Opinión

La revolución olvidada

 
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Revolución

Se cumplen el próximo lunes 107 años de la fecha que oficialmente marcó el inicio del movimiento social genéricamente conocido como Revolución Mexicana. El referente es el 20 de noviembre, que fue el día de 1910 en que Francisco I. Madero convocó al pueblo, públicamente y por escrito, a levantarse en armas contra el mal gobierno, según era costumbre enunciar de manera abreviada la causa o motivo de la convocatoria.

Fue un caso históricamente raro, pues resulta de verdad extraño que la fecha de una rebelión se haya dado a conocer de manera tan abierta como en esa ocasión se hizo. A todas luces de una ingenuidad impresionante.

Si bien los servicios de inteligencia del régimen porfirista seguramente de todas maneras se hubieran enterado, jamás habrían tenido la seguridad absoluta no sólo de la fecha sino el conocimiento más o menos exacto de cómo se llevarían a cabo los primeras acciones. Costo lamentable y sangriento de ese garrafal error fue la vida de los hermanos Serdán de Puebla y de un grupos de tranviarios de La Laguna, de Orestes Pereyra y J. Agustín Castro, seguramente entre otros muchos casos a lo largo y ancho del país.

Si publicar la fecha fue un error, más aún lo fue precisar la hora: a las seis de la tarde tendría lugar el levantamiento en armas. Más aún si se considera que el 20 de noviembre de 1910 fue domingo. Con sarcasmo algún historiador norteamericano escribió que debe dar mucha flojera levantarse en armas un domingo, y mayormente si es por la tarde.

En fin, todo lo anterior viene a cuento porque entre las efemérides estelares de la Patria la del 20 de noviembre ha caído prácticamente en el olvido. Al menos ni remotamente es como era antes, digamos hasta hace tres décadas. ¿Qué causó esta singularísima casi desaparición de fecha otrora tan relevante del calendario cívico?

La razón es muy sencilla. Las atrocidades de toda índole cometidas por el régimen de partido hegemónico, del llamado sistema político mexicano, en brutal regresión histórica hoy redivivo, ese régimen autoritario, el de “la dictadura perfecta”, según la clasificación genial de Vargas Llosa, tuvo en la Revolución Mexicana -desvirtuada desde luego- argumento fundamental, piedra angular, sostén ideológico, pretexto supremo, fetiche, motivo propagandístico y elemento discursivo básico. Y todo ello basado en la demagogia, la falsificación y el engaño.

Sería interesante que algún investigador se diera a la tarea de contar el número de veces que los presidentes de la República hicieron referencia en sus informes de gobierno al Congreso cada 1 de septiembre o en su toma de posesión a la Revolución Mexicana, digamos entre finales de los veinte y el año dos mil. Y luego de este último año para acá. La serie histórica, más que significativa, daría una gran sorpresa a la juventud actual, acerca de cómo algo que ya no sirvió para el uso que se le daba, cuando más o menos todo el mundo se dio cabal cuenta de la simulación, se echó al bote de la basura al ya no serles de utilidad.

El estudio bien lo puede realizar un investigador del antes llamado Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana y que significativamente cambió su nombre por el de Estudios Históricos de las Revoluciones en México. ¿Más claro? 

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