Opinión

La sucesión en la UNAM y lo que necesita la UNAM

 
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(Rafael Montes)

Como es del dominio público, la UNAM se encuentra inmersa en su proceso institucional que deberá, en las semanas por venir, concluir con la designación de un Nuevo Rector(a). Siguiendo los lineamientos establecidos por la Junta de Gobierno, órgano que se encarga para este caso de la gobernanza de la UNAM, dieciséis reconocidos universitarios, hombres y mujeres, han manifestado explícitamente su interés en ser designados para el puesto en cuestión. Todos ellos, como se estableció en la convocatoria respectiva, entregaron, el lunes pasado, sus programas de trabajo, mismos que están a disposición de todos por medio de una página web de la Junta de Gobierno (http://www.juntadegobierno.unam.mx/documentos.html).

Esos documentos resultan de interés para analizar, desde las diferentes perspectivas de sus autores, las metas que se proponen y permiten, también, reflexionar acerca de su pertinencia y factibilidad.

La UNAM en los últimos ocho años, bajo la administración del Rector Narro, ha logrado avances importantes en diferentes ámbitos. La Universidad Nacional ha establecido nuevas licenciaturas, posgrados y de manera muy señalada, lo ha logrado en un ambiente de libertad y estabilidad. Estos logros no son menores y habrá que reconocer, en justicia, esos magníficos logros a su Rector y a todos los que contribuyeron a ello.

Sin embargo, como es natural, las instituciones permanecen y los individuos pasan, por tanto es necesario plantearse nuevas metas e intentar resolver problemas que, por su complejidad, no han podido ser resueltos.

En ese entendido vale la pena examinar las propuestas adelantadas por los que desean ser Rector(a) de la UNAM. Tal vez, un primer abordaje podría ser pensar que hay tres grupos de propuestas: El primero, que propone reedificar la institución; Un segundo grupo, interesado en alcanzar reformas a lo existente y un tercero que pudiera considerarse como de continuidad.

La UNAM ha incidido en la sociedad mexicana de modo extraordinario. Eso ha sido, en mucho, la expresión de como se ha plasmado en la realidad las ideas y convicciones de los distintos tipos de profesionales formados en la institución. Los ingenieros, los economistas, los administradores y demás profesionales que han tenido la oportunidad de influir en el destino de México, de alguna manera han propuesto y practicado lo que aprendieron en las aulas. Está a la vista lo logrado: lo bueno y lo malo. México avanzó, retrocedió y sobre todo cambió de rumbo. El México globalizado de hoy es uno que enfrenta desafíos de gran envergadura y que, por lo tanto, requiere también de nuevos profesionales que sepan conducirlo y modelarlo para resolver los retos y ofrecer mejores perspectivas de desarrollo y bienestar.

La UNAM necesita ofrecerle hoy a la sociedad mexicana profesionales con formación académica de muy alta hechura, pero también con identidad y empatía a su entorno. Por ejemplo, que su capacidad como ingeniero para construir infraestructura tenga la fineza de la más alta técnica y la mayor certeza del mejor impacto social. No le servirán a México profesionales que aprendan lo mismo que se enseña en Harvard o en Cambridge si lo que sabe no produce efectos que, por ejemplo, contribuyan a reducir la desigualdad. Serán profesionales VIP, pero nada más. Si eso es cierto, entonces la UNAM necesita innovar sus procesos de formación de profesionales, abandonar la autocomplacencia, internacionalizar más y modelar las mentes de sus estudiantes en una formación que los enseñe a discernir la complejidad desde el horizonte de lo que es su país. Mi impresión es que hay una propuesta que apunta en esa dirección. Su reto principal será llevarla a puerto seguro, con el talento político que tal empresa demanda, a una institución tan compleja y difícil como es la Universidad. En la UNAM la tarea de transformación requiere de saber a dónde se desea llegar pero, sobre todo, como transitar el camino que lleve al lugar de destino.

En la UNAM hay mucho que reformar y ojalá se haga pronto. Por ejemplo: los procesos académico-administrativos para lograr transformaciones de planes de estudio y los medios de titulación, adaptarse a lo que significa usar las TIC y actualizar su planta académica, como otros tantos aspectos que debemos cambiar, para mejorar.

En esta tesitura, casi todas las propuestas entregadas se refieren, en alguna dimensión, a estos asuntos aunque, hay que decirlo, hay ausencias que exigen soluciones. Ciertamente hay que hacer reformas, pero con una nueva visión del proyecto universitario que el país demanda y su comunidad espera.

La continuidad no ayuda a nadie, salvo al inmovilismo, aunque si algo debe permanecer es la inquebrantable voluntad de usar creativamente la mejor cultura de la vida universitaria que es la autonomía.

Catedrático de la Facultad de Economía – UNAM.

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