Opinión

La vigencia del temple liberal

 

 

1
 

 

Elección

Muchas voces, sobre todo jóvenes, cuestionan las insuficiencias de nuestra democracia e incluso su existencia. En los ajetreados días de la transición –por el entusiasmo ciego, por la presteza de los acontecimientos– se le dio poca o nula atención a un asunto crucial: la educación democrática.

Por un lado, la enseñanza a los más jóvenes de los principios que sostienen la vida en democracia: tolerancia, pluralismo, crítica, libertad.

Por el otro, era necesario mostrar qué habíamos dejado atrás: el sistema político mexicano (un sistema hegemónico de partido, con libertades limitadas –de prensa, de asociación–, con elecciones simuladas) había llegado a su fin, por lo que resultaba preciso mostrar cómo había funcionado para evitar repetir sus vicios.

Esa necesaria tarea de pedagogía cívica –de dónde venimos y hacia dónde vamos– no se llevó a cabo. Por eso hoy los jóvenes, que no vivieron ese tránsito y no tienen memoria de cómo era antes la vida pública en México, reclaman con cierta razón: ¿Qué democracia? ¡Esto no es una democracia!

Enrique Krauze acaba de publicar tres volúmenes indispensables para entender qué es lo que dejamos atrás, las dificultades del presente y los riesgos que nos acechan como sociedad: Por una democracia sin adjetivos: 1982-1996; Del desencanto al mesianismo: 1996-2006; y Democracia en construcción: 2006-2016 (Random House, 2016). El primero de ellos, Por una democracia sin adjetivos, habla de un país que es y no es el mismo que habitamos.

El PRI gobernó entonces y nos gobierna ahora. El PAN era y es un partido más de oposición que de gobierno. La izquierda estaba y está dividida. Los medios de comunicación siguen estando en manos de unos pocos. Éramos y somos un país católico y conservador. Todo eso es cierto.

Pareciera, como dice Lampedusa, que todo cambió para que todo siga igual. Sin embargo, en cada rubro, los cambios operados son tantos y de índole tan profunda que no cabe sino el asombro ante las enormes transformaciones que hemos alcanzado.

Me concentro en un punto: dentro del concepto de democracia caben muchas cosas pero una es esencial: en la democracia se vota y los votos cuentan.

En 1984, fecha de publicación del ensayo que le da título al libro, los votos de los mexicanos ni se contaban bien ni contaban para elegir, por ejemplo, al presidente. Desde el momento en que el presidente en funciones designaba al candidato del PRI, los mexicanos sabíamos quién sería nuestro próximo gobernante, sin necesidad de realizar elecciones.

Pero éstas se llevaban a cabo para cumplir con una formalidad. Las organizaba la Secretaría de Gobernación. En los medios de comunicación el único partido que podía promocionarse era el PRI. Las casillas estaban controladas por ese partido. “Fraude” era una palabra cotidiana en tiempos electorales.

Antes, durante y después se operaba el fraude a favor del candidato oficial. La paleta fraudulenta era muy amplia: iba desde la costumbre de hacer votar a los muertos hasta el robo violento de urnas; desde la coacción en las oficinas públicas hasta las balas en los centros de votación. Krauze en su ensayo pedía algo que hoy nos parece elemental: que los votos se contaran bien, que se garantizaran elecciones limpias y libres.

Pero en la época en que lo escribió ese detalle elemental fue motivo de escándalo. Le llovieron al autor múltiples descalificaciones desde todo el espectro político, particularmente desde el oficialismo y la izquierda.

Hay que volverlo a decir: ni los intelectuales ni la sociedad creían en la democracia. Cuando Krauze publicó su texto recibió múltiples críticas, y siguió adelante. Pese al escepticismo (¿democracia para qué?) continuó publicando ensayos y artículos. No lo hizo desde la academia, optó por promover esa idea tan poco popular en los medios de comunicación, y para hacerlo dotó a su pluma de un elemento capital: la claridad.

Publicó muchos de sus artículos en la revista Vuelta, pero también de un modo importante en medios que rechazan sus ideas, como La Jornada. Lo hizo con tesón, valor y convicción.

La democracia –creía entonces y sigue creyendo- es el único camino conocido para salir de nuestra postración, para ejercer nuestra libertad, para confrontar nuestras ideas.

Hace treinta y dos años Enrique Krauze publicó un ensayo central para nuestra vida pública. Es difícil, al releerlo, no darse cuenta de que ese país que describe ya no es el nuestro. Mucho ha cambiado. “Fraude” dejó de ser una palabra corriente en nuestro vocabulario político: en las pasadas elecciones no escuché una sola voz que la enunciara. Pero otras cosas no han cambiado, cosas que nos definen.

Entre ellas celebro que no haya cambiado el temple liberal de Enrique Krauze, un hombre que cree firmemente en la libertad y que ha luchado, y lucha, de mil maneras para defenderla.

Twitter: @Fernandogr

También te puede interesar:
La democracia perfecta
Condenados a la libertad
Un héroe de la Revolución