Opinión

La trampa del amor incondicional

  
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Amor incondicional

Amor incondicional son dos palabras que forman una frase que en principio evoca algo hermoso y una aspiración, sólo que unos segundos después, cuando vienen a la mente imágenes de historias en las que alguien fue incondicional, aparece la vergüenza y una se pregunta cómo pudo tener tan poca dignidad en nombre del amor o cómo fue que perdió la sobriedad emocional con tal de “salvar” a alguien de una adicción, de un trastorno de personalidad o del fracaso profesional.

Esposos y esposas le tiran al otro a la cara que han dado su vida por ellos, que no han hecho más que amarlos y guardarles lealtad, convencidos de la perfección de su amor, ese que describió Pablo en la carta a los Corintios: “El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

Disculpar, creer, esperar y soportarlo todo no se llama amor, sino sometimiento, masoquismo, amor incondicional. Quien siga pensando que así podrá construir relaciones de bienestar seguirá disculpando, creyendo, esperando y soportando la violencia, el alcoholismo, la traición, la falta de solidaridad, la explotación que surge en la falta de reciprocidad. Ustedes completen la lista.

Que alguien nos ame sin condiciones es un ideal noble que siempre choca contra la realidad: tenemos deseos y necesidades que a veces se oponen a los de los otros. Es infantil desear que alguien nos jure que hagamos lo que hagamos nunca nos abandonará. El amor debe cuidarse, valorarse y demostrarse en las acciones de todos los días. A veces los demás –hijos, amigos, pareja, jefes, subordinados– no nos dan lo que necesitamos. La furia aparece sólo si creemos que los otros están obligados a darnos lo que pedimos.

La única forma de tener una relación sana con un hijo, un amigo o una pareja es responder a sus necesidades sin dejar de honrar y satisfacer las propias. A veces diremos sí y a veces no. Se llaman límites. El sí permanente no es amor incondicional y sí una necesidad narcisista de serlo todo para alguien y así evitar el abandono. Si pongo límites y digo que no o que lo voy a pensar, tal vez me dejen de querer. Vale la pena correr el riesgo y dejar de vivir el amor como una demanda interminable que satisfacer. A veces podemos hacer felices a quienes amamos, cumpliendo algunas de las peticiones que recibimos, pero sin hacernos daño. Siempre se puede decir no con cariño y delicadeza.

Un hijo siempre necesitará más, pero tendrá que entender que lo que hay es limitado y que debe luchar por conseguir lo que le falte cuando llegue a la vida adulta. La pareja que uno ha elegido tiene algunas cualidades y otras no. Exigirle que lo tenga todo surge del ideal fantasioso del amor incondicional.

En el otro extremo del amor incondicional se ubica el que ignora, minimiza o niega las necesidades de quienes ama y despierta resentimiento y distancia. Negar las propias necesidades es resentirse y distanciarse de uno mismo.

La confianza en una relación surge en buena medida de saber que aunque frustremos y seamos frustrados en algunas de nuestras necesidades no significa el final del amor. Una relación que soporta la frustración es más fuerte; dos que pueden decirse no aprenden a ser claros; un vínculo en el que cada uno es capaz de autocuidado emocional, es un buen amor.

Un amor maduro y no incondicional es por encima de todo, uno en el que el poder es compartido porque acepta que no siempre obtenemos lo que queremos, pero podemos negociar y comprometernos a decisiones imperfectas pero igualitarias.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa, así como conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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Laura