Opinión

La revolución energética ocurrirá con o sin México


 
Se acerca el momento en el cual el gobierno de Peña Nieto decidirá el alcance que quiere tenga la reforma energética. Visto desde afuera, a veces parece que la decisión se está tomando en función a cuánto aguanta el “Pacto por México”, y no considerando qué necesita México para volverse una economía competitiva.
 
 
La coyuntura energética no es exclusiva para México. El mapa energético del mundo cambiará radicalmente en las próximas décadas. El desarrollo de tecnología para la extracción de gas de esquisto (shale gas) en Estados Unidos modifica radicalmente el entorno. Después de décadas en que productos Made in USA habían casi desaparecido del mercado, vuelve a ser posible que las manufacturas estadounidenses sean competitivas, pues ahora pueden compensar el mayor costo laboral con mucho menor costo de energía. Como nunca antes, vemos cómo está regresando de China a Estados Unidos capacidad para producir.
 
 
En forma sorprendente, estamos viendo también un masivo éxodo de industrias alemanas hacia Estados Unidos. Éste se debe a su carísimo programa de subsidios a la generación de energía renovable. Alemania ha invertido quizá más que cualquier otro país en energía eólica y solar, al grado que muchas familias alemanas recurren, como estrategia fiscal, a poner páneles solares en sus casas, incluso en zonas con climas poco propicios para éstos. El costo de esos subsidios es absorbido por los industriales a los que el altísimo costo está sacando del mercado. De acuerdo con estudios del Instituto para Análisis de Energía, los alemanes pagan 34 centavos de euro por kilowatt hora, y Estados Unidos 12.
 
 
Mientras tanto, Estados Unidos ha invertido enormes cantidades para desarrollar tecnología que le permita explotar sus enormes yacimientos de gas de esquisto, buscando limitar el impacto ambiental del proceso. Sólo China tiene reservas mayores de éste, pero carece tanto de la tecnología como de suficiente agua (esencial para la extracción) cercana a las áreas donde éste se encuentra. Si bien Estados Unidos ha optado por la utilización de energía no renovable, dado que quemar gas es relativamente limpio en términos de emisiones de carbón, resulta sorprendente ver que las emisiones en Estados Unidos han caído más que en Europa, a pesar de los enormes subsidios europeos a energía renovable.
 
 
Todo este entorno puede ser muy favorable para México. Es importante considerar que debido a que el petróleo es mucho más denso que el gas, la gran mayoría de éste cruza la frontera del país donde se produce, mientras que es muy poco el gas que se transporta internacionalmente, principalmente vía gasoductos. Esto es relevante porque si Estados Unidos está desarrollando tanta capacidad para producir gas, consumirán el grueso de éste localmente. El diferencial entre el precio de ambos seguirá siendo considerable. Por algunos años veremos que se mantiene alto el precio del petróleo y bajo el del gas. Eso hará que el costo del transporte marítimo siga siendo relevante, lo cual aunado al fortalecimiento del renminbi chino y a mayores salarios en el país asiático, le da una ventaja relativa a México. Así como hemos visto capacidad industrial volver de China a Estados Unidos, también lo está haciendo hacia México. La proximidad geográfica es un factor crecientemente relevante cuando las empresas estadounidenses buscan abatir costos y ser más ágiles para responder a cambios en la demanda por sus productos.
 
 
México tiene las cuartas reservas de gas de esquisto más grandes del mundo y tiene un potencial energético considerable, pero para aprovechar ambas condiciones es indispensable abrir la industria a inversión privada. En estos momentos hay decenas de empresas europeas en busca de una plataforma que les permita estar más cerca del inminente boom manufacturero estadounidense. El eslabón más débil en el argumento a favor de México es justamente la incertidumbre sobre el acceso a energía a costo razonable y en cantidades suficientes.
 
 
Los argumentos nacionalistas alrededor del petróleo resultan extraordinariamente egocéntricos y miopes. No nos damos cuenta de que México está inmerso, quiéralo o no, en una revolución energética que transformará profundamente la producción de bienes durante las próximas décadas. ¿Haremos lo necesario para ser parte de ésta? El mundo seguirá su marcha con o sin nosotros, no nos va a esperar. Somos mucho menos importantes de lo que creemos ser. Es en nuestro interés subirnos a un tren que está apenas arrancando y al cual no podremos subirnos cuando ya vaya a toda velocidad.
 
 
Tenemos que entender de una vez por todas que la frontera geológica de México es compleja, que Pemex no tiene ni la tecnología ni los recursos para afrontarla sin ayuda y, sobre todas las cosas, que para las grandes petroleras internacionales (que sí tienen el capital y tecnología) un dólar es un dólar y lo invertirán sin consideraciones nacionalistas o políticas simplemente donde haga sentido. No son éstas quienes tienen que adaptarse a las reglas de México, es México quien debe empezar a ver la extracción de energéticos como lo que es: un medio para el desarrollo industrial, no un fin en sí mismo.
 
 
Si para hacer la reforma energética que se tiene que hacer se tiene que sacrificar la participación del PRD en el Pacto por México, ese es un costo muy barato, relativo al beneficio que puede obtenerse. La ignorante y obtusa oposición a la apertura será la misma ya sea tratándose de contratos para compartir utilidades o concesiones amplias. Hay que optar por las últimas. Esta es una oportunidad que no podemos dejar pasar.