Opinión

¿La riqueza de unos pocos beneficia a todos?

Víctor Manuel Pérez Valera

El sociólogo Zygmunt Bauman que se hizo célebre por su libro La modernidad líquida, acaba de publicar ¿La riqueza de unos pocos beneficia a todos? Allí analiza, acuciosamente, cómo el actual sistema económico fomenta la desigualdad: está empobreciendo la clase media y ensanchando a un ritmo sin precedentes la distancia entre ricos y pobres. Las fuerzas del mercado, la “mano invisible” que postulaba Adam Smith, no son tan sabias como se pretendía. Además, en un contexto diferente, con la globalización, los grandes capitales y los grandes emporios financieros pueden emigrar a lugares en donde la mano de obra es más barata, las prestaciones sociales menos exigentes y el recurso a la huelga más difícil.

Con esto, la brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado enormemente: las 85 personas más ricas del mundo son dueñas de una riqueza equiparable a la de 4 mil millones de pobres. En México las 10 personas más ricas tienen ingresos superiores a todo el resto de la población, 132 mil millones de dólares, según Forbes.

También el sistema financiero vigente, según Bauman, golpea a la clase media, la cual no sólo ve disminuir sus ingresos, sino percibe que se esfuman sus expectativas de progreso. En México estamos observando que la dificultad de obtener trabajo afecta no sólo a los mayores de 50 años, sino también a los jóvenes que terminan sus estudios.

La economía actual es preponderantemente monetaria, y como suele decirse, dinero llama dinero. Las transacciones comerciales en la bolsa, en el mercado de valores afectan a los trabajadores más pobres. De alguna manera esto siempre ha existido, pero la situación actual podría ser tan caótica como en los tiempos de la revolución industrial.

Lo anterior suscita varias preguntas: ¿cómo podría cambiarse esto? ¿Los políticos de veras velan por la prosperidad de la población económicamente más débil, o más bien protegen a los grandes grupos financieros? Parte del problema es que algunos políticos y sindicatos son corruptos, y un buen número de ellos son miopes: al parecer, los problemas del mercado global los rebasan.

Recientemente se ha generado una gran polémica entre los grandes economistas. Joseph Stiglitz, premio Nobel, en uno de sus recientes ensayos. "El precio de la desigualdad" destaca la deformación de un modelo de desarrollo nunca visto antes, que aun cuando crea riqueza, beneficia sólo a unos pocos. Con esto la distancia entre las naciones y entre ricos y pobres del mismo país se está incrementando.

En esta línea el Papa Bergoglio en su exhortación Evangelii Gaudium ha señalado: “mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de una minoría feliz”. Como causa de esto, Bergoglio sostiene que “este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera”. Por consiguiente, señala Bergoglio: “la humanidad vive en estos momentos un giro histórico… son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente.” Es pues, evidente, que hay que dar un no rotundo a una economía de la exclusión: “se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”.

Michael Gerson ha publicado en el Washington Post un comentario sobre la Evangelii Gaudium del Papa: “Francisco está demostrando que la fe cristiana no es una ideología, sino que juzga todas las ideologías, incluidas aquellas que se justifican en nombre de la libertad.”
La solución no se ve sencilla, ni a corto plazo, pero ya es una gran ventaja el que se detecte este enorme problema, digno de una seria discusión en las reuniones de Davos.

El autor es profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.