Opinión

La unción de Manlio

 
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Manlio Fabio Beltrones y Carolina Monroy, ayer con César Camacho. (Especial)

En la mañana del miércoles 5 de agosto, el presidente de la República dio una instrucción precisa y privada a su secretario más cercano Jorge Corona: “que venga Manlio”.

El señor Corona hizo la llamada al todavía coordinador de los diputados priistas en la Cámara, y lo citó para las 13 horas en Los Pinos. Lo demás, es historia conocida. Tuvo lugar el encuentro privado en que el presidente Peña Nieto anunció al diputado Beltrones su decisión de respaldar su candidatura como nuevo presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI.

La anécdota tiene relevancia porque el presidente no se valió del primer círculo de colaboradores, de Aurelio Nuño, jefe de la Oficina de la Presidencia, o de Eduardo Sánchez, vocero y director de Comunicación Social, o de Erwin Lino, secretario particular del presidente.

Uno de ellos, el más poderoso y visible, jugó para la sucesión en la cúpula del PRI. Durante días corrieron versiones en columnas y pasillos políticos, de que podría ser Aurelio Nuño el aspirante fortalecido por el primer elector. En más de una declaración a medios, César Camacho, presidente saliente del PRI, tuvo que explicar las cartas credenciales de Nuño como aspirante, su legítimo derecho partidista, su antigüedad comprobada e incluso la discutida responsabilidad en un cargo directivo al interior del partido.

El propio discurso del presidente Peña a las “fuerzas vivas” del PRI una semana antes, parecía dibujar un perfil joven “que conectara con los universitarios de México”, dijo.

Las señales hasta el martes 4 de agosto eran confusas y dispersas. De la casa presidencial parecían provenir indicios que ese líder joven que renovaría al PRI podría ser el cercano colaborador del presidente.

Al consultar con los altos mandos del PRI el lunes 3, recibimos la respuesta de “hay rebelión” cuando preguntamos ¿de verdad es Nuño?, lo que podría indicar que el presidente, en efecto, sondeó la posibilidad de designar a su jefe de oficina como líder del partido.

Si esto fue así, las respuestas obtenidas pudieron no ser del todo satisfactorias.

El hecho de instruir la convocatoria a la cita por un canal inusual pero de extrema confianza, pareciera señalar que el presidente no compartió su decisión “personalísima” con nadie del primer círculo, hasta que no se hizo pública y oficial. Una medida de contención y de incuestionable liderazgo: ‘Aquí mando yo’, pareciera ser la señal elocuente y la designación precisa del presidente Peña.

Una vez más, como sucedió cuando optó por Eruviel Ávila como candidato a sucederlo en el Estado de México, Enrique Peña actuó con extremo pragmatismo político.

La no pertenencia al mismo grupo, la distancia y eventualmente la contraposición en aquel caso como en éste, demuestra que Peña es capaz de asumir decisiones complejas, difíciles, incluso incómodas, pero efectivas políticamente. Lo importante no fue en ambos casos la imposición de aspirantes cercanos, de probada lealtad y afinidad como Alfredo del Mazo Maza en el Estado de México o como Aurelio Nuño para el PRI.

Lo importante fue garantizar resultados exitosos, asegurar un proyecto de unidad y de continuidad. Con Eruviel se logró en aquellas elecciones locales, y ahora toca al liderazgo que Manlio pueda ejercer al interior de su partido.

Beltrones demostró operación política impecable para garantizar la victoria de Pavlovich al gobierno de Sonora, su desempeño institucional a toda prueba en la Cámara de Diputados al impulsar el paquete de reformas, le aseguró la atención del presidente.

Ahora Manlio Fabio enfrentará la enorme prueba de conducir al PRI por 12 elecciones a gobiernos estatales en 2016. De esos resultados, de su habilidad para elegir y construir candidatos victoriosos, dependerá su futuro y su propia candidatura, si acaso se concreta.

Twitter: @LKourchenko

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