Opinión

La verdad en política o cómo marcar la diferencia

 
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Bronco

A nadie sorprende el que los políticos digan verdades a medias o, de plano, mientan mirándose y mirándonos de frente. Tampoco llama la atención que se acusen entre sí sin fundamento y confundan –con frecuencia, de forma deliberada– hechos, interpretaciones y opiniones. Es esperable y rutinario que así sea.

La falta de veracidad de sus dichos constituyen, de hecho, una de las características más distintivas de los políticos profesionales. Tanto así, que sorprender a un político en una mentira prácticamente no genera ningún efecto. Nada nuevo, nada fuera de lo normal.

En su ensayo, 'Verdad y política', Hannah Arendt expone algunas de las razones por las cuales la verdad y la política guardan, y han guardado siempre, una relación de enemistad marcada. Entre otras, el que la verdad –sea filosófica, científica o fáctica– posee una existencia terca que le resulta chocosa al poder político, y el que, particularmente, frente a la verdad fáctica, la mentira suele resultar mucho más dúctil y eficaz en términos retóricos. Arendt señala también por qué la mentira y el engaño –siempre y cuando se mantengan en un ámbito acotado, por ejemplo, la diplomacia y la competencia puntual por el poder– pueden resultar útiles para la organización de la vida colectiva e incluso superiores a otras formas de violencia en el plano político.

Merece nuestra atención el asunto de la verdad en política, argumenta Arendt, sólo cuando la “mentira organizada” se apodera de la vida pública. En contextos y situaciones, esto es, en los que el poder político le declara la guerra a la verdad fáctica. A esa verdad que tiene que ver con la existencia y ocurrencia (o no) de hechos y eventos concretos. A esa verdad que, como escribe Arendt al final de su texto: “Es la tierra que nos sostiene y el cielo que se extiende sobre nosotros”.

La expresión última de lo que Arendt llama “mentira organizada”, fueron los totalitarismos nazi y soviético (este último, en especial, bajo Stalin). El totalitarismo, sin embargo, no es su única forma posible. El caso actual más aparatoso es el gobierno de Donald Trump. Pero, también, está el nuestro y el de tantos otros países en los que la propaganda y el engaño han reinado soberanos.

El costo para México de la “mentira organizada” ha sido muy alto. Su precio mayor ha sido el haber alimentado un tipo de cinismo (duda, de fondo, sobre la posibilidad de establecer la veracidad de nada) profundamente extendido. Ese cinismo resulta pernicioso, pues tiende a dinamitar el valor de la verdad en sí misma y a erosionar el piso compartido, compuesto de hechos sobre las cuales opinar, discutir y argumentar colectivamente.

Que los políticos tradicionales en México recurran al engaño, al lenguaje deliberadamente confuso y a las afirmaciones sin fundamento, no sorprende en absoluto. Lo que sí llama la atención es que los que se dicen 'ciudadanos-políticos', 'nuevos políticos' o 'independientes', recurran a lo mismo.

Estaría en su propio interés someterse a un tercero confiable, que verificase las historias que nos cuentan sobre sí mismos y comprometerse aportar evidencia para soportar sus dichos. Les resultaría provechoso, pues les permitiría mostrar con actos y hechos su diferencia con respecto a esos que dicen combatir. Resultaría valioso, sobre todo, pues, más allá de los resultados electorales de sus empeños, ello contribuiría a generar un bien público clave: la confianza en que no es lo mismo la verdad que la mentira.

Ojalá se animaran, aunque sólo fuera para marcar la diferencia, para distinguirse de los otros que dicen combatir.

Twitter: @BlancaHerediaR

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