Opinión

La vida en la Ciudad de México

 
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DF.

Cada vez que la Comisión Nacional del Agua da la noticia de que cerrará la llave del Sistema Cutzamala, abastecedor de las tres cuartas partes del agua que se consume en la Ciudad de México, se despiertan en Gil todas las sospechas catastróficas conocidas y por conocer: ¿qué ocurre allá abajo en la oscuridad de los ductos del agua? ¿Por qué se suspende el suministro cada día festivo que se convierte en un puente? Gamés está convencido de que nunca sabremos lo que pasa bajo nuestros pies, pero seguramente nada bueno: “Es un corte importante de 100 por ciento durante 48 horas, más otras 48 horas a 40 por ciento. Esto va a implicar que prácticamente los tanques que abastecen a 50 por ciento de la ciudad se quedarán sin agua”, dijo Ramón Aguirre, el jefe de aguas del gobierno. 410 colonias sin agua durante cuatro días, del jueves 28 de enero al 1º de febrero.

Aguirre informó que “un operativo de pipas gratuitas apoyará a las zonas críticas: hospitales, reclusorios, escuelas, no podemos darle agua a cuatro millones de personas”. Suena como a una emergencia muy seria, pero el jefe de Aguas lo cuenta como relato de hadas y unicornios. Este era un reino que tenía que cerrar la llave del agua potable del tubo que abastecía a las tres cuartas partes de la población. Nada pasaba, los hombres y las mujeres del reino dejaban de bañarse, de cocinar, de limpiar sus baños, la gente bebía sus buenos chescos para mitigar la sed, en fon.

¿Nadie va a explicar que pasa allá abajo? Si Gilga entendió bien, la Ciudad de México está al borde de una catástrofe. Oigan a Fernando González, director de Aguas del Valle de México: “De los 23 mil tubos que forman las dos líneas del acueducto de 72 kilómetros, serán reemplazados 24 tubos reportados por un sistema de monitoreo con riesgo de ruptura súbita”. ¡Ruptura súbita!

Reemplazar un solo tubo, dice González, “requiere una operación en la cual intervienen 50 hombres apoyados con maquinaria pesada y bajo resguardo del Ejército mexicano. Un lamento desgarrador se escuchó en el amplísimo estudio: ¡Ay, mis hijoos sin agua potable!

OBRA Y BACHES
Gamés pasa muchas horas en la delegación Cuauhtémoc, por esta razón geográfica puede afirmar que las calles están hechas un desastre. Al parecer Monreal devolverá esa demarcación tal y como la recibió, incluso con los mismos baches. Las colonias Roma, Condesa y Escandón son el paraíso de la oquedad. Las calles son colecciones de asfalto roto: hoyitos, hoyos, hoyancos. Allá van a dar los coches, los camiones. Gilga no recuerda un descuido así en muchos años. De las banquetas, mejor ni hablemos, Gil se ha ido de hocico dos o tres veces.

Por si fuerza poco (fuerza, sí), hay obra pública que lleva la movilidad a menos cero. Al salir en coche del cerco de esas colonias le agradece a su Santidad Bergoglio el milagro. Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: la obra pública es un mal necesario que con el tiempo se convierte en un bien de interés general. Pero hacerlas todas al mismo tiempo revela a un hombre o una mujer con dos dedos de frente. Obras de la CFE, obras de la delegación Cuauhtémoc en las banquetas, obras de empresas cableras, de fibra óptica, de gas natural. Resultado: mentes fracturadas por el trauma de la espera a bordo de un coche, pulmones envenenados por la tolvanera, ojos rojos por la conjuntivitis, en fon. Monreal culpa a la CFE, que a su vez culpa a Telmex, que a su vez culpa a izzi, y todos culpan a Monreal.

GUAJOLOTA
La basura acumulada ocuparía una página del fondo completa. Mientras Gilga salta entre los hoyos de las banquetas y los contenedores de basura desbordados, observa el paraíso del puesto callejero de comida. Gil lo leyó en su periódico El Universal en una nota sobre el alma chilanga. Por su mente pensó comerse una guajolota de tamal acompañada de atole espeso y fétido con su buena capa de polvo.

Gamés lo ha visto con sus propias orejas: en la calle de Alfonso Reyes y Tamaulipas hay un puesto de tortas de chilaquil. Gil ha visto cincuenta o sesenta personas haciendo cola para comer pan con tortilla, y crema y cebolla y salsa roja o verde. En otra esquina, una bicicleta con sombrilla fabrica un puesto de tacos de canasta con sus botes grandes de salsa: sudados con adobo, aceite, rellenos de guisado.

Si Max Weber hubiera conocido algunos de los detalles de la flamante Ciudad de México habría transformado su idea de que una ciudad es ante todo un pacto político-administrativo. Gil imagina a Weber hablando con sus colegas: en la Ciudad de México los pactos son muy difíciles y la administración un desafío mayor, pero comen unas tortas de chilaquil de antología. Y para evitar un der hustenanfall (ataque de tos) hay que beber un líquido espeso terrible, le llaman champurrado.

El párrafo de Ítalo Calvino apareció en el ático de los párrafos célebres: “Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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