuestras vidas.

Hoy, 12 de diciembre, día en que escribo esta artículo, está presente, como siempre. la imagen de esa Madre amorosa que tanto cariño ha demostrado por México y por los mexicanos, particularmente por los indígenas, quienes son los pobres entre los pobres, a pesar de haber sido, en su momento, los dueños de nuestro país.

Mañana será otro día

El autor es presidente de Sociedad en Movimiento.

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