Opinión

La siguiente masacre

 
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Mariguana

Una y otra vez tropezamos con la misma piedra. No aprendemos.

Ocurre una tragedia relacionada con el narcotráfico. Nos escandalizamos. Pasa el tiempo, vuelve a ocurrir. Matanzas, desapariciones, actos de terror. Ahora sí tocamos fondo, decimos, y no, cada vez es peor. El deterioro no tiene límite.

¿Están mejorando nuestras policías? No. ¿Los sistemas de inteligencia son cada vez más confiables, más seguras nuestras cárceles?

Definitivamente no. ¿Estamos avanzando en el debate de la despenalización? No parece ser el caso. Lo que es claro es que en unos días o semanas volverá a ocurrir otra tragedia. Calcinados en un casino o cremados en un basurero. Volverá a pasar porque tenemos un Estado débil y un vecino poderoso que no para de consumir drogas y vendernos armas. ¿Se va a detener esta vorágine algún día?

Luis Astorga, el mayor estudioso en nuestro país de las relaciones entre los traficantes de drogas ilegales y el poder político, recién publicó un libro, ¿Qué querían que hiciera? (Grijalbo, 2015), del cual podemos extraer algunas lecciones. La más importante: se trata de un fenómeno histórico que no va a resolverse con ocurrencias. El tráfico de drogas a Estados Unidos existe desde hace más de un siglo. El narcotráfico nació subordinado a la política desde la Revolución y así siguió durante el largo periodo posrevolucionario. En un contexto de Estado autoritario, el gobierno central tenía el control sobre los grupos criminales, fungía como árbitro entre ellos, detentaba el monopolio de la violencia e imponía las reglas.

Esta situación cambió con el arribo de la democracia. Recordemos que la alternancia en los estados ocurrió en 1989 y que en 1997 el PRI por vez primera dejó de tener la mayoría en el Congreso. La alternancia en la Presidencia llegaría tres años después y con ella el pleno pluralismo en gubernaturas, municipios, Congreso y Senado. En esos primeros años de transición –los partidos en busca de nuevos espacios de poder– la seguridad no fue prioritaria. No se construyeron las instituciones de seguridad y procuración de justicia acordes con la nueva situación política, “como si la transformación –dice Luis Astorga– y consolidación de éstas se fuera a dar de manera automática”.

Si la clase política perdió el tiempo no ocurrió lo mismo con los grupos criminales, que se aprovecharon de los nuevos resquicios abiertos entre las autoridades municipales, estatales y federales de diferentes coloraturas políticas. México llevaba décadas exportando drogas a Estados Unidos sin que esto produjera el estallido de violencia que se registro en el periodo de Felipe Calderón. Por un lado esto se debió a la debilidad y fragmentación de un Estado en proceso de cambio.

“Pasamos de la seguridad autoritaria a la inseguridad en la transición democrática”, dice Astorga. Por el otro es innegable la responsabilidad del presidente Calderón, que la pagó en las urnas en el 2012. “¿Qué querían que hiciera, que les invitara un cafecito?”, decía. Queda claro que no es lo mismo aplicar la ley contra los grupos criminales que declararles la guerra. Su objetivo era “ortodoxo, utópico y absurdo”: un México “libre de drogas”. Las principales drogas en México, y que más muertes producen: el alcohol y el tabaco, nadie piensa prohibirlas. “El negocio de las drogas –afirma Astorga– no es violento en sí mismo”, y la prueba está en Washington, Colorado, Uruguay y Portugal.

El balance –en muertes y violaciones a los derechos humanos– en el gobierno de Calderón, fue lamentable. Seguimos por el mismo camino. Sabemos adónde conduce. Hacia el final de su gobierno, Calderón en México, pero sobre todo en el extranjero, comenzó a hablar de buscar “alternativas de mercado” en vez de la infructuosa política seguida hasta ese momento. El gobierno de Peña, en vez de aprender de los errores, decidió desechar esa alternativa y continuar con la misma estrategia de descabezar a los grupos criminales y perseguirlos con el Ejército y la Marina, con la ayuda logística de Estados Unidos. Mientras esto no cambie, sólo nos queda contar los días para que vuelva a ocurrir una nueva masacre, la siguiente desaparición, el próximo acto de terror.

Facebook: Fernando García Ramirez

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