Opinión

La trascendencia de las reformas es vital

 
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Llegaron años tarde. Décadas, quizá. Pero algunas de las reformas estructurales que México hizo a principios de esta administración serán fundamentales para el desarrollo del país en el mediano plazo. Sé que estamos cansados de oír el tema de las reformas en prácticamente cualquier discurso del presidente o de los secretarios de Estado. Sé también que las reformas no son la solución mágica e inmediata que nos gustaría que fueran. A fuerza de usarlas como estrategia de mercadotecnia en una administración con cada vez menos popularidad, se ha desgastado la percepción que se tiene, pero no debería, en ningún momento, menospreciarse su importancia.

Acusamos al gobierno de tener una visión cortoplacista debido a los ciclos electorales. Me parece que la mayor parte del tiempo el argumento es válido. Pero también nosotros tenemos una marcada preferencia por las políticas de corto plazo. Nos atrae el gasto público superfluo, nos gustan las pistas de hielo en invierno y las despensas, mochilas y gorros que se dan en época electoral. Pensar en una política pública cuyos efectos serán tangibles en muchos años y cuyos resultados posiblemente trasciendan la propia generación suele rebasar nuestro horizonte. Eso harán las reformas. Cambiarán las reglas del juego y sentarán las bases para una mejor economía.

La comunicación de las reformas fue equivocada. Se vendieron a la opinión pública como la solución a absolutamente todos los males del país. En particular la reforma energética. Se anunció ésta como si México fuera una potencia petrolera. Voces anunciando que bajaría el precio de la gasolina y también nuestra factura eléctrica. La reforma abriría el mercado energético a la competencia, lo que resultaría, eventualmente, en una mejora en el bienestar de los consumidores a través de más opciones y mejores precios.

Se administraron mal las expectativas. Cuando los ciudadanos no vieron de forma inmediata los beneficios prometidos, la reforma se volvió cuestionable. Poco se explica que la situación era insostenible. Es más difícil comunicar que ya no somos un país petrolero, que tenemos una empresa gigante y profundamente ineficiente que le cuesta al país más de lo que le dio en algún momento, que al aislarla de la competencia la estancamos, que permitimos que su sindicato se transformara en algo inmanejable y que dejamos que fuera invadida por la corrupción.

Pero buscamos culpables que no son. Así como Trump culpa al comercio de todos los males, nosotros también culpamos al enemigo fácil. La culpa se la pudimos achacar al Tratado de Libre Comercio (TLC) en su momento o ahora a las reformas. Pensamos que cerrarnos al mundo o echar para atrás las reformas podría solucionar problemas como la pobreza, la mala distribución del ingreso o el bajo crecimiento del país.

Sin duda hay que reconocer las fallas. Si no las aceptamos y preferimos cerrar los ojos, estaremos tapando el sol con un dedo. Y eso nunca funciona. El impulso al comercio derivado de la firma del TLC ha traído enormes beneficios al país, ha cambiado la cara de México, ha impulsado de forma asombrosa a algunos estados y a algunos sectores, ha permitido el desarrollo tecnológico. Pero no todas han sido historias de éxito. No hemos sido capaces de distribuir los beneficios del comercio a algunas regiones del país. No hemos logrado mejores oportunidades. Mantenemos al sur con poca conectividad, desde los ductos de gas y la red eléctrica, hasta las vías de comunicación con el resto del país y con el exterior. No es culpa del comercio, pero sería iluso pretender que el comercio resolvería todos los problemas.

Pasa lo mismo con las reformas. Si sube el precio de la gasolina, será culpa de la reforma energética. Si sube el precio de la luz, la reforma energética será la responsable. Si en un año no somos una potencia en matemáticas, será culpa de la reforma educativa. No nos damos cuenta de que las reformas tratan de componer las distorsiones que generamos con años y años de malas políticas.

Sería un error grave responsabilizar a las reformas por los males que creamos a lo largo del tiempo. Las reformas son un pequeño paso delante de los muchos que tendremos que seguir dando para poder avanzar. Se tocarán intereses, pero continuar con su implementación es una responsabilidad que los legisladores tienen con el país. Las reformas tienen que trascender administraciones. Dimos un paso adelante, no demos dos pasos atrás.

La autora es profesora de Economía en el ITAM y directora general de México ¿cómo vamos?

Twitter: @ValeriaMoy

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