Opinión

La vida misma

El noble arte de la crítica cinematográfica ha tenido sus altibajos a lo largo de la historia. En el último cuarto del siglo pasado, sin embargo, podría considerarse que tuvo una época cuasi dorada cuando el crítico de cine se convirtió en una suerte de conciencia cultural que tomó un cierto poder, casi de vida y muerte, sobre las películas que lentamente se fueron convirtiendo en clásicas o en casus belli en su momento profundamente mencionadas. Mucho ayudó a que se multiplicara el poder de la crítica fílmica con el paso del diarismo impreso a la televisión. Esta popularización del crítico como protagonista cultural que puede estar tanto en la barrera como dentro del ruedo, llevó a que la esencia crítica acabara siendo un cierto tipo de comentario, a veces profundamente informado pero la mayoría de las veces demasiado superficial.

La crítica de cine que había sentado sus reales en diversas revistas y que incluso estableció categorías de análisis que se basaban en la filosofía, la sociología y la estética, de repente acabó convertida en una suma de banales recomendaciones que tuvieron su auge con la aparición de una pareja bastante singular, Gene Siskel (1946-1999) y Roger Ebert (1942-2013).

Ambos eruditos del cine, con habilidad sorprendente para manejar el dato exacto y con un gusto no siempre impecable, crearon el estilo de calificar las películas con un pulgar arriba o con otro abajo. Signo de los tiempos en la era pre Twitter, implicaban así si una cinta valía o no la pena. Críticos de cine de diarios enemigos en Chicago, establecieron una dinámica pocas veces vista entre dos personas con comentarios tan diversos y opuestos. Tuvieron también la coincidencia de que ambos murieron de cáncer, Siskel de uno cerebral muy agresivo, y Ebert de otro que le quitó la capacidad de comer, beber y hablar, al perder la quijada, la lengua y la mitad del cuello a consecuencia de cáncer de tiroides que hizo metástasis hacia la glándula salival. Su rostro se transformó: de ser el regordete ganador del primer Pulitzer a un crítico de cine con prominentes lentes y quijada cuadrada, pasó a ser el poseedor de un rostro estragado que conservaba una literalmente sonrisa colgante, monstruosa pero vital.

Amigo de ciertos directores, como Martin Scorsese y Werner Herzog, no se contenía con sus comentarios, que aún están en el centro de la discusión con Richard Corliss (n. en 1944), quien insiste en que la crítica debe florecer en el espacio del ensayo y no tanto en el de esas opiniones rápidamente expresadas que con una frase y unos cuantos calificativos dan por sentada la calidad del film. También Corliss criticaba el conflicto que veía en que Siskel & Ebert fueran amigos de los directores por considerar que el crítico pierde lucidez y rigor ante los compromisos de la amistad. Sin embargo, y tal vez a pesar de ello, Siskel & Ebert convirtieron su amistad con directores en sentidos homenajes que significaron un cierto parteaguas para la consagración de muchos de ellos.

Gran parte de esta historia está en imágenes compactas e intensas en el documental La vida misma (2014, Steve James). Precisamente la película que Ebert consideró más importante de los noventa Hoop Dreams (1994) la hizo James. Acaso pagando la cuenta pendiente con la amistad cinéfila, James reconstruye la vida de Ebert basándose en la autobiografía homónima y captando sus últimos días ante el regreso del cáncer que acabó con su vida mientras se acoplaba a los tiempos modernos con un blog infestado de comentarios que hacía con demasiada velocidad. En efecto, lo que queda claro es que su amor por la vida era más grande que su infinito amor por el cine y en el ocaso de su vida este testimonio, por un lado entrañable y por el otro casi morboso ante su rutina cotidiana, completa la imagen de ese nombre complejo que sorpresivamente escribió un film de culto serie Z Más allá del valle de las muñecas (1970, Russ Meyer) con el mismo entusiasmo con que logró ver más de 10 mil films para nomás escribir sobre 6 mil.

Vida compleja, sin duda, con sus zonas de abierta oscuridad en el momento de la formación del reportero que lentamente se convirtió en celebridad por el simple poder de la crítica cinematográfica, ese noble arte al que Ebert contribuyó a cimentar en los Estados Unidos porque para él el cine era como la vida misma.

Y para James dar testimonio de esta vida misma, con sus claroscuros y con las imágenes de ese hombre con peculiares anteojos, es el mejor homenaje que se le puede dar al cine buscando retratar a un personaje singular: el espectador; el entusiasta cinéfilo.